3 de abril de 2017

Para entender no solo hay que mirar hay que pensar en ello, también para vivir.



¿Quiénes somos realmente?: ¿somos lo que hacemos o a lo que nos dedicamos?, ¿somos lo que tenemos o lo que poseemos?, ¿somos lo que parecemos o lo que representamos? ¿Qué sentido tiene la representación del fenómeno que reciben los ojos del que observa, tratando ahora de averiguar qué tiene ante sus ojos? Porque estaremos sometidos al atávico resorte de experimentar aquello que hemos recibido de nuestros pareceres heredados y diseñados por el tiempo. Porque no juzgamos lo que percibimos detenidos, distanciados, sosegados, interiorizados. Hacemos lo contrario: prejuzgar inquietados, mediatizados, alterados y exteriorizados. Y esta compartimentación de las cosas es voluntaria además. Y es así, voluntaria, porque el hecho de decidir es el fenómeno más esencial -aunque sea inconsciente- de lo que somos. No podremos escapar a esa compartimentación a menos que renunciemos a la apariencia de lo que nos permite sobrevivir -creemos equivocados- sin menoscabo. Entonces, ¿qué seremos, verdaderamente? Somos lo que pensamos y lo que decimos después consecuencia exacta de ese pensamiento, y luego finalmente los actos que, en coherencia, deben corresponder a esa declaración anterior reflexionada. Porque para vivir, o sobrevivir, el único aprendizaje digno de ser llamado así es pensar. Aprender a pensar, este es el reto más imprescindible para no errar. Pero es el aprendizaje más difícil, el más complejo porque no es solo una técnica o una ciencia..., es también un arte demasiado humano. Y como proceso mental, demasiado lento a veces para prosperar -reaccionar-, rápidamente, ante el peligro ignominioso de los que no piensan o piensan alterados.

Cuando el pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) quiso homenajear a un poeta, su amigo Catulle Mendès (1841-1909), compuso en 1888 su obra impresionista Las hijas de Catulle Mendès. Y entonces las pintó a ellas, pintó a tres de las hijas del poeta y de la compositora Augusta Holmès (1847-1903). Y entonces, además, quiso volver a sentir la gloria que había tenido antes en el Salón de París del año 1879, cuando expuso La señora de Charpentier y sus hijos, una obra suya del año 1878. Una pintura correcta y destacable por su verosimilitud natural y sus claras formas representadas. Pero ahora, en mayo de 1888, la percepción de un mismo autor, del mismo que nueve años antes había tenido un éxito arrollador en el mismo Salón de París, no alcanzaba a tener por el público, por los críticos o por aquellos que creían ver Arte, un mínimo esplendor de satisfacción estética en su obra. ¿Por qué? ¿Sería tal vez ese atavismo prejuicioso? ¿Fue el fragmentado ejercicio de un pensamiento inconsistente? No pudo ser otra cosa. Porque los que entonces miraron el cuadro de 1888 no vieron más que aquello que ellos no esperaban ver de Renoir. ¿Pensaron, quizás, que lo que el pintor impresionista quiso hacer era algo más que retratarlas verosímilmente? ¿Pensaron, tal vez, que lo que Renoir deseaba expresar era el terrible contraste entre la apariencia fútil de los sentidos uniformados (los rostros aquí apenas esbozados y sin belleza perfilada, o los colores desperdigados y desparramados por el caos cromático) y la esencia fundamental de las cosas irrepresentables (la música y la poesía como elementos etéreos y virtuales)?

No son las hijas de Catulle y Augusta lo que es esa representación, aunque sea una representación y al mismo tiempo las represente a ellas. Pero, para llegar a comprender en la obra de Renoir esta eventualidad estética habría que haber sabido antes pensar que mirar. Habría que saber (se sabe al averiguar las identidades de los progenitores) que sus padres son un poeta y una compositora. Ambas artes incapaces de ser comprendidas, a su vez, si no es por el hecho de entender que no hay nada que las sotengan, mínimamente, en una realidad visible, física, material o consistente. ¿Qué son esas artes? Sonidos invisibles, en un caso desde el acorde de un instrumento manejado por el hombre y en el otro desde la voz emocionada de un humano. Pero, hay más en esta obra de Arte. El impresionismo no reinvidicaba en la época del pintor otra cosa que lo que apenas queda después de recordar una imagen visionada antes por unos ojos sin memoria. Sin memoria fidedigna, tan solo la recordada vagamente. Y eso es lo que Renoir sabía que su Arte impresionista debería representar de la realidad. El pensó eso antes de plasmarlo en su obra. Porque pensó así lo que su intuición le decía de lo que de la naturaleza de las cosas es recordado luego de ser vista. No vemos al recordar exactamente cómo las cosas son sino cómo, deslavazadamente, se envolverán luego en una bruma de la mente. Una mente humana más en sintonía con la poesía evanescente -más auténtica en su lenguaje humano- que con la imagen petrificada o fidedigna de una naturaleza sin sentimientos. 

¿Sucederá lo mismo con los seres humanos que con las obras de Arte? Sucede. Y sucede doblemente, como sujetos y como objetos. Es decir, que veremos las cosas con esa presunción equivocada; y que nos ven -los otros- con la misma equivocada presunción. Porque seremos consecuencia de un pensamiento sin ejercer, o por nosotros o por los demás. Y el pensamiento se ejerce solo cuando no escatima recursos para alimentar datos. Unos datos que no son más que la información que debe sustentarse en el sosegado impulso interior de lo más esencialmente humano. Y para ello pensar debe primar sobre lo meramente visionado. Porque pensar debería filtrar lo esencial de lo accesorio; pensar debería comprender y distinguir lo mediático de lo final, es decir, distinguir lo que sirve para obtener algo de lo obtenido finalmente. Y esto, lo último de todo, debe ser lo más importante: sobrevivir sin menoscabar la vida y sus recursos, la vida de todos y los recursos de todos. Para ello hay que mirar y ver las cosas de otro modo. Hay que distinguir lo que se es de lo que solo parece, hay que profundizar y no padecer presunciones desde la superficie aparente. Una superficie que no llegará a entender, mínimamente, lo que la vida oculta tras sus representaciones.

(Óleo impresionista Las hijas de Catullo Mendès, 1888, del pintor Pierre-Auguste Renoir, Museo Metropolitan de Nueva York.)

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