17 de abril de 2017

El encuadre ajustado y la perspectiva grandiosa: la batalla de los bátavos contra los romanos.



De la inmensidad de una escena grandiosa es imposible, a menos que se dominen las técnicas artísticas, obtener así una imagen emotiva o placentera de la misma. Para cuando el parlamento holandés encargase en el año 1613 al pintor Otto van Veen (1556-1629) componer la batalla de los bátavos contra los romanos, el pintor homenajearía artísticamente, sin quererlo del todo, mucho más a sus enemigos de antaño -los romanos- que a sus ancestros holandeses, los bátavos. Pero, nadie rechazaría entonces la obra, menos un pueblo, el holandés, tan enamorado de la pintura y del Arte. La rebelión bátava fue feroz ya que ellos, ese pueblo germano del norte, habían sido adiestrados como tropas auxiliares para el imperio de Roma. Fue además un momento delicado en el imperio, porque coincidió con la inestabilidad del año de los cuatro emperadores, el 69 d.C., cuando Nerón muriese y dejase la mayor incertidumbre en manos de unos oportunistas gobernadores y cónsules. En la obra del pintor van Veen la perspectiva nace en las figuras derrotadas y muertas de unos soldados romanos atrapados por sorpresa por las fuerzas bátavas a orillas del Rin. La visión del campo de batalla es la visión que tendría alguien situado a la misma altura de los romanos caídos. No es una visión de pájaro -desde arriba-, ni una visión general de todo; tan solo es la sesgada visión desde un ángulo imposible de apreciar batalla alguna. 

Pero eso es lo genial aquí, lo inesperado, lo sorprendente, lo artístico. No es para menos los valores de este desconocido pintor holandés: fue el maestro del gran pintor Rubens..., y nació en la creativa ciudad holandesa de Leiden, donde también naciera años después el genial Rembrandt. ¿Pero, cómo encuadrar toda esta batalla tan ingente de individuos guerreros para, además, ser una maravillosa obra de Arte? Pues, con la intersección de dos planos que ni siquiera se tocarán: por un lado, el principal de los caídos romanos y el de los bátavos rebeldes que detrás se dirigen, decididos, portando incluso los emblemas tomados al enemigo; por el otro, el grueso de la infantería romana que se prepara a la lucha y culmina casi todo el paisaje del cuadro. Los romanos han sido sorprendidos con la fiereza germana del pueblo bátavo rebelde, y los soldados romanos abatidos y arrojados en el plano principal demarcan ahí, junto al cuello y la cabeza angulados del efectivo caballo muerto, el encuadre más poderoso y emotivo de una obra de Arte. Están, por supuesto, el heroísmo y el arrojo guerrero de los bátavos, que consiguieron avanzar su frente y mantener cierta prevalencia en su rebelión, pero están también el sentimiento épico de los soldados romanos caídos por su imperio. Toda una genialidad añadida aquí, en la obra de Otto van Veen, ya que la revuelta bátava fue sofocada después por el emperador Vespasiano al año siguiente, el 70 d.C. 

Pero estamos en el final del Renacimiento y en los comienzos del Barroco, cuando la caballerosidad, el reconocimiento del enemigo por su valor y virtudes, el respeto por el clasicismo latino y el amor sobre todo al Arte más elogioso, habrían sido por entonces los elementos iconográficos que el extraordinario Otto van Veen consiguiese imprimir más en este colosal lienzo. ¿Barroco?, ¿renacentista?: humanista, tal vez, mejor... Porque lo fue, además, el pintor en su época. Como los grandes hechos históricos, la valoración de una gesta se cuantificará más por la magnitud del enemigo, por su dignidad como defensor de los principios que, independientemente de su infame aplicación por algunos de sus representantes, determinarán el sentido más elogioso de su singladura. Y Roma fue una civilización cuyos principios, para la época del pintor, mantenían una sólida significación. Pero habían pasado muchos siglos y los holandeses, los descendientes de aquellos bátavos rebeldes, se enfrentaban entonces con los españoles, los descendientes de aquellos romanos latinos. Y ahora sucedía lo mismo que antes, la historia se repetía, caprichosamente. Los holandeses guerrearon con los españoles en Flandes durante los siglos XVI y XVII y perdieron, y ganaron luego. A diferencia de Roma, España acabaría abatida por las circunstancias políticas de una Europa de intereses contrapuestos. Roma ganaría la batalla a los bátavos, pero solo caería al final, cuando su imperio se derrumbase para siempre. 

La obra Los bátavos derrotan a los romanos en el Rin es un modelo de la belleza que los pintores flamencos glosarían años después en la historia más gloriosa del Arte barroco. Porque ahí están vislumbrados Rubens y Rembrandt: en su composición, en sus colores, en sus gestos, en su dinamismo, en su emotividad... Cómo no apreciar la perspectiva extraordinaria del paisaje de un campo de batalla donde ahora todo es una gradación de multitud de cascos guerreros diseminados frente a los grandes perfiles consagrados de unos soldados abatidos, y, poco más atrás, de sus propios enemigos dirigidos hacia una lucha imprecisa. Cómo no recordar ese caballo caído que demarca aquí el camino entre lo que no tiene remedio y lo que se enfrentará pronto a su destino. La obra no es del todo belicista, sino casi todo lo contrario... El humanista pintor holandés no pudo menos que transmitir sutilmente en su obra ese sentido suyo tan propio de artista y pensador. Por esto muestra el pintor a uno de los soldados heridos aquí con el gesto ahora aturdido, mirando sentido a ninguna parte. Tal vez por el hecho incomprensible de una rebelión como esa -los rebeldes bátavos eran tropas auxiliares que luchaban junto a los romanos frente a otros bárbaros-, inexplicable para él, representante caído de la civilización más insigne, de la barbarie que la sublevación supondría luego para el futuro y el progreso de todos. Y el pintor debía satisfacer a los gobernantes holandeses para recordar aquella gesta heroica de sus ancestros. Y lo hizo el pintor de Leiden con la belleza artística que él pensaría pudiera hacer sentir la mayor sutileza hacia la forma en cómo el Arte puede llegar a inspirar mejor la incongruencia, la estupidez o la pretenciosidad más humanas.

(Lienzo del pintor holandés Otto van Veen, Los bátavos derrotan a los romanos en el Rin, 1613, Museo Nacional de Ámsterdam, Rijksmuseum.)

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