14 de marzo de 2017

El Romanticismo de Delacroix: esperanzador, efusivo, revolucionario, vibrante...



Cuando se habla de Romanticismo el mundo entiende una cosa y la realidad artística es otra. También hay que reconocer la confusión de una tendencia artística tan poliédrica, con tantas caras como emociones humanas se ocultan detrás de las diversas inspiraciones que los creadores de ese extraordinario momento cultural tuvieron en sus obras. ¿Cómo una tendencia tan desgarradora y aniquiladora pudo traslucir a veces sensaciones tan esperanzadoras o vitalistas en el Arte? Tal vez por la naturaleza más verosímil de la humanidad que reflejaba en sus obras. Qué es la humanidad si no un universo contradictorio, sorprendente y frágil de emociones indefinidas o deslizantes. Francia llegaría tarde al Romanticismo, incluso lo denigraría en los inicios de esa forma de expresar Arte. Francia había encumbrado antes el Clasicismo -su contrario más poderoso-, la única manera reconocida por la Academia de París de plasmar emociones humanas o escenas históricas o cualquier otra representación del mundo conocido. Pero luego de las convulsiones violentas del bonapartismo y del advenimiento de un absolutismo reaccionario algunos creadores franceses descubrieron el Romanticismo, esa tendencia artística que Alemania o Inglaterra habían encumbrado antes en su poesía y literatura.

Y entonces un pintor francés, Eugene Delacroix (1798-1863), surge poderoso para retomar esa tendencia que transformaría por completo la idea, la expresión, el sentido, la manera, el modo, la forma o el tono que asombrarían a una sociedad que no acababa de comprender nada de lo que había pasado en su historia. ¿Cómo fue posible una revolución -la francesa- que trajese tanta violencia y volviese luego la sociedad a perderse entre sus sombras? ¿Cómo fue que las cosas representadas en el Arte no acabaran por descubrir la forma más libre de expresión que todo creador precise? ¿Qué cosas hay que crear y de qué manera? ¿Es la creación un alarde inspirado subjetivo y libre o es un seguimiento objetivo de escuelas o principios consagrados? Todo esto le llevaría a Delacroix a ser uno de los más revolucionarios pintores del género romántico. Más que ningún otro posiblemente. Tanto como que su pintura no fue ni es muy comprendida del todo. Tiene grandes obras maestras reconocidas en la historia: La Libertad guiando al pueblo; La muerte de Sardanápalo, Las mujeres de Argel... Obras extraordinarias, reflejos de ese sentido romántico y de esa nueva manera de crear, pero, sin embargo, hay otras obras de él menos conocidas que representan mejor el sentido diferente y personal de un romanticismo sorprendente. 

Para comprenderlas hay que acudir a la leyenda, a la literatura o a la historia menos conocida. Delacroix es uno de los primeros pintores en acudir a estas formas creativas literarias para expresar el sentido romántico menos conocido o menos estereotipado. El Romanticismo buscaría sus emociones inspiradas más expresivas en el pasado. El presente solo es retratado en mundos diferentes al europeo, como el mundo oriental tan misterioso y siempre detenido en el tiempo. Los poetas fueron sus apóstoles. Los de entonces, como el romántico Lord Byron, pero también los anteriores, como Shakespeare. Son estos poetas los que más desnudarán el espíritu humano, los que descubrirán sus más auténticas deformidades humanas. Porque esto es lo que interesa al Romanticismo, al menos al romanticismo de Delacroix: descubrir la emoción más frágil y auténtica, no la épica o vanagloriosa de una humanidad poco verosímil. Y para entenderlo veamos tres obras de Eugene Delacroix que nos ofrecen ese tono sorprendente. Sorprendente porque lo que el pintor expresaría entonces no fue lo que más se había conocido ni lo que  se entendería más de esa leyenda, de esa historia o de esa narración literaria. Cuando Lord Byron compuso su obra narrativa y poética La novia de Abydos (Selim y Zuleika) quería reflejar la fuerza del amor sobre todas las convenciones y prejuicios que la atracción entre dos amantes -fuesen los que fuesen- tuviese en el mundo. 

En la leyenda oriental o turca, el protagonista, Selim, es un desheredado huérfano que, adoptado por el Bajá, se enamora ahora de la hija de éste, Zuleika. Pero Selim acabará conociendo la verdad de su vida: el Bajá mandó matar a su propio hermano, el padre de Selim. Luego los dos amantes escapan de la tiranía del Bajá, que deseaba unir en matrimonio a su hija Zuleika con un señor de su corte. Entonces ambos amantes son perseguidos hasta la muerte. Selim es abatido en la playa antes de embarcar. Ella, sin embargo, se quedará en una cueva del acantilado, desesperada ahora sin su amante. Al verlo partir abatido, decide ella entonces que su vida no tiene ya ningún sentido y acaba entregándose a las fauces de su propia muerte elegida. Pero cuando Delacroix crea su obra romántica pinta a los dos amantes juntos, eternizando ese momento glorioso, perseguidos ambos ahora por sus avasalladores tormentos asesinos. El protagonista protege ahora así, con su cimitarra y su arma de fuego, la vida y el amor efusivo que, juntos ya para siempre, avanzan hacia su destino más glorioso, destino, sin embargo, inexistente por completo en la leyenda. Basado en otra leyenda literaria, una obra representativa del espíritu romántico más paradigmático -la soledad del héroe incomprendido, el Hamlet de Shakespeare-, el pintor Delacroix compuso su obra La muerte de Ofelia. Este personaje femenino es uno de los más malogrados románticamente de una leyenda parecida. Amante imposible de Hamlet, enloquecerá ante la incapacidad de éste de quererla como por la muerte accidental de su padre a manos de su amado. Se abandonará en el lecho de un río y se sumerge así para siempre junto a su deseo imposible y tan desconocido. Ofelia, por el Arte, fue siempre retratada semihundida en el agua con sus ojos abiertos buscando la muerte. Pero Delacroix hace ahora algo muy diferente con su Romanticismo: la alzará a ella un momento para asirse a la rama de un árbol, para aferrarse, sin embargo, aún a la vida, a la esperanza o a la fuerza más misteriosa de la vida.

Por último otra obra romántica desconocida de Delacroix, Cleopatra y un campesino. El Arte siempre representaría a la famosa reina egipcia como a la voluptuosa, cruel, despiadada y poderosa mujer gobernante que acabaría con su vida luego de desposeer a muchos de la suya. Pero, a cambio, Delacroix realizaría una obra absolutamente distinta a todas las Cleopatras que se hayan compuesto en el Arte jamás. Frente a un hombre de rasgos agraciados y masculinos -que Cleopatra eludirá aquí con desdén-, un campesino ahora, un plebeyo no un gran hombre, ella solo se afanará, pensativa y reflexiva, en tratar de comprender con sentido el drama de las cosas de la vida, pero no ya con la frivolidad o sensualidad que su leyenda inspirase de su historia con los años y los prejuicios de sus tendencias. Esto es Romanticismo también. Un Romanticismo que Delacroix llevaría a su mayor incomprensión todavía... Tanto se enredaría esta tendencia artística sobrecogedora que pocas definiciones llegarán a delimitar el maravilloso alarde creativo que supuso, durante la primera mitad del siglo XIX, el fascinante, emocionante, esperanzador, vibrante y efusivo, movimiento artístico romántico.

(Óleo del pintor romántico francés Delacroix, La novia de Abydos, Selim y Zuleika, 1857, Kimbell Art Museum, Texas, EEUU; Obra de Eugene Delacroix, Cleopatra y un campesino, 1838, Ackland Art Museum, Carolina del Norte, EEUU; Óleo La muerte de Ofelia, 1838, del pintor Eugene Delacroix, Neue Pinakothek, Munich, Alemania.)

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