23 de marzo de 2017

El desengaño de una transformación social elaborado por Goya entre los bocetos de un tapiz real.



Uno de los recuerdos que más impronta pueda dejar en la mente por hacer de la infancia es la visión permanente de un cuadro en la pared de un pasado desvaído. Es como el sonido retenido de una melodía impactante; esa melodía que, al pasar de los años, sigue estando depositada su música aún entre los recónditos espacios de la memoria. Los tapices fueron creados para las paredes frías de los palacios o de las casas. Paredes que durante el invierno, por ejemplo, pudieran acoger, resguardadas con sus tejidos adornados de belleza, más gratamente a los seres que ante sus paramentos pudieran vivir más templados o maravillados. También sus reproducciones -las de los tapices- se llevaron a cabo para homenajear a los grandes creadores que ayudaron a fijar, con sus bellos paisajes o leyendas, los engarces tejidos de sus acabados tapizados de Arte. Nunca olvidaré el pardo cuadro-tapiz monocolor, decolorado y algo raído de mi infancia que, horizontal no verticalmente -como es su original-, decoraba una estancia de la casa de mi niñez. Representaba La vendimia del genial maestro Goya. Porque Goya era todo lo que existía en el Arte español más cercano a todos, con sus ahora alegres, bucólicos y sencillos motivos tradicionales. No había que saber Arte para conocer a Goya. Todo el mundo sabía quién era Goya. Él lo era todo en España; y sus obras reproducidas en una pared -cualquier pared de España- servirían entonces para entender que la vida también podía representarse con belleza, placer o desenfado. 

Pero, sin embargo, no hubo otro personaje de la historia artística de España más conocedor de la realidad social de su país. Francisco de Goya comprendió muy bien la terrible inconsistencia social de una nación que no alcanzó a tomar el tren de las reformas ilustradas de Europa. Por entonces, el último cuarto del siglo XVIII, España tenía una clase política que pudo, sin embargo, entender y tratar de hacer las cosas bien -y algunas se hicieron-, de disponer el impulso que algunos de esos personajes históricos de entonces sabrían que habría que tener. Pero no bastaron esos elogiosos personajes. La sociedad española, demasiado estructurada en corsés tradicionales, clericales y medio-feudales no estaba, a cambio, dispuesta a afrontar todos esos retos sociales tan importantes. La realidad económica era desastrosa en un entramado imperial de opereta que, para sus habitantes más desfavorecidos -la mayoría-, no alcanzaría a generar ningún tipo de beneficio, no ya económico sino social de ningún tipo. Y en pleno neoclasicismo del Arte los pintores debían componer grandes gestas o momentos históricos; magníficos escenarios mitológicos o sagrados; excelsos retratos pomposos y clásicos. Goya fue el primero que popularizó el Arte en España. Nadie se había atrevido a pintar cosas muy diferentes a las grandes cosas representadas en un lienzo. Con sencillez, con pocas figuras o con paisajes tan realistas que, de tan escaso aditamento natural o artificial, parecerían mejor por aquel entonces los grabados decorativos de vulgares lupanares o de meros fogones rústicos deslucidos.

Y el Arte servía para criticar también, para expresar cosas que los genios saben hacer sutilmente. Lo cual es ambivalente porque a veces sirve y otras no sirve de nada. No sirve porque los ojos de los que lo vean no alcanzarán a comprender las sutilezas críticas de esas obras; y los pintores no se las iban a decir tampoco. Ellos -los pintores sutiles y críticos- confiaban que pudieran entenderlo por sí mismos, que supieran ver lo que había ahí, detrás de esas creaciones artísticas manipuladas. Cuando a Goya le encargan desde la Real Fábrica de Tapices que elabore cuatro escenas para componer cuatro grandes tapices para la corona, alguien le debió sugerir que pintase las cuatro estaciones, ya que algunos tapices irían al Palacio del Pardo, lugar de caza real en momentos del año que, aun en invierno como en otoño, la familia real pudiera disfrutar de sus estancias decoradas. Y así elaboraría Goya los bocetos, y luego los óleos, que representaran esas escenas bucólicas, cinegéticas o festivas que dieran soporte visual para confeccionar luego los reales tapices. Y así los hizo, con esa ahora inexistente capacidad que el Arte, sin embargo, pudiera tener para poder aprovechar, en una oportunidad crítica única ante el mayor poder de un reino, transmitir mensajes que llegaran a la sensibilidad del monarca o de sus príncipes.

Excepto en una de esas estaciones que pintara Goya: El invierno, también conocido como la nevada. Nada se había pintado así ni en España ni en el mundo nunca. Es el año 1786, y el neoclasicismo era la tendencia imperante en el Arte. Es decir, que nada de personajes desconocidos o vulgares, nada de minimalismos en una escena sin ningún interés estético, sin que diga o exprese algo relevante, histórico o subyugador. Y Goya pinta todo eso ahí, sin embargo. Pinta personajes marginados, campesinos que, ahora, transportan un cerdo preparado. Un animal muerto para venderlo en Madrid sin pasar por el impuesto al consumo, tasa que debían abonar todos los comerciantes entonces. Pero son apresados antes de llegar a la capital del reino. Y en ese mismo momento, cuando son guiados en su trayecto frustrado, una nevada gélida y desapasible comienza a caer ahora desde un cielo gris y desalentador. No se había pintado nunca algo así en la vida. Ninguna representación de un invierno había sido compuesta en un lienzo con esa insulsa y desmerecida escena sin sentido iconográfico. ¿Qué interés podrían tener tres tipos desafortunados que, a la vez, debían abrigarse ahora de un frío helador para poder ir a dar cuenta de su fracaso? ¿Qué gracia estética tendría una obra cuyo paisaje no dispondría siquiera de un adorno natural que embelleciera algo el horizonte? ¿Qué belleza podría tener además un hecho tan poco merecedor de elogios iconográficos, donde ni la composición ni los colores, ni nada especial, llevara ahora a alegrar el sentido de la vista?

Pero, sin embargo, Goya lo quiso hacer así, tan minimalista como su escena triste suponía: cinco personas desangeladas, desmerecidas y ocultas del todo por capas o abrigos invernales; y un burro, un perro y un cerdo muerto. El resto, desolación, intemperie imposible, frío helador, naturaleza sin vida y un blanco monocolor aquí como único recurso tonal para una existencia sin relieve, sin contraste o sin el imperio de ningún otro color. Es la representación social desengañada de un país, España, en los finales del siglo XVIII. Las figuras humanas aquí son el pueblo, los seres que habitan en ese injusto, descolorido y paralítico país; expresan con sus vestimentas las diversas regiones de España, dos de los apresados calzan ropajes castellanos, el más alejado -el único que mira atento al espectador- con vestimenta tradicional valenciana; los otros, los apresadores, con el vestuario de los guardas rurales de entonces. Los animales representan aquí a sus dirigentes: el asno los gobernantes que, ahora, transportan aquí apresado al cerdo muerto, un arquetipo desafortunado del propio país... ¿Llegarían por entonces a comprender a Goya con esta obra sutilmente apelativa? En absoluto. Pero, tampoco se lo impidieron hacer así, a pesar de su poco embellecido escenario retratado. La licencia real debía ser obtenida directamente por el monarca. Y así consta que Goya fuera al Palacio Real del Escorial en el año 1786 para que, el propio rey Carlos III, aprobara la obra para ser el boceto de un real tapiz. Y lo aprobó. 

Lo que ignoraba el monarca español era que el pintor Goya expresara ahí, en su obra El invierno, todo el mayor desengaño que él mismo sintiera por el fallido impulso ilustrador que su país no consiguiese llegar a tener entonces, finales del siglo XVIII. Pero, aún no se sabría, siquiera, todas las terribles calamidades que España iba a sufrir en su próxima historia. ¿Cómo es posible que el ingenio de un pintor pudiera por entonces, 1786, llegar a alcanzar a tener ese mínimo sentido premonitorio? Pero, así fue. Porque Goya tuvo una de las mayores intuiciones que puedan disponer los seres humanos a veces. Y su intuición le hizo componer esa escena tan desgarradora... pero tan poco evidente para verlo. Y lo hizo así entonces porque sabía él dónde su obra se iba a depositar: frente a los ojos soberanos de los máximos gobernantes de España, en este caso el príncipe de Asturias. Al rey Carlos III le quedaban dos años de vida, y su hijo el príncipe era la promesa soñada de un futuro diferente. Goya quería así, con su obra de Arte tapizada, llegar a poder ofrecer la visión dura y difícil de un país abandonado. Pero, no serviría. Las calamidades de las guerras, las intransigencias de su sociedad tradicional, las rémoras de un pasado imperial desarbolado y la triste situación de una economía de subsistencia, llevarían al país a un colapso que ni el propio pintor pudo imaginar por entonces. La obra de Goya no consiguió llegar a la razón de los dirigentes. Pero tampoco llegó a su sentimiento, algo que el gran creador español matizara en su tapiz ahora con la mirada furtiva de uno de los personajes desolados, ese valenciano que mira aquí, con sus ojos interrogadores, a los que, desde lejos, ahora vieran su emotiva escena tan desengañada en el cuadro.

(Óleo El Invierno o la Nevada, 1786, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado, Madrid; Óleo La Vendimia o el Otoño, 1786, del pintor español Goya, Museo del Prado.)

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...