5 de enero de 2017

El sentido más absurdo de la persecución de un deseo, o el Arte prerrafaelita para comprobarlo.



El pesimista filósofo alemán Schopenhauer citaría el mito de las Danaides para ilustrar el repetitivo error inevitable de tratar de llenar un vacío imposible:  Pero la mayor parte de las veces nos resistimos, cual a un amargo medicamento, al conocimiento de que el sufrimiento es consustancial a la vida y de que éste no afluye a nosotros desde el exterior, sino que cada cual lleva en su propio interior la inagotable fuente del mismo. Más bien intentamos buscar continuamente, a modo de subterfugio, una causa externa singular de ese dolor que nunca nos abandona. Infatigablemente, vamos de deseo en deseo y, también cuando la satisfacción alcanzada no nos satisfaga tanto como prometía, sino que la mayoría de las veces pronto se presente como un vergonzoso error, no nos damos cuenta de que nos enfrentaremos por siempre con el tonel de las Danaides.

Las Danaides fueron en la Mitología griega la denominación que se les dio a las cincuenta hijas de Dánao. Ellas eran unas deidades míticas acuáticas representadas como unas bellas ninfas de los manantiales sagrados de la Argólida. La leyenda cuenta cómo los egipcios Dánao y su hermano Egipto se enfrentaron una vez, teniendo al fin aquél que huir exiliado a la Argólida griega con todas sus hijas. Allí prosperaría Dánao hasta convertirse en rey de Argos. Entonces su hermano Egipto quiso reconciliarse y envió a sus cincuenta hijos para que se unieran con sus primas, las Danaides. Pero Dánao no quiso arriesgarse y pidió a sus hijas que, durante la noche de bodas, acuchillaran a sus maridos hasta morir. Fueron condenadas al Averno, el infierno griego. Y allí Hades las obligó a llenar un barreño o tonel enorme de agua, un recipiente que, a su vez, estaba totalmente agujereado e impedía que cualquier agua, por mucha cantidad y tiempo que durase, llenase por completo y terminase, al fin, con toda aquella ridícula, inútil y absurda tarea deprimente. 

Para eternizar ese momento, el pintor prerrafaelita John William Waterhouse (1849-1917) crearía dos obras pictóricas excelentes. Una en el año 1903 y otra en el año 1906. A las dos las tituló Las Danaides, y la escena representada en sus lienzos prerrafaelitas era la misma: algunas de las hermanas condenadas transportando su cántaro de agua hasta el tonel donde debían echarlo; otras, siempre dos, vaciando el agua en ese preciso instante; y otras esperando a hacerlo o, peor aún, no esperando nada... más que regresar de nuevo hasta la fuente para, después, volver a repetir, eternamente, la misma cosa. Y de estas últimas hay solo una de las hermanas -que aparece en la obra del año 1906- que ya ha vaciado su cántaro y espera un pequeño momento, apenas nada, para, con su jarra vacía, recomenzar de nuevo su tarea. Pero el pintor la pinta aquí abstraída, sin mirar a nada, ni a nadie, ensimismada tan solo en su ignorada reacción. En la otra obra, la del año 1903, no aparece ninguna danaide con ese gesto o esa actitud melancólica. De hecho, la obra de 1903 es, curiosamente, más equilibrada, más clásica: son menos personajes, y éstos, los tres principales, muestran aquí una armonía estética extraordinaria. Comparativamente, esta obra -la de 1903- es formalmente mejor que la otra. Sin embargo, la otra, la del año 1906, consigue con esa sutileza emotiva plasmar el sinsentido y la agonía absurda de una voluntad desmotivada.

Y es que el Prerrafaelismo se dividió entre el clasicismo y el simbolismo, entre la armonía plástica más elogiosa y el detalle humano más profundo. Este pintor británico consiguió más esto último, aunque no en todas sus obras. Es de suponer que la segunda vez alcanzó a pensar mejor cómo transmitir la angustia de una absurda forma de actuar... Pero la genialidad, tal vez, solo la hubiese conseguido el pintor aumentar con este tema -Las Danaides- si hubiese hecho una síntesis de ambas obras prerrafaelitas. En una hay más belleza, en la otra más mensaje. También sirve esta muestra de dos obras semejantes del mismo autor para volver a insistir sobre la ventaja estética de expresar más con menos. A más personajes en un lienzo menos valor expresivo, aunque parezca una contradicción. Pero es esta una de las reglas de la Pintura, de la clásica, de aquel Renacimiento que glosara la belleza sobre todas las cosas. Y, luego, ¿qué podremos hacer más que tratar de llenar un tonel que no alcanzará jamás a llenarse? La vida es así en toda su vitalidad biológica. Pero, además, el ser humano tiene la cualidad de pensar en ello. Y aun así, también volverá a repetir el deseo de querer obtener algo... sin comprender que nada acabará siendo satisfecho nunca por ningún deseo. 

Las Danaides expiaron la culpa, sin embargo, de un deseo inicial llevado a cabo por su propio padre. La leyenda cuenta después que Dánao fue asesinado por el único sobrino que no murió aquella noche. Porque una de las hermanas no quiso hacerlo..., y Linceo, su prometido, acabaría vivo para asesinar a aquél. Pero, sin embargo, solo ellas, las cuarenta y nueve danaides restantes, fueron condenadas en el infierno griego a realizar esa repetitiva e inútil tarea deprimente. ¿Por qué? Porque pudieron elegir, como la esposa de Linceo hiciera. Las demás se dejaron guiar por el mandato paterno, fueron ciegas en su deseo, y por eso pagaron además con el sempiterno y absurdo vaciado de agua en el barreño eterno. Porque no es el deseo propio el peor de los deseos..., sino aquel que hacemos, perseguimos o ejecutamos por el deseo ajeno, por la falta de uno propio, de uno que nos lleve a respetarnos al menos como seres que, aun equivocadamente, decidiremos y arriesgaremos con la vida que tenemos. Por eso Las Danaides fueron condenadas en el Averno -como todos los demás, como su padre-, pero tan solo ellas, las dirigidas, las cobardes, llevarían allí la terrible afrenta de realizar un trabajo para siempre; uno ridículo, imposible, innecesario, uno como los alardes inútiles de las vidas absurdas que persiguen deseos insatisfechos, tan insatisfechos como los toneles agujereados de un recipiente sin descanso...

(Óleos del pintor prerrafaelita John William Waterhouse: Lienzo Las Danaides, 1903, Colección Privada; Detalle del cuadro Las Danaides, 1906; Cuadro Las Danaides, 1906, Aberdeen Art Gallery and Museums, Aberdeen, Escocia, Gran Bretaña.)

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