26 de enero de 2017

El neoclasicismo derivó una vez a la semblanza romántica, sustituyendo veracidad por sortilegio.



En pleno fervor historicista neoclásico, justo en la encrucijada de un final de siglo republicano a un comienzo de era imperial, un pintor francés extraordinariamente clásico, Pierre-Narcisse Guérin (1774-1833), crearía en el año 1799, sin embargo, una obra impactantemente emotiva... pero inventada, El retorno de Marcus Sextus. No era una escena histórica, no había sucedido nunca que un tal Marcus Sextus regresase alguna vez de ningún exilio romano, ni que existiera siquiera su figura histórica realmente. Entonces, ¿por qué el pintor, un creador clásico además, se atrevió a componer -y titular así- una obra de Arte con esas características tan verídicas o realistas? Pues, porque no lo encontró en la historia, en la gran historia de héroes, o de grandes personajes señalados, tan solo quizás lo imaginó de la pequeña tradición oral de algunos seres desconocidos e irrelevantes de la vida. Pero, sin embargo, era inconcebible que una obra de Arte clásica pudiera expresar un hecho existencial por entonces -pleno momento neoclásico- sin hacer mención a algún personaje histórico o de la leyenda más conocida. Porque se trataba en este caso del regreso de un romano de la antigua época republicana, Marcus Sextus, un patricio que volvía a Roma después de haber estado desterrado por uno de los dictadores romanos de entonces, Sila, en el siglo I a.C. Porque pudo el pintor también haber titulado su obra El retorno del exiliado..., pero esto no era conforme a los requerimientos clásicos de aquel momento artístico. Y, sin embargo, ¿es que no pudo existir, verdaderamente, un caso así en la historia?

El pintor Guérin vivió en uno de los momentos históricos que también padecería, como aquella Roma de las guerras civiles republicanas, destierros o huidas de personajes desconocidos o anónimos para la historia, seres humanos que no fueron recordados o descritos por los anales históricos, pero que, sin embargo, sufrieron del mismo modo el trágico desgarro inhumano del exilio. Porque entonces todavía no había triunfado el Romanticismo artístico, ese modo de expresar existencial que primaba la vida anodina, o general de todos los seres, frente a la grandiosa relevancia consagrada de los personajes históricos. Sin embargo, Guérin consiguió emular lo que, después de él, acabaría triunfando en el escenario artístico y cultural de la historia del Arte, y aún continúa: la semblanza emotiva general de un sentido universal expresado con los rasgos anónimos de un ser meramente representado. La obra de Guérin es extraordinaria además porque es, o consigue ser, intemporal. Es decir, a pesar de las vestiduras romanas, podría pasar esta misma escena dramática por ser la representación más universal de todas las épocas, o de todos los momentos de todos los posibles seres habidos o por haber alguna vez en alguna época. Pero, sin embargo, no hay un relato aquí, ni histórico ni legendario ni literario, que sostenga la escena plasmada en la obra de Arte de Guérin.

Pero, aun así, la escena representada nos ayudará a comprender, con su maravillosa composición, la esencia fundamental del sentido de la obra: El ser humano que regresa de su destierro y descubre desolado la tragedia que su alejamiento habría llevado a cabo en su vida o en su familia. Es ahora la encrucijada, es decir, es aquí el momento de la determinación de elegir un camino u otro..., ante la desesperación más dramática de la vida. Y el pintor compone aquí su escena con las figuras cruzadas del personaje que regresa -Marcus Sextus- y de su esposa yacente tras su sombrío cuerpo, conformando incluso en la obra un símbolo tan cristiano ahora -la cruz- utilizando para ello los perfiles, sin embargo, tan paganos de dos seres tan anacrónicos para eso... Hay que situarse en la época del pintor -final de la Revolución francesa- para entender las duras existencias de algunas personas que sufrieron el destierro en un mundo tan poco espiritual, o tan poco emocional, además. Por eso el pintor comete incluso también aquí otra afrenta más, una más contra su neoclasicismo académico: no bastaba con nombrar -con nombre y apellido- a un personaje inexistente en la historia, además le inspiraba una religión que aún -siglo I a.C.- no existía en el mundo.

Doble rebeldía clasicista que Pierre-Narcisse Guérin se atrevió a componer en su obra neoclásica. ¿Es que ya estaba el mundo asistiendo a un necesitado semblante emocional, sentimental o espiritual -claramente romántico- en la vida? Pero el pintor no fue sensible a todo eso, sin embargo. En la reseña de su biografía virtual dice claramente de su vida la enciclopedia: especializado en temas históricos, sobre todo de la Antigüedad clásica: personajes de la historia de Grecia y Roma, pasajes de la guerra de Troya o de la Eneida, aunque también dedicó alguno de sus cuadros a Napoleón. Sus cuadros se caracterizan por la maestría en el tratamiento, el correcto dibujo y, sobre todo, la iluminación, con la que abrió nuevas direcciones en la pintura. Debió haber sido entonces su juventud, veinticinco años por entonces, que es cuando crea su obra El retorno de Marcus Sextus, lo que debió haber contribuido a llevar a cabo ese sesgo tan romántico para el momento artístico tan clásico. Porque el creador francés nos expone la situación de un modo muy trágico en su obra: la esposa del personaje retornado está ahora muerta, y él le toma aquí su mano inerte entre sus dos manos desgarradas. No hay más, la vida se ha llevado ahora su promesa de regreso..., y Marcus Sextus dirige aquí una mirada a la nada más desoladora. La luz y la oscuridad de la obra envuelven así ese gesto tenebroso para no darle más sentido que la nada.

Sin embargo, el pintor francés más clásico descoserá en su obra el componente más melodramático haciendo girar la mirada del espectador, en algún momento, de la mujer a su hija. Porque ella ahora, la pequeña hija del exiliado retornado, anudada desconsoladamente a la pierna del personaje malogrado, representará en la obra de Guérin el sentido más emocionalmente lleno de esperanza.  Esta será también la otra encrucijada... Porque la vida continúa, y continúa con la sustitución ahora de una vida en otra. Al menos, al retornado le quedará aquí alguna salvación existencial en la emoción que pueda ahora vislumbrar con sus ojos, apenas sin latidos, de una mirada ahora ya cargada de esperanza... Pero esa mirada es también aquí la nuestra, para eso lo compuso ya el pintor clasicista, para nosotros, para todos nosotros, para cualquier ser humano que, ahora reflejado aquí en su obra, pudiera comprender que, todavía, la vida recompondrá, emocionada, las trazas de un escenario malogrado en un sentido ahora sutilmente emprendedor, muy poderoso, ferviente o algo esperanzado.

(Óleo El Retorno de Marcus Sextus, 1799, del pintor neoclásico Pierre-Narcisse Guérin, Museo del Louvre, París.)

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