21 de diciembre de 2016

Homenaje al clasicismo hispano más realista y filosófico: La muerte de Séneca.



Cuando, en la misma época, naciera Jesucristo en la provincia romana de Judea, nacería en la Córdoba romana, en la provincia romana de la Bética hispana, el sabio, político y filósofo latino Lucio Anneo Séneca. Prácticamente, en el mismo año ambos personajes vieron la luz al amparo del inmenso y extraordinario imperio romano. Uno al este del imperio, otro al oeste del mismo. Sin embargo, no sería esta la única coincidencia... La sociedad humana, no sólo la romana sino toda la existente por entonces, era absolutamente injusta, insensible o desaprensiva con los semejantes en todos los órdenes de la vida, llena de prejuicios funestos y absolutamente irracionales en casi todas las motivaciones o acciones de los humanos con el mundo. En un lugar de ese imperio, la Judea romana, las leyes teocráticas del pueblo elegido -el judío- condicionaron una moral que perfilaría años después una espiritualidad monoteística de salvación, una especie de caldo de cultivo que propiciaría la semblanza mesiánica de un gran personaje, Jesús, algo que transformaría unas leyes religioso-pragmáticas de aquel pueblo -el judío- en una realidad personal e individual no vistas hasta entonces en la historia. En el otro lugar, en la Roma imperial civilizada, Séneca contribuiría como nadie a profesar un espíritu estoico que, por primera vez en la historia, formulase propuestas concretas para disponer el ser humano de una vida mejor, más justa, más igualitaria y más feliz. 

Hasta ambos personajes murieron por denunciar las injusticias; uno crucificado, y el otro suicidado antes de que los ejecutores imperiales lo sacrificaran, si no lo hiciera él, en el cadalso imperial más ignominoso del infame Nerón. Pero, sin embargo, aquellas y éstas serían las únicas coincidencias. Séneca, a diferencia de Jesús, fue un aristócrata romano, un afortunado hombre romano que habría llegado a lo inmediatamente antes de lo más alto en el imperio: senador de Roma. Aunque, sin embargo, habría tenido una vida poco elogiosa en algunos momentos de esplendor político. Pero, esas contradicciones personales no desmejorarían nunca su figura histórica como pensador, escritor y filósofo. El estoicismo había sido creado por los griegos doscientos años antes, pero ahora, con Séneca, esta escuela filosófica de rigor personal y austeridad social llegaría a su mayor grado de expresión. Tuvo con Séneca un pensamiento práctico y realista, muy llevado a la vida y a los ejemplos concretos de la sociedad romana de entonces, la más avanzada por otro lado de las sociedades que el ser humano llegase a conseguir antes del Renacimiento. Pero su mensaje virtuoso, como toda su filosofía, no prosperaría más allá de una literatura latina resguardada entre los legajos perdidos de un imperio luego fenecido. Fue el Renacimiento, por tanto, el que elogiaría y reivindicaría su figura. Pero, para entonces -para el siglo XVI-, la figura de Jesús, sin embargo, llevaba ya más de mil años manteniendo la suya. 

Cuando en el año 1864 el pintor español Manuel Domínguez Sánchez (1840-1906) llegase a Roma, para su formación en la Academia de España en esa ciudad, ya había sido educado antes en Arte por el grandioso maestro Federico de Madrazo, el pintor más clasicista del universo romántico español. Pero, los jóvenes pintores españoles de la segunda mitad del siglo XIX querían algo más que la perfecta sintonía academicista de sus maestros. Al sentido grandioso y romántico, al gesto heroico y elogioso, digno y poderoso del sentido más histórico, ellos querían además incorporar otra cosa: el realismo más sobrecogedor, el verismo propio de la época, ese ambiente que reflejase la verdad de las cosas, su mayor aproximación a la realidad de lo que las cosas son, o fueron. Por ello, cuando Manuel Domínguez pintase su enorme obra Muerte de Séneca, recibiría el pintor madrileño el primer premio Nacional de Bellas Artes del año 1871. En su obra de Arte, Domínguez compone una maravillosa escena, sobria pero elegante. El equilibrio de la obra se consigue por la fortaleza de la figura del gran pensador romano, figura que, con su torso, brazo izquierdo y cabeza prosternada hacia atrás, reequilibrará sobradamente, junto con el solo personaje más aislado de la derecha, el grueso de los otros personajes situados a la izquierda del cuadro. Basta su sola efigie entregada aquí para admirarlo; caída así en defensa de los valores y principios que, como un ejemplo para todos, sus seguidores -los que aparecen en el lienzo- se encargarían luego de dar a conocer a una posteridad desencantada. 

Fue un homenaje por aquel entonces -año 1871- a su gran figura y a su origen hispano. El pintor español solo se permitirá torcer un poco el verismo aséptico de la obra -porque todo en ella es riguroso, como el pensamiento de Séneca-, con la melodramática inclinación sedente del personaje secundario más entregado a su dolor. Esa misma actitud doliente que le permite al pintor establecer el genio clásico de su talento creador: los dos brazos, el mortecino de Séneca y el afligido del personaje sollozante -ambos el mismo brazo izquierdo y ambos desplegados claramente- configuran el leit-motiv de la fuerza estética más desgarradora de la obra. Es el paralelogramo estético, aquí formado por las líneas paralelas del brazo de Séneca con el cuerpo sedente de su discípulo afligido por un lado, y el brazo de éste con el cuerpo del difunto elogiado por otro. Todo eso muy necesario para reforzar el clasicismo de la obra. Pero, el Romanticismo de su maestro Madrazo está también en la obra: la muerte del gran personaje está llena de frenesí elegíaco, de drama sobrevenido por el extraordinario plano de su cabeza, alejada ahora de la vida como de la cuba del baño; elemento que, segundos antes, acogería el cuerpo decidido a morir del afamado filósofo. Y, luego, el Realismo más feroz de aquellos años setenta del siglo XIX. Porque así es como debió morir el gran pensador romano, luego de que se cortara las venas, que aquí no se ve sin embargo, ya que, realmente, no murió desangrado sino de los gases inhalados de una pira tóxica. 

Grandeza artística hispana que, sin embargo, no prosperaría. Para finales del siglo XIX, es decir, veinte años después de crear su obra Domínguez, el Arte español no vanagloriaría ya las obras heroicas y realistas, académicas y moralistas. No, para esos momentos históricos, el gusto de la época no perseguiría hechos tan alejados o personajes tan distantes a lo que el mundo, por entonces, deseaba mejor halagar en un cuadro. O mejor entender, o mejor comprender, o mejor perseguir... De hecho, la gran figura artística del pintor Manuel Domínguez Sánchez no pasaría de aquel premio del año 1871. ¿Quién conocerá a este pintor español extraordinario? Posiblemente ahora qué mejor metáfora -su obra y su Arte- para entender una realidad de las cosas de este mundo ingrato: tanto la vida -como su filosofía- del gran Séneca antes del Renacimiento, pero sobre todo hasta el siglo XIX, no sería tan elogiada ni tan conocida. Así, también, como la de aquel joven pintor español pensionado en Roma. Un creador que, una vez, pensaría que sería un grandioso y justo homenaje al Arte, como a la vida, al mundo y a la sociedad, eternizar en un lienzo la maravillosa, por sobria y elegante, muerte del más extraordinario pensador y humanista romano de todos los tiempos.

(Óleo sobre lienzo Séneca, después de abrirse las venas, se mete en un baño y sus amigos, poseídos de dolor, juran odio a Nerón que decretó la muerte de su maestro (Muerte de Séneca),  1871, del pintor español Manuel Domínguez Sánchez, Museo Nacional del Prado, Madrid.)

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