22 de marzo de 2015

El acto de creación más genuino ideado por Goya para expresar lo más sublime.



Imaginemos por ejemplo si alguien nos dijese del Arte: Deberá reflejar en una imagen la magnificencia del sentido más trascendente de la vida. Deberá crear todo lo que el mundo del ser humano representa: sus contradicciones, misterios, miserias, decepciones, esperanzas, deseos, sentido, fugacidad, grandeza... ¿Alguien compondría algo así tan grandioso y esencial en una obra tan sencilla, tan costumbrista, localista, arrabalista, populista, de mercado castizo y en un lugar tan vulgar e intrascendente? Nadie..., salvo el genial Goya. Llegaría el pintor español a realizar esa sorprendente obra para ser, sin embargo, entregada a una fábrica de tapices -La Real Fábrica de Tapices-, y confeccionar con ella luego un cartón para ser copiado por los artesanos tapiceros. Pero su obra original, ese extraordinario óleo de Goya, no saldría de los almacenes de la Real Fábrica de Tapices hasta que en el año 1870 el director del museo del Prado de entonces, Federico de Madrazo, considerara que esa sublime obra de Arte debería estar en su museo.

La Real Fábrica de Tapices de Madrid estaba dirigida, a finales del año 1774, por el gran pintor neoclásico Anton Raphael Mengs. Como primer pintor del reino, el checo Mengs establecería las nuevas exigencias del Arte que Europa impondría en España a mediados del siglo XVIII. Es por lo que la Real Fábrica de Tapices alcanzaría bajo su mando una brillante época de grandes creaciones. Entre los pintores que en el año 1775 creaban para la Real Fábrica estaba el joven pintor zaragozano Goya. Para el Palacio de los príncipes de Asturias fue solicitado un grandioso tapiz a la Fábrica. Pero entonces la princesa, María Luisa de Parma, una mujer alegre y festiva de carácter, le gustaban más las escenas madrileñas de majos y majas. Así que Goya se inspiraría y realizó una imagen de feria castiza a las afueras de la corte, una donde los personajes típicos fueran retratados en un ambiente sencillo, agradable y de arrabal. Pero Goya no era un pintor sencillo ni agradable..., ni insulso. Debía vivir de su Arte, debía prosperar en la corte, y esa era una gran oportunidad para él. Gustó a todos su obra costumbrista: a Mengs, a la princesa, y, cien años después, al mejor director que haya tenido nunca el Museo del Prado. A los que no gustó tanto, a cambio, fueron los artesanos tapiceros. Porque era una obra tan densa, tan cargada de sutilezas, tan abigarrada de colores diferentes, tan compleja, como para hacer ellos bien su trabajo... ¿Pero, sólo para ellos lo fue?

Es una obra de Arte sin mitología; sin filosofía, sin historia, sin fidelidad escénica -el lugar exacto no es asociado a ningún lugar conocido de Madrid-, sin personajes conocidos, sin denuncia, sin grandiosa belleza... Pero, sin embargo, en ella estará toda la antropología de la vida humana que un pintor pudiera componer en una obra. Eso es realmente Arte, eso es creación; lo demás serán tapices o copias, o escenas desvencijadas, o momentos sin brillo estelar. Aquello solo lo harán los grandes creadores... Es la capacidad de hacer tanto en tan poco espacio. El Cacharrero es llamado ese lienzo de Goya compuesto sobre el año 1779. Representa la imagen costumbrista de un mercado callejero madrileño, uno donde un comerciante, un cacharrero, ofrecerá sus vasijas a unas mujeres que, ahora, sin embargo, no lo atienden ni le escuchan a él. Justo en ese momento está pasando, al lado de ellos -ya ha pasado realmente-, el carruaje elegante de una aristocrática mujer. Dos jóvenes sentados al borde del camino observan ahora al carruaje y a la dama. Una señora que desde la ventana cerrada de su coche mirará con gesto desconsolado el paisaje. Su rostro, sin embargo, es el vago reflejo desenfocado por el vidrio del carruaje que el pintor nos permita hacernos vislumbrar... 

Pero, hay diversos mundos enfrentados ahí.... Por un lado está la nobleza y el pueblo llano; luego, están las mujeres y los hombres -los majos y las majas-; también están enfrentadas ahí la virtud -las jóvenes inocentes- y la maldad -la astuta alcahueta-. Todos destacarán frente al pueblo gris del fondo, éste ahora sin perfiles, sin belleza o sin adornos, sin más vida que la vida más banal que se pudiera. El comerciante, sentado en el suelo, está ofreciendo honesto sus productos valencianos a tres mujeres. Él es aquí el cacharrero, uno de los personajes que Goya no criticará ahora en su obra. Las tres mujeres tienen tres edades diferentes -otros tres mundos separados-: la más vieja es la alcahueta, su único interés es vender a la más bella y joven de las dos mujeres. Pero, sin embargo, los hombres jóvenes sentados a su espalda no estarán mirando ahora a ninguna de ellas, ni a la más bella siquiera, tan sólo ven el carruaje que pasa a su lado, su belleza lustrosa y a la noble mujer que lleva a bordo. Todos estos personajes descritos, hombres y mujeres, reflejarán una dialéctica genial en la obra. A los hombres, por ejemplo, no les veremos sus rostros, pero a las mujeres sí. Ellas los muestran claramente: el rostro decepcionado -la mujer noble del carruaje-, el rostro contrariado -la alcahueta-, el rostro interesado -la mujer acompañante- o el rostro inocente -la joven maja-; a cambio, ellos no muestran aquí ningún rostro, ni siquiera el cochero o los sirvientes de la dama; solo el joven lacayo, difícilmente sujeto al carruaje, presentará apenas un solapado perfil...

La fugacidad de la vida la vemos, por ejemplo, en la velocidad del carruaje. El pintor modifica la circunferencia de una de sus ruedas para pintarla en otro sitio, pero dejaría vislumbrar los restos de la primera, no lo borraría del todo. Y esa eventualidad visual ofrece aquí una sensación de velocidad, una extraordinaria forma de aprovechar así un error para crear, con él, otra cosa... Goya admiraba el Barroco español, y aquí están homenajeados los estilos de Velázquez con el rostro de la alcahueta, o el de Murillo con ese perro enroscado; también el propio bodegón barroco, ahora con las vasijas detalladas, propio de ambos pintores andaluces. Pero el color aquí de Goya es ahora mágico. Esta obra es clasificada en estilo Rococó, sin embargo, es una amalgama curiosa y anticipadora de formas posteriores a la vez que un homenaje a lo de antes. El Barroco está aquí también, pero además otros colores clásicos..., los utilizados por el neoclásico Mengs en sus grandiosos óleos. Y, luego, ¿qué puede ser ese atrevimiento emocional en la figura desdibujada de la dama desolada si no un atisbo de romanticismo anticipador?

Es una escena desenfadada, popular, castiza, costumbrista, pero, sin embargo, no es solo eso para nada. Y no lo es porque los personajes no forman un sistema cohesionado, no son más que paradigmas individuales de un deseo universal insatisfecho. Nadie consigue aquí nada de lo que realmente desearía. Todos ellos, los personajes significativamente retratados, desean ahora lo que no poseen.... El cacharrero no conseguirá vender nada; la alcahueta presiente que tampoco cliente alguno habrá para las majas. Por otro lado, los jóvenes majos darán la espalda a la joven y bella maja; y lo hacen porque sólo desean ahora aquí lo inalcanzable: lo que representará para ellos la noble dama del carruaje. Pero, sin embargo, la noble dama no está satisfecha con su vida, con su existencia tan monótona, cerrada y desconsolada. Y ella lo muestra ahora así -el pintor realmente lo hace-, con el rostro inexpresivo tras el cristal de una soledad tan distanciada. Por eso no hace ella más que mirar por la ventanilla de su imparable carruaje -la existencia que pasa efímera- el mundo que no tiene, la falta de vida a la que su condición distante le obligase. Todos reflejos gráficos de grandes deseos insatisfechos. Sólo el joven lacayo, sujetado al estribo posterior del carruaje, mirará ahora, resignado, hacia un cielo incontinente y arrebatador, uno coloreado apenas por un poniente amarillento. Un cielo que, luego, cuando el sol se oculte, su crepúsculo será un paisaje ya que no veremos, que no estará ya ahí para nosotros. Como el carruaje..., que pronto dejarán de ver los majos; como el paisaje vital y arrabalero..., un lugar anhelado y efímero ahora, pero ese que nunca más verá la dama.

(Óleo de Francisco de Goya, El Cacharrero, 1779, Museo del Prado; Detalles del mismo cuadro de Goya, El Cacharrero, 1779, Museo del Prado, Madrid.)

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