24 de diciembre de 2012

Varias formas de ver la vida... o diferentes perspectivas desde donde mirar las cosas.



Había nacido Jacques Tissot en el año 1836 en Nantes, en la bretaña francesa, y estudiaría en París de la mano del gran pintor Ingres. En el año 1860 París era el centro del mundo. Volvía la ciudad a relucir más brillante que nunca gracias al Segundo Imperio de Napoleón III. Y ahí, en la ciudad de la luz, en la del esplendor y la fascinación más mundana el joven pintor Jacques Tissot retrataría ese mundo maravilloso. Y todo seguiría así, esplendoroso, hasta que la más cruel de las primeras guerras más crueles de Europa sobreviniera inesperada desnudando la inocencia de los europeos para siempre. En 1870 se desbocaría el horror en los campos de Francia como nunca había sucedido antes. La guerra Franco-Prusiana detonaría la mayor convulsión social que transformaría a Europa por completo, tanto que ésta no terminaría de sufrirlo hasta 1945. Después de la defenestración más asolada que Alemania hiciera padecer a Francia los jóvenes franceses sólo pudieron resistir en la desesperada Comuna o marchar del país. Así que Jacques Tissot se marcharía a Londres y cambiaría del todo allí, hasta su propio nombre cambiaría por el tan británico James. Y ahora James Tissot retrataría a la satisfecha sociedad inglesa, una sociedad que comenzaría a desarrollar gracias a la debilidad de sus vecinos un gran imperio que la llevaría a dominar el mundo como imperio alguno hubiera alcanzado tecnológicamente jamás. Y allí, en el Londres más cultivado, arrebatador y arrogante, el exiliado pintor francés conocería a la maravillosa, fascinante y hermosa Kathleen Newton.

La exquisita, bella y divorciada Kathleen acabaría siendo la modelo y compañera perfecta de Tissot durante casi toda la década de los años setenta decimonónicos. Y se dedicó él a pintar y a pintarla. La soltura, el perfecto dibujo, la naturalidad y el realismo con el que retrató la alta sociedad y sus costumbres hizo de Tissot un pintor muy demandado. Con sus lienzos llegaría a plasmar la mejor imagen de la vida de entonces, una vida desenfadada, frívola, mundana y superficial. Una de sus obras es paradigmática de la sociedad que retratase entonces. Su óleo Demasiado pronto del año 1873 es muestra de aquella sociedad tan superficial. Causaría sensación la imagen escenografiada por Tissot. En ella el autor nos presenta el instante preciso, el momento de ese tiempo ofuscado en el que los invitados a una fiesta llegan antes de la hora. En la obra se observa lo incómodo de la situación, representada  por los gestos de los personajes retratados de un modo magistral. Y todo volvería a seguir así, tan maravillosamente vivido por el pintor y su amante. Hasta que la cruel enfermedad de Kathleen -una tuberculosis al parecer- llevaría a ésta a su suicidio en 1882. A los veintiocho años de edad fallecería ella dejando a Tissot en la encrucijada más pavorosa de su vida londinense. Dejaría entonces él de pintar. Y volvería a París. Y tomaría luego una de las decisiones personales que más le transformaría su vida y su creación posterior. Marcharía a Palestina donde permanecería durante casi diez años. Todo lo cambiaría entonces: la técnica, los colores, el trazo, la temática y su propia vida... Retrataría ahora la vida de Jesucristo tan compulsivamente como antes lo hubiera hecho de su mundo anterior.

Existió una vez -según el Génesis- un rey de Mesopotamia tan cruel y despiadado que quiso demostrar su poder construyendo la torre más alta y grande del mundo. Así fue como se realizaría la famosa Torre de Babel. Al parecer, las tradiciones judaicas sitúan a Nemrod como un bisnieto de Noé, y como el primero de todos que llegaría a ser el hombre más poderoso de la Tierra. El primer rey, el primer señor que dominaría las tierras de la mesopotamia postdiluviana. Casi todas las versiones legendarias lo presentan como un hombre depravado, opuesto a toda divinidad o devoción piadosa. Algunas leyendas cuentan el final del malvado Nemrod a manos de Sem; otras que se arrepentiría incluso; y otras que Esaú -nieto de Abraham- terminaría decapitándolo. Y en el año 1882 el pintor Tissot pintaría una escena infantil de juegos como una representación de este malvado rey bíblico...

James Tissot regresaría a París, y más tarde a Londres, para exponer así sus nuevas obras, acuarelas la mayoría sobre Tierra Santa. Pero poco después se muda a la abadía cisterciense de Clairefontaine, en la población de Bouillon, en Francia. Allí acabaría sus años -fallecería en 1902- pintando la temática espiritual que no abandonaría jamás. Una de sus obras más curiosas fue la que dibujase una vez representando la visión que tuviese Jesús desde la propia cruz en donde fue colgado. Una audaz -y hasta sacrílega para algunos- visión de lo que el dios de los cristianos viese antes de morir crucificado. Todo un alarde pictórico y sentimental. Así dejaría plasmada en su obra el pintor la visión divina. Esa visión sobrenatural que, se supone, nadie más pudiera siquiera imaginar... Salvo él, que la mostraría decidido, y convencido ahora de que toda mirada tiene una perspectiva diferente, una perspectiva que pueda ser vista de otra forma, de un modo muy distinto y nuevo, muy diferente a como ya la hubiésemos visto antes en alguna otra ocasión.

(Todas las obras de James Tissot: acuarela Vista desde la Cruz, 1896, Nueva York, EEUU; Obra Adoración de los pastores; Óleo El pequeño Nemrod, 1882; Óleo Mujer joven en una barca, 1870; Obra Recepción, 1885; Óleo La mujer de Moda; Retrato de Kahtleen Newton, 1880; Autorretrato de James Tissot; Obra Demasiado pronto, 1873; Cuadro Jesús en Betania, 1894.)

Vídeo de la película rodada en Palestina en 1912 sobre la Vida de Cristo -Del pesebre a la Cruz- por el director Sidney Olcott:

20 de diciembre de 2012

El momento del placer estético, el Arte conseguido y satisfecho, o la compulsa e irredenta creación.



Poseer el momento único, ese momento que proporciona el Arte cuando el creador contempla su obra perfecta, debe ser ahora la mejor y más conseguida obra del mundo. ¿Cómo saber entonces que es ésa...?, ¿cómo no pensar que podrá superarse en otra...? Y, si ya es esa obra, ¿por qué perseguir compulsivamente la creación permanentemente, la más sublime...? ¿Es que acaso no lo llega a ser nunca? Y, si lo fuera, ¿dónde está? A los creadores les debe suceder como a los otros seres, los mortales y normales, que los hay que sientan una honesta y sincera pulsión por obtener la creación que sea desde sensaciones placenteras auténticas, estética o éticamente plausibles. Pero los debe haber también que sólo sean genios naturales, es decir, que obedezcan así a una oscura, indiferente, irrefrenable e irremediable forma de crear.

Cuando a Rubens, el gran pintor flamenco, se le presentó la ocasión de componer la obra el Juicio mitológico de Paris, utilizaría de modelo a su esposa Helena Fourment, muchos años más joven que él, en un alarde ahora de belleza dominado tanto por su vida como por su arte. Creador abundante y genial, mantenía un taller donde sus alumnos contribuían a la prolífica obra del maestro. Aquí, en esta creación mitológica, su esposa Helena representará a la diosa Venus, un personaje que aquí apenas se cubrirá su cuerpo con un manto rojo. ¿Cuánto sentimiento de exquisitez absoluta y magnífica, de obra conseguida y jamás superada llegaría a sentir con esta creación el genial pintor flamenco?

Tanto crearía Goya que hasta muchas de sus obras han sido dudosas el adscribírselas a él; y otras, al contrario, han sido por fin devueltas a su autoría. Una de ellas lo fue La Lechera de Burdeos. Una creación que por entonces se había pensado que fuera debida no a él sino a Rosario Weiss Zorrilla (1814-1843), alumna y posible hija natural suya. Leocadia Zorrilla -esposa de Isidoro Weiss- había sido amante de Francisco de Goya y madre de Rosario. Tal semejanza de estilo tuvo Rosario Weiss con su padre que obras de Goya siguen aún siendo de dudosa titularidad entre ambos. En el caso del gran pintor aragonés su obra es fundamentalmente sentida, nada mercantil ni industrial ni calculada. ¿Conseguiría calmar Goya, en algún momento de su vida, aquella sensación tan compulsa de creación excelsa y única con alguna de sus realizaciones más perfectas?

El filósofo danés Sören Kierkegaard publicaría en el año 1845 su obra Estadios en el camino de la vida. Establecía este filósofo que el primero de ellos es el estadio estético para luego alcanzar el ético, y, posteriormente, el espiritual. Se comenzaría por un camino -el estético- y se acabaría en el último -el espiritual-, pero, al conseguir por fin éste, al llegar a ese final vital, no hay vuelta atrás, estaremos salvados. Sin embargo, no será tan fácil proseguir así luego en la propia vida... Porque el primero -el estadio estético- será la búsqueda inmediata del placer, la huida del dolor, y en él se apega el sujeto al momento. Si hubiese otra cosa aún más grandiosamente bella en el camino no dudará el sujeto en cambiar de pronto siguiendo ahora su nueva senda. Será por tanto ahora un ser que, en ese estadio, alcanzará a satisfacer su anhelo -o así él lo creerá- pero que, sin embargo, algo más tarde, de ese mismo anhelo -o camino seguido-, pronto se cansará. Es en este momento la desesperación más silenciosa la que sobrevendrá al ser. El placer, sin duda, se obtiene y se satisface pero, entonces, algo más tarde, éste acabará desvanecido para siempre.

¿Pudieron, por tanto, todos los creadores continuar así, por los estadios subsiguientes, sin desfallecer? ¿Podremos los seres -todos, los demás también, creadores excelsos o no- saborear sin rubor ni desasosiego lo alcanzado alguna vez como algo glorioso en nuestra vida para, a cambio, no volver a desear luego otra cosa más que la que ahora contemplamos? La vida no detendrá su argumento vital -sobrevivir- por nada nunca, y tampoco obligará a cambiar de guión a cada instante. Pero, si algo fue ya del todo extraordinario, ¿por qué volver a clamar al aire los fervientes sonidos anhelosos de una desesperada nueva forma ahora de obtenerlo? Porque, ¿qué cosa ahora extraña y maliciosa nos llevará así, una y otra y otra vez, a ello?

(Óleo de Rubens, El Juicio de Paris, 1639, Museo del Prado, Madrid; Cuadro de Goya, Magdalena Penitente, 1797; Óleo magnífico del genial pintor del Renacimiento Rafael Sanzio, Retrato de Bindo Altoviti, 1514, Galería Nacional de Arte, Washington, EEUU; Obra de Goya, La Lechera de Burdeos, 1827, Museo del Prado; Obra Una Manola, doña Leocadia Zorrilla, 1823, pintura mural de la Quinta del Sordo, pasado a lienzo, Museo del Prado; Obra Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, 1806, del pintor neoclásico español Juan Antonio Ribera, Museo del Prado, Madrid; Óleo del pintor academicista francés Alexandre Cabanel, Cincinato recibe a senadores de Roma, 1851, este personaje de la historia de Roma -519,a.C.-439,a.C.- fue un patricio romano virtuosísimo y desinteresado, que entregó ya su sabiduría para salvar a Roma en sus conflictos políticos y bélicos, en su honor una ciudad norteamericana llevará su nombre, Cincinnati, Ohio, EEUU.)

17 de diciembre de 2012

El Arte no remediará el dolor ni sus creaciones lograrán conmover la vida... más allá que a sus autores.



Ya lo dijo el gran poeta romano Virgilio hace siglos: la poesía no puede aliviar la angustia de vivir. Así mismo también lo dijera antes el poeta clásico griego Teócrito: el poeta elevará sus cantos a la vida sin conmoverla... Ésta -la vida- maldecirá con sus efectos desdeñosos la aspiración desconsolada de los hombres. Y todo acabará. El final de todo será que el verso inútil, el más desesperado, no conseguirá salvar a nadie. Tan sólo los creadores robarán a los dioses el instante descarnado para poder apenas saborear ahora la emoción de plasmar en una obra los deseos inabarcables del idilio imposible de los hombres.

Cuando la niña Camille Claudel (1864-1943) jugara en su infancia con el barro e hiciera figuras de las cosas que ella viese, nunca pensaría que acabaría solo deseando vivir una humana vida de pasión... más que alcanzar la gloria artística de los dioses... En el año 1883 llegaría a París para desarrollar su arte escultórico. Y entonces conocería a dios... El gran genio escultor y creador que fuese Auguste Rodin (1840-1917) se impresionaría tanto de su trabajo que la incluiría en su taller. Colaborará Camille con él como modelo y como autora, para terminar, finalmente, como amante. Su relación con él -con el dios de la escultura- acabaría siendo compleja y desgarrada. Ella le entregará a él su Arte y su vida; él únicamente acabaría tomando lo primero. 

La vida de Camille terminaría siendo un sufrir silencioso y macilento. Al desolado lamento del desamor se unirían sus crisis nerviosas. En 1913, a los cuarenta y nueve años de edad, la ingresarían en un manicomio del que no saldría hasta su muerte treinta años después. Realizó muchas obras escultóricas hasta su internamiento, para luego nunca más crear. En una de sus primeras esculturas, iniciada dos años después de llegar a París, quiso inmortalizar entonces con la piedra y sus manos el gesto conmovido del desgarro... Y compuso entonces su obra escultórica Sakountala.

Según cuenta el libro sagrado del hinduísmo, el Mahabarata, una vez el dios de los cielos Indra quiso distraer de sus meditaciones profundas al sabio Vishvamitra. Para ello le enviaría a una hermosa mujer que acabaría seduciéndolo por completo. Ella terminaría teniendo una hija de él. Una pequeña a la que el sabio abandonaría junto a su madre, temeroso ahora de perder la virtud adquirida durante años de ascetismo. La madre abandonaría también a la pequeña Sakountala en un bosque. Luego, muchos años después, un joven rey la encontraría a ella mientras cazaba en ese bosque. Ambos, entonces, acabarían enamorados. El rey le entregaría a ella un anillo y se marcharía luego a su reino con la firme promesa de volver. Pasaron los años y el rey no lo cumpliría. Hasta que decidió, por fin, ir ella misma a buscarlo. Por el tortuoso camino cruzaría un río donde acabaría mojándose sus manos. De ese modo perdería ella aquel anillo regalado para siempre... Más tarde, después de ser herida por bandidos, llegaría a su destino desconocida y diferente. El rey entonces no la reconoció y ella se volvería perdida y desolada para siempre. En el Libro del Principio (Génesis hinduísta) se dice en uno de sus versos:

Ella se vió entonces envuelta en la soledad del desierto, junto a Sakountas (pájaros, en Sánscrito), por eso fue nombrada por mí Sakountala.

Camille Claudel comenzaría en el año 1886 su obra escultórica Sakountala, y no la terminaría hasta dos años después. Representaba la unión de dos amantes hindúes después de años de separación, ésta causada al parecer por un maleficio ajeno a ambos. En su inspirada y versionada escultura, Claudel trataría de enfrentar ahora su obra con aquella otra obra famosa de Rodin, El Beso. En su obra escultórica Claudel representará, a cambio de Rodin, al rey Dusiyanta arrodillado ahora frente a Sakountala, arrepentido él totalmente por no haberla reconocido entonces. A diferencia del deseo más pasional e irrefrenable de la escultura de El Beso de Rodin, la escultura de Camille simbolizará ahora, sin embargo, el desgarro padecido más atroz frente al conmovido gesto tan humano del arrepentimiento.

(Escultura Sakountala, Camille Claudel, 1888; Fotografía de Camille Claudel, 1884; Cuadro del pintor hindú Raja Ravi Varma, Mahabarata, Nacimiento de Sakountala, siglo XIX; Fotografía de Camille Claudel esculpiendo su obra, siglo XIX; Composición de fotografía artistica, de la fotógrafa española Lola Martínez Sobreviela, En el Jardín de Sakountala, 2008; Óleo Sacerdotisas, 1912, del pintor expresionista alemán Emil Nolde; Fotografía de Camille Claudel pocos años antes de fallecer en el manicomio.)

14 de diciembre de 2012

Pero aquellas que el vuelo refrenaban, aquellas que aprendieron nuestros nombres, ésas no volverán.



El Arte tiene la virtualidad de recordar nuestros rostros, de mantener el pasado fijado ahora en los ojos del porvenir... ¿Qué si no fue el impulso obsesivo de plasmar en lo que fuese imágenes de nuestros antepasados? Así comenzaría el Arte, siendo un auxiliar de la memoria, un vínculo entre los muertos y los vivos, entre los recuerdos y la desmemoria. Navegamos con la proa de nuestras vidas sosteniendo la mirada sólo en el reflejo pictográfico de lo exquisito, de lo bello, de lo más armonioso o de lo más magistralmente creativo. Por eso sólo recordaremos mejor lo maravilloso, lo que más nos impresionará gratamente. Y así los creadores consiguieron satisfacer además su vanidad, su propio recuerdo, solazando eterna ahora la belleza de lo vivido, de lo existido, en los ojos admirados y sorprendidos de sus efímeros espectadores.

El artista norteamericano Ray Donley (Austin, Texas, EEUU, 1950) evocará en sus obras el pasado y el presente... Genuino creador actual, consigue inspirar las inquietudes contemporáneas de lo humano con el genio inmortal de sus clásicos maestros (Rembrandt, Caravaggio, Ribera, etc...). Para él lo humano primará siempre sobre cualquier otra representación que merezca llamarse así. Son ahora los rostros -a veces ocultos-, las obsesiones, las emociones, las frustraciones, las cualidades aparentes, la fugacidad de lo vivo o la fragilidad del momento lo que, armoniosamente, compone en sus obras de Arte actual. ¿Hay otra forma mejor de crear ahora, después de haber alcanzado el Arte a reinventarse y prosperar en el vacío, que aquella que combine ahora magisterio y audacia?

Cuando el gran poeta romántico español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) se encontrase ante la encrucijada de enfrentar un Romanticismo empalagoso y decadente con el deseo irrefrenable de expresar lo que solo podía ser expresado de esa forma que él lo haría, alcanzaría la gloria sin saberlo. En sus palabras conocidas y en sus verbos desgastados supo inspirar genialmente el sentido universal, permanente y emotivo de lo humano. A veces, clasicismo y modernidad se han abandonado a sí mismas enfrentadas por un inculto proceder manipulado. Son tan compatibles ambas como los contrarios necesarios, como el renacer y la destrucción o como la existencia y el recuerdo. 

Bécquer supo combinar todos los elementos más eternos de una creación literaria, como lo hicieran ya también aquellos maestros del Barroco en sus lienzos inmortales. Así, el poeta español compuso versos que no sólo sonarían bien sino que encerrarían lo más auténtico, profundo, intemporal y desgarrado que el ser humano haya sentido, sienta o sentirá jamás. En su Rima LXI, pocos años antes de desaparecer, dejaría el romántico poeta español escrito esto para siempre:

¿Quién, en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
quién se acordará?

(Óleos del pintor norteamericano Ray Donley: Tristán, 2011; Isolda, 2011; Figura con capa amarilla, 2009; La crisis, 2010; Figura en rojo, 2011; El sueño, 2012; Figura con máscara blanca -Amelia-, 2010; Figura con Dupatta -larga bufanda asiática-, 2012; Tres máscaras blancas, 2012; La Perdida, 2010; La máscara de la cordura, 2011; El origen de la conciencia en el discurso de la mente bicameral, 2010.)

11 de diciembre de 2012

El expresionismo triste de una danza o la plasticidad corporal de la música.



El mundo se transformaría extraordinariamente hace cien años: la aviación, el automovilismo, el cine, la danza, la música, la pintura...; toda manifestación técnica y cultural alcanzarían por entonces unos niveles y una personalidad no vistos nunca antes en la historia. Durante el verano del año 1889 tres pintores en el norte de Alemania, enardecidos por el cambio cultural y el enfrentamiento con los cánones oficiales, decidieron fundar un lugar especial para poder crear su nueva tendencia artística: Worpswede. Rechazaban el academicismo rígido y clásico de sus antiguos maestros. Ahora, a finales del siglo, en plena Naturaleza, descubrían un paisaje diferente así como la libertad más completa para componer una vida feraz y desenvuelta. Imitarían ahí lo que en Francia había llevado a cabo años antes el pintor Pierre Rousseau (1812-1867) y su conocida Escuela de Barbizon.

Surgirían también creadoras en esa zona de Alemania a finales del siglo XIX. Fue el caso de la pintora Paula Mondersohn-Becker (1876-1907) que se instalaría en el año 1897 en Worpswede, aquella colonia cercana a Bremen donde esos pioneros del Expresionismo comenzarían a revolucionar la forma de transmitir Arte en la historia. Estos artistas se dejarían influenciar hasta por el genial barroco Rembrandt, o por postimpresionistas como Van Gogh, o por filósofos y poetas como Nietzsche o Rilke. Utilizaban los colores y las formas de un modo simbólico, no real. Años después, el sur de Alemania vendría a ser el centro de esa gran transformación artística en el mundo del Arte. En Munich, por ejemplo, un grupo de pintores verían por entonces en el azul y en los caballos los motivos principales de su inspiración innovadora.

Era la libertad más expresiva, era la creación más impactante, era la exteriorización de la introspección del creador, una forma nueva de expresar que se podría alcanzar ahora con un Arte. Fueron los pintores Kandinski, Marc, Klee, etc... Era lo espiritual del Arte lo que ahora ellos desearían más que otra cosa subrayar con sus obras. Y en ese concepto espiritualista del mundo y del Arte surgiría también la danza de finales del siglo XIX. Esta expresión artística comenzaría incorporando la libertad más expresiva a los movimientos del cuerpo y su coreografía. Se trataba ahora de comunicar lo que el interior del ser habría logrado reprimir durante tantos años. Así que ahora era la espontaneidad, la teatralidad, la liberalidad o la gestualidad lo que marcaría el desarrollo artístico finisecular de la danza.

Esos bailarines utilizarían los estilos, colores o formas que los pintores expresionistas estaban preconizando por entonces. Sus escenarios se llenarían con esa estética remarcada de las obras pictóricas expresionistas. Multitud de pintores expresionistas se dedicaron a decorar  los escenarios teatrales de aquellos atrevidos Ballets. Uno de aquellos bailarines innovadores lo  fue Alexander Sacharoff (1886-1963). Nacido en Ucrania, se educaría sin embargo más tarde en París, ahora con clases de interpretación que derivarían en una danza interpretativa. En Munich comienza Sacharoff a bailar en pleno ambiente expresionista; con Kandinski y algunos compositores de música atrevidos creará el concepto de Arte sinestésico...: aquel que baila colores y dibuja movimientos rítmicos

En el año 1913 conocería a la bailarina alemana Clotilde Edle von der Planitz (1892-1974). De origen aristocrático, cambiaría ella su nombre por Clotilde von Derp para pasar desconocida por un público ávido de belleza. Se complementarían ambos tanto en sus danzas, que decidieron unir hasta sus propias vidas. Sería una unión de conveniencia, ya que la ambigüedad sexual de Alexander fue evidente durante toda su vida. Sus representaciones de baile causaban furor en un público anheloso de ver algo nunca antes visto en un escenario. El expresionismo alcanzaría con ese tipo de danza a romper todo formalismo corporal o de vestuario que existiera antes de entonces. El cuerpo se representaba ahora con todas sus formas naturales, transparentes o translúcidas...

Clotilde von Derp bailaría una vez la obra musical La tarde del Fauno, una representación que diera fama al más grande bailarín de entonces, el polaco Vaslav Nijinsky. En su novela Danzas Tristes (2002) el escritor uruguayo-venezolano Ugo Ulive hace decir al protagonista de su relato: , imagínate, la obra consagrada de Nijinsky, el más grande de todos... Yo no podía creer que se atreviese, y fui a verla lleno de escepticismo. Allí estaba ella, envuelta en una túnica transparente pintada con trazos rojos, como manchas de sangre; tenía entre sus manos una tela también rojiza que manejaba con sensualidad increíble... Porque de eso se trataba, de una inmensa masturbación pública, mucho más atrevida que la de Vaslav. Estaba la mayor parte del tiempo sentada en el suelo y se ondulaba, se retorcía, se arqueaba, jugaba con el trozo de tela hasta que lo arrojaba lejos y, separando las piernas, mostraba todo el esplendor de su cuerpo, se regodeaba en su propia belleza, poseída del amor por sí misma en un éxtasis de placer, en un trance que compartía con el espectador fingiendo no darse cuenta, o como quien da una limosna..., fue la obra maestra de Clotilde.

(Obra El sueño, 1912, del pintor del grupo expresionista El Jinete Azul, Franz Marc, Museo Thyssen Bornemisza, Madrid; Fotografía de los bailarines Clotilde y Alexander Sacharoff, 1913; Cuadro Ballet ruso, 1912, del expresionista August Macke; Retrato de Rainer María Rilke, 1906, de Paula Mondersohn-Becker; Retrato de Clara Rilke-Westhoff, 1905, de Paula Mondersohn-Becker; Óleo Alexander Sacharoff, 1909, de la pintora Marianne von Werefkin; Fotografía de principios de siglo XX, Clotilde von Derp -Clotilde Sacharoff-; Fotografía de Alexander Sacharoff y fotografía de Clotilde Sacharoff, principios siglo XX.)

5 de diciembre de 2012

Y la realidad tendió a transformarse en un sueño...; lo fragmentario o la ineficaz experiencia.



¿Cuál es el Arte perfecto? ¿Cuál será la más completa obra que, como la vida, contemple todos los elementos que precise para serla? Porque también la vida, la existencia vivida por los humanos, será una forma de invención... Que ésta sea provocada por el sujeto o forzada por la sociedad dependerá de la noción de  sentido de experiencia que tengamos. Todo lo vivido es resultado de aquello que nos sobreviene o de aquello que construimos. Cuando el Arte reapareció -Renacimiento- en las postrimerías del medievo la vida del hombre y el mundo estaban inseparablemente unidos. Se representaría todo -sobre todo lo religioso- con una clara identificación -centralismo- antropológica. El hombre comenzaría -en el Renacimiento- a ser el centro de todo lo existente, y su vida y sus cosas no dejarían desde entonces de ser el único motivo fundamental de cualquier representación estética concebida.

Sin embargo, algo más sucedería mucho después... El Realismo -que comenzaría incluso en el Barroco-  culminaría del todo a mediados del siglo XIX. No se podría ir ya más allá en la técnica ni en el sentido de lo que era, verdaderamente, la representación del mundo y de sus elementos. Sería por entonces el Naturalismo -la descripción más completa y veraz de la vida del hombre y de su medio- el enfoque más realista y el que reproduciría los modelos exactamente igual a como eran. Pero, entonces, surgiría una pregunta desestabilizadora para los propios creadores: ¿existiría otra realidad más allá de la luz que les llegara a sus ojos? Sí, sí que existía. Y el impresionista Monet alcanzaría a demostrarlo. Y fue así como la realidad terminaría por transformarse en un sueño... Y este fue el gran salto que la Humanidad diese entonces en la Modernidad y en su pensamiento.

Pero todo salto conlleva siempre un riesgo a torcer algo el conjunto perfecto, a fragmentarlo. A partir de finales del siglo XIX, los postimpresionistas -Van Gogh, Gauguin, Cezanne- consumaron la escisión de casi todo lo habido antes con sus nuevas creaciones. De todo, de la vida, de la verdad, de la belleza y, por supuesto, del propio Arte. ¿Qué había sucedido entonces, por ejemplo, con aquella representación magnífica de Rembrandt, aquella donde una escena cotidiana y real -La ronda de noche, 1642-, consiguiera mostrar una vez el Arte total, el más perfecto, el más completo quizá nunca alcanzado? A partir del rompedor Cezanne (1839-1906), el mundo y su representación visual dejarían de ser un todo equilibrado y completo para iniciar así el descalabro más imparable de su fragmentación.

Y la cuestión ahora es, ¿se podrá desligar la vida, sus creaciones o sus sentimientos, de la propia experiencia real de los seres, de la sobrevenida, de esa que nos contrasta y nos define al albur de lo azaroso y sublime? Porque si el Arte completo, el más conmovedor, el más significativo -aquel de Rembrandt-, el más sublime y magistral, no está fragmentado, ¿cómo podemos comprender ahora una vida plena y completa si ésta, por el contrario, sí lo está? ¿Cómo podremos apreciar lo auténtico y completo de la vida si esto hoy está envasado, adocenado, incluso con alguna fecha de caducidad...? El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) diría una vez: ¿Qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta a ella? 

Goethe, el gran poeta y escritor romántico alemán, también nos dejaría escrito: Todo lo que el hombre se dispone a hacer, ya sea fruto de la acción o de la palabra, tiene que nacer de la totalidad de sus fuerzas unificadas; todo lo aislado es recusable. Por eso para la idea clásica de experiencia lo fragmentario es rechazable, condenable, inaceptable. Sin embargo, la era de lo completo -como todas- estaría destinada a morir... Cuando los soldados europeos se dirigían por primera vez a los campos desolados de la terrible Guerra Mundial de 1914, recordarían heroicos y nostálgicos las épicas gestas guerreras de sus ancestros. Sólo que, esta vez, no sería así... Para este momento había sobrevenido la más sangrienta, triste, devastadora y fragmentaria forma de morir. 

El mayor de los miedos de aquellos guerreros modernos no fue el miedo a la muerte o a las propias heridas, no, sino a ser ahora malogrados por la mutilación, por el despedazamiento de un proyectil o por el desgarro de una explosión devastadora, por la fragmentación en definitiva. ¿Hemos conseguido comprender, por fin, que sólo la cercanía a la experiencia más auténtica y completa, a la más conmovedora, es la única capaz de mejorarnos -de cambiar- el futuro, nuestros sentimientos y nuestra propia creación? Walter Benjamin lo expuso ya, en uno de sus ensayos (Experiencia y pobreza, 1933): El fragmentado, el mutilado, no puede seguir funcionando como si fuera el mismísimo Goethe camino de Nápoles (viaje romántico y exitoso de Goethe a Italia en 1786), sino saberse y redefinirse ahora como pobre, como bárbaro, y proceder sólo así ya por el camino del desgarramiento y la fragmentación. 

(Óleo La ronda de noche, 1642, Rembrandt, Amsterdan, Holanda; Cuadro Rocas cretáceas de Rügen, 1818, de Caspar David Friedrich, Alemania; Óleo Álamos a orillas del río Epte, 1892, Claude Monet; Lienzo de Paul Cezanne, Las grandes bañistas, 1905, Fundación Barnes, Merion, Pensylvania, EEUU; Obra de Marcel Duchamp, Desnudo bajando la escalera, 1912, Museo de Arte de Filadelfia, EEUU; Fotografía de Marilyn Monroe en la biblioteca, experiencia falsa de pose diseñada; Obra Fragmentación, actual, de la pintora argentina María Ganuza.)

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