29 de noviembre de 2012

El deseo más desenfocado, la inútil insistencia de la nada, o la expectativa humana.



Se cuenta que el pintor Tintoretto (1518-1594) deseó toda su vida que su maestro, el gran Tiziano, acabara ya por morirse... para poder al fin vencerlo. Creía él que la guerra la termina ganando no el que vence una batalla sino el que consigue vivir un día más que su enemigo. Es bueno, pero está claro que no es un Tiziano..., eso fue todo lo que escucharía decir Tintoretto de sus obras. Sin embargo, jamás odiaría a su maestro, sino todo lo contrario: lo idolatraría. Hasta que no falleció Tiziano en 1576, Tintoretto no pudo acceder a pintar en el gran Palacio Ducal veneciano; así luego conseguiría, por fin, la gloria, ese esplendor artístico que su propia pintura, de todos modos, habría conseguido mucho antes.

La espera presentida, esa sensación misteriosa de algo que presentiremos pero que no acabaremos de ver, que no veremos todavía... Algo esto que, a veces, ni siquiera lo confirmará luego la mera emoción, esa misma emoción que sucumbió ya ante la tensa visión de un conjuro inconsistente. Porque es el deseo y no es el deseo, es la indefinición del deseo, más bien. Es también la curiosidad latente e inconfesable, la silenciosa, esa que subyugará nuestra vida a veces, y que no podremos soslayarla ni con la fuerza de la voluntad ni con la ayuda de los otros ni con la espera decidida. El escritor y filósofo rumano Émile Michel Cioran (1911-1995), profundo navegador del alma y la desesperación humanas, nos dejaría escrita una sentencia despejadora: Los días no adquieren su sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino.

El pintor surrealista alemán Richard Oelze (1900-1980) plasmaría una vez una obra heredera, quizá, de aquellos artistas románticos decimonónicos de su propio país. Pero ahora con el trazo y el gesto, con el tono y el universo surrealista propio de su tiempo. Una de sus creaciones más significativas es su obra titulada La expectativa, del año 1935. Aquí un grupo de personas miran ahora hacia el horizonte... Están aquí todas ellas de espaldas al espectador, y todas además juntas y anónimas, vaticinando así, de ese modo tan misterioso, la ceremonia de lo imposible... ¿Qué observarán? Porque hacia donde ellos ahora miran no hay nada más que oscuridad, lejanía, sin sentido y desolación. Pero, sin embargo, están juntos, al menos todos, ahora, están juntos... Esa es aquí la única esperanza, tal vez, que el autor en su obra se permita ofrecer. Aunque la desesperación existe en la obra, existe trágicamente, el creador nos anunciará con ella, sin embargo, que sólo juntos y unidos seremos todos capaces -si acaso- de poder ahora llegar a vencerla.

(Obra La expectativa, 1935, del pintor alemán surrealista Richard Oelze; Cuadro de Tintoretto, situado en el Monasterio del Escorial, Madrid -no hallada otra imagen mejor que la mostrada, para poder apreciar así los maravillosos colores del pintor veneciano-, Ester ante el rey Asuero, 1548; Óleo A la espera, 1893, del pintor Josep Cusachs i Cusachs; Óleo El origen de la vía Láctea, 1570, Tintoretto, National Gallery, Londres.)

25 de noviembre de 2012

Perdidos, abandonados, olvidados, rechazados..., algún Arte, como los recuerdos, acabarán así.



En una primaveral noche del año 2010 fueron sustraídas del Museo de Arte Moderno de París varias obras allí expuestas. Entre ellas La Pastoral, del pintor fauvista Henri Matisse (1869-1954), pintada en el año 1905 y una creación representativa del impulso más revolucionario del Arte promovido por este atrevido artista francés a comienzos del siglo XX. La realidad es que, cuando algunas obras de Arte son robadas, si no aparecen pronto lo más probable es que tarden muchos años, décadas quizás, en ser recuperadas, si es que alguna vez lo son. En otros casos, las creaciones de Arte desaparecidas, o perdidas, defenestradas también, no fueron robadas o apropiadas malamente para saborear así su belleza o cotizar su valor, no, fueron destruidas impunemente y olvidadas luego tras una pérdida por entonces muy buscada, calculada y nada menesterosa. Así, algunas obras de la pintura moderna padecieron un destino cruel y desidioso, marginal, desconsiderado y fugaz. La pérdida en esos casos fue consecuencia de decisiones humanas, ocasionadas por el rechazo de lo que esas mismas obras suponían para algunas mentes. Es como con el recuerdo perdido..., defenestrado a menudo por las insidias de lo pasado, de lo omitido o de lo indeseado. 

Cuando el artista mexicano Diego Rivera fuera contratado por el Rockefeller Center de Nueva York para pintar un gran mural a la entrada de ese simbólico edificio, el pintor decidió componer entonces una inmensa creación a la que acabaría llamando El Hombre en la encrucijada. Finalizado en mayo del año 1933, fue inmediatamente cubierto con una inmensa lona que nunca se terminaría por descubrir. Sin embargo, meses después de acabarse el mural, a principios de 1934, el muro que soportaba ese Arte irreverente sería destrozado completamente por quien lo hubo antes encargado. Al parecer, el pintor había dibujado figuras en él de destacados comunistas, un hecho que llevaría al ignominioso acto vandálico posterior. Fotografías tomadas durante el proceso de creación le permitieron a Rivera recrearlo -recordarlo- luego, mucho más tarde, ...en otro lugar.

La pintora mexicana -amante de Rivera- Frida Kahlo terminaría en el año 1940 su obra La mesa herida. En esta obra la autora plasmaría todas las obsesiones de su tumultuosa y apasionada vida. Incluyó en ella a su mascota -un pequeño venado-, a los hijos pequeños de su hermana -tenidos con su amante, el propio Rivera- y a un esqueleto como símbolo del horror de su accidente, años atrás, que la dejara desde entonces dolida y angustiada hasta su muerte. La creación fue exhibida en una exposición surrealista en México tiempo después. Luego la colgaría en su propia residencia hasta 1946, momento en el cual se la regalaría al embajador ruso en México. Un año después de su muerte, en 1956, sería expuesta esta obra por última vez en Polonia. Desde entonces, La mesa herida no ha vuelto a verse jamás. Continúa desaparecida desde entonces.

Con los años perderemos la memoria, los recuerdos cosidos a ella, también. Así, los seres humanos a veces sufren del mismo modo el destino de esas obras olvidadas. O son ignorados, o son perdidos, o son rechazados, o están desaparecidos en la vida o el recuerdo de los otros. ¿Qué razón oculta estará detrás de esas desapariciones? En el Arte o son razones espurias o son razones odiosas o son motivos de ofensa -¿ofender el Arte?- por un rechazo ideológico o moral. ¿Son esos motivos realmente justificados para defenestrar obras de Arte? Evidentemente, no. Y, con los seres humanos, ¿lo serán también...?, ¿también tendrán las mismas causas ignominiosas sus recalcitrantes olvidos...?

Perdí unas pocas diosas camino del sur al norte,
también muchos dioses camino del este al oeste.
Un par de estrellas se apagaron para siempre; ábrete, oh cielo.
Una isla, otra se me perdió en el mar.
Ni siquera sé dónde dejé mis garras,
quién anda con mi piel,
quién habita mi caparazón.
......
Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,
chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.
Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.
Me sorprendo de cuán poco queda de mí:
un ser individual, por el momento del genero humano,
que ayer, simplemente, perdió un paraguas en un tren.

Discurso en la oficina de objetos perdidos, de la poetisa polaca (premio Nobel 1996) Wislawa Szymborska.

(Cuadro La mesa herida, 1940, Frida Kahlo, obra desaparecida, ignorado su paraderoThe Gallery of Lost Art; Fotografía de Frida Kahlo; Autorretrato de Diego Rivera, 1941, EEUU; Imagen del Mural El Hombre en su encrucijada, 1933, Diego Rivera, destruído en 1934 de la entrada del edificio Rockefeller Center, Nueva York; Obra Retrato de Sir Wiston Churchill, 1963, del pintor Graham Sutherland, desaparecida o destruída por los herederos del retratado un año antes de fallecer, 1964, al parecer tal era el desprecio que les producía la obra; Óleo Jarrón con Viscaria, 1886, del pintor Vincent Van Gogh, titulada errónemente Escobas y amapolas rojas, robada del museo Mohamed Khalil de El Cairo, Egipto, en 2010, todavía continúa perdida; Lienzo de Matisse, La Pastoral, 1905, robado en 2010 del museo de Arte Moderno, París, aún desaparecido.)

21 de noviembre de 2012

El más exquisito, el más auténtico, uno de los más grandes creadores del barroco español.



El mayor asalto y expolio al Arte español de todos los tiempos se produjo en la Guerra de la Independencia española de 1808. Los ávidos gustadores entonces del mejor Arte nunca compuesto jamás no tuvieron ningún pudor de hacerlo, y extraordinarias obras Barrocas de uno de los más grandes artistas de ese período salieron de España para nunca más volver. No, nunca no, excepto una vez; una vez en que una obra barroca española regresaría, después de ciento treinta años casi, aunque para ello hubiera que entregar otra a cambio. En 1813 salió de Sevilla el cuadro La Inmaculada de los Venerables del pintor Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). El general francés Jean de Dieu Soult arrebató, entre otras obras maestras, este exquisito cuadro barroco; un lienzo luminoso, de colores ocres, azules y blancos, como creación alguna de Arte haya podido ser compuesta jamás.

En el siglo XIX, los franceses alabarían esta obra como algo prodigioso no visto nunca antes, tanto que fue depositada en 1852 en el Museo del Louvre parisino para fervor de todos sus visitantes. De todas las inmaculadas creadas por Murillo era ésta, la de los Venerables, la única que no se encontraba en España. Así que, con ocasión del acercamiento diplomático con la Francia ocupada por Alemania en 1940, el gobierno español vio entonces la ocasión para recuperarla, junto a otras posibles obras de Arte expoliadas. Las creaciones de esplendor religioso habían dejado ya de estar de moda en Francia por entonces -entre el paganismo nazi y el modernismo cultural-, así que no se pusieron demasiados inconvenientes para cambiar una obra como esa. Es curioso pensar que el Arte se convierta a veces, más que en Arte propiamente -por su valor estético y cultural-, en una forma utilitaria de cierto atractivo ideológico transcultural.

El gobierno de Franco -y su neocatolicismo visceral- persiguió la obra de Murillo como un posible buscador de Arte renacentista persiguiera un Tiziano más. Pero, sin embargo, las autoridades francesas del gobierno de Petain -la Francia ocupada- no la entregaría por cualquier cosa. A cambio, habría que darles otra gran obra, pero, ¿cuál obra elegir? Existía un retrato de la reina Mariana de Austria -esposa del rey español Felipe IV-, de las que el pintor Velázquez realizara varias además, y que podía ser una moneda de cambio excepcional. Efectivamente, poseer un Velázquez -aunque fuese ese, no especialmente uno magistral- no admitiría discusión. En 1941 llegaría, por fin, por carretera hasta Madrid el extraordinario lienzo La Inmaculada de los Venerables, compuesta por el pintor sevillano Murillo en el año 1665 para el antiguo Hospital de los Venerables, una residencia de ancianos clérigos en la Sevilla decadente del siglo XVII.

El crítico español de Arte Antonio Manuel Campoy (1924-1993) escribiría de Murillo: Hay pintores que desde sus comienzos tuvieron su justa fama, en la que, justamente también, se mantuvieron siempre. Velázquez puede ser el máximo ejemplo de temprana celebridad y nunca regateada gloria. Otros, como el Greco, fueron sólo minoritariamente estimados en su tiempo. La valoración definitiva de éste es muy tardía, casi del siglo XX. Goya tampoco dejó de ser famoso desde sus inicios, y lo mismo le ocurrió a Picasso. Murillo, en cambio, aunque conquistó la fama en su época, la mantuvo en el siglo XVIII y la aumentó en el XIX, ha sido un pintor al que los gustos y las modas atacaron más o menos superficialmente, llegando a creerse de buen tono no sentirse atraído por su arte, y en muchos casos hasta se consideró necesario restarle méritos. Murillo, entre los menos avisados, también entre los menos sensibles, vino a ser sinónimo de cromo de la Purísima, y se tuvo por debilidad burguesa gustar de sus cuadros de feria. Las causas de este desvío han sido muchas, la primera de ellas el escaso conocimiento que ciertas élites tuvieron del maestro sevillano, luego, ese vicio español que consiste en juzgar comparando, por oposición. Si las comparaciones, como dijo Cervantes, pueden ya ser odiosas, en materia de arte lo son todavía peor, pues son tontas.

(Óleo Muchacha con flores, 1670, Murillo, Dulwich Gallery, Londres; Cuadro Tres muchachos, 1660, Murillo, Dulwich Gallery, Londres; Lienzo en medio punto El patricio revela su sueño al papa Liberio, 1663, Murillo, instalado originalmente en la iglesia Santa María la Blanca de Sevilla, Museo del Prado, Madrid; Obra de Velázquez, Retrato de la reina doña Mariana de Austria, 1653, entregada a cambio de la Inmaculada de los Venerables en 1940 al Museo del Louvre francés; Óleo La Inmaculada de los Venerables, 1678, Murillo, Museo del Prado, Madrid; Obra Las Bodas de Caná, 1672, Murillo, Birminghan, Inglaterra; Óleo La Inmaculada de Aranjuez, 1675, Murillo, Museo del Prado; Obra La Inmaculada del Escorial, 1665, Murillo, Museo del Prado; Cuadro Muchacho con un perro, 1650, Murillo, Museo Hermitage, San Petersburgo, Rusia; Obra de Murillo, El regreso del hijo pródigo, 1670, National Gallery de Art, Washington, EEUU; Óleo Rebeca y Elíecer, 1655, Murillo, Museo del Prado; Fotografía del Monumento a Murillo, Puerta de Murillo, Museo del Prado, Madrid.)

18 de noviembre de 2012

La libertad humana y el miedo a la vida... o la ocasión posible frente a la iniquidad.



Cuando el gran poeta bengalí Rabindranath Tagore (1861-1941) viajara a América del Sur en el año 1924, invitado entonces por el gobierno peruano para celebrar su independencia, enfermaría gravemente de gripe durante su travesía por el Atlántico sur. Así que cuando el buque llegó a la Argentina decidieron arribar aquí, donde el poeta dedicaría casi dos meses en Buenos Aires a recuperarse. Conocería allí a la escritora Victoria Ocampo (1890-1979) y con ella terminaría estableciendo una profunda y gran amistad. Victoria le acogería durante ese tiempo en la villa de Miralrío -Vista al Río, propiedad de una prima suya-, una estancia que alquilaría para él y que se encontraba muy cerca de Villa Ocampo, la residencia de la escritora frente al fascinante y bello paisaje del Río de la Plata.

Victoria Ocampo había descubierto la poesía de Tagore diez años antes, y quedó cautivada con el verso sutil y despiadado del poeta frente a la soledad, al amor o la muerte. En aquellos meses a su cuidado, Rabindranath acabaría incluso por dedicarse a la pintura. Ella le cuidaría entonces y le ofrecería sus maravillosos paisajes porteños para que el poeta indio se inspirase de nuevo, aunque comenzando -a los sesenta años- por hacerlo con otro arte, uno diferente al verso para expresar ahora aquellas mismas emociones artísticas... A cambio, en agradecimiento, él le compondría una canción: Puravi... La escritora argentina Ocampo, fascinada por la capacidad de él por entender las pasiones humanas con su poesía, dejaría escrito una vez que podía mirar a Tagore en su interior gracias a las creaciones literarias de él que había leído antes, pero que, ahora, esa mirada se hizo aún mucho más profunda cuando llegó a conocerle.

Tagore entonces -ya en su alta madurez- sintió ahora una gran emoción plena de juventud, aunque sin perder por ello la conciencia de los años (¿por qué viniste con pasos silenciosos en esta noche desolada?). A partir de esos años, sus creaciones en torno a los temas amorosos aumentarían mucho. En sus canciones líricas, el amor será sueño y misterio y reflejará el esplendor bermejo del orto del puravi: has desaparecido en la oscuridad dejándome el espejismo del esplendor rojizo de la llama de una lámpara... El poeta bengalí manifestó cómo había sido bendecido en su vida con estos nuevos acontecimientos afectivos: No importan qué tipo de amor evoquen, tales sentimientos siempre hacen brotar flores en la selva de nuestros corazones. Para mantenerse vivos no siempre necesitan la presencia física o la realización concreta de un acto de intimidad. Continúan floreciendo, aun en ausencia, aun en silencio.

Victoria Ocampo nunca llegaría a visitar la India, a pesar de lo que él desearía que todas las personas de su intimidad conocieran su vida en su propio país. La negativa de Victoria a ello le dejó quizá un cierto vacío. De haber conocido su tierra, su vida y su cultura habría comprendido ella que el poeta no era esa persona que colocaba la perfección únicamente en el objeto, en la obra de arte, es decir, fuera de sí mismo -tal como ella equivocadamente lo entendiera-, sino que su búsqueda iría mucho más allá de esa verdad y de esa belleza artística. Tagore escribió en sus últimos días:

En las palabras de sangre yo vi.
Me conocí encarando afrentas
y dolor.
La verdad es dura y nunca engaña.
Y amé esa dureza.


En su libro El miedo a la Libertad, el psicólogo Erich Fromm (1900-1980) prologa la obra con unas sentencias del Talmud judaico: Si yo no soy para mí mismo, ¿quién será para mí? Si yo no soy para mí, ¿quién soy yo? Y, si no ahora, ¿cuándo? También, el psicoanalista alemán utiliza una oración literaria del pensador renacentista Pico de la Mirandola: No te dí, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, y ello con el fin de que aquel puesto o función por las que te decidieras las obtuvieses y conservases según tus propios deseos y designios. La naturaleza limitada de los otros seres se halla determinada por las leyes que yo he dictado. Pero la tuya, sin embargo, tú mismo la determinarás sin estar delimitado por barrera alguna. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar, desde allí, todo lo que existe. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores, como hacen los seres embrutecidos, o podrás -de acuerdo con tu voluntad- regenerarte hacia las superiores, esas que son divinas.

Fromm afirmaba que el hombre actual se caracteriza por su pasividad, y que acabaría identificándose con los valores del mercado... El ser humano -decía Fromm- se ha convertido en un consumidor eterno, y el mundo para él no es más que un objeto para calmar su apetito. El valor del hombre se está limitando hacia lo material y no hacia lo espiritual. La autoestima de los seres humanos está dependiendo de factores externos y de sentirse un triunfador o no con respecto al juicio de los demás. El psicoanalista ve en el futuro el peligro de que los seres se conviertan en robots. Es verdad que los robots no se rebelan, pero, dada la naturaleza humana, éstos no podrían vivir como aquéllos y a la vez mantenerse cuerdos... Entonces -según Fromm- buscarán destruir el mundo y destruirse a sí mismos, pues ya no serán capaces de soportar el tedio de una vida sin sentido y sin objetivos. Para evitar todo eso el psicoanalista aboga por superar esta enajenación, por vencer las actitudes pasivas y por elegir el camino de la maduración, es decir, por volver a adquirir el sentimiento de ser uno  mismo y de retomar así el valor de su vida interior.

En su obra lírica La Cosecha, Rabindranath Tagore nos dejaría escritos estos versos:

No deseo que me libres de todos los peligros,
sino valentía para enfrentarme a ellos.
No pido que se apague mi dolor, sino coraje para dominarlo.
No busco aliados en el campo de batalla de la vida, sino fuerzas en mí
mismo.
No imploro con temor ansioso ser salvado,
sino esperanza para ir logrando, paciente, mi propia libertad.
Concédeme que no sea un cobarde, Señor;
sino que descubra el poder de tu mano en mi fracaso.
...........................................

Ya estoy entre los vencidos.
Bien sé que ya no ganaré, que no puedo ganar la partida. Aunque sólo sea para irme al fondo, me arrojaré a la charca. ¡Jugaré la partida de mi propia ruina!
Apartaré cuanto poseo, y cuando ya nada me quede me pondré yo mismo. Y entonces, definitivamente arruinado, irremisiblemente vencido, ¡habré ganado!

(Cuadro del pintor británico William Blake, Elohim creando a Adán, 1795, Tate Gallery, Londres; Obra El Prestidigitador, 1480, del Bosco, Francia;  Óleo Escena de Amor, 1525, del pintor Giulio Romano, Hermitage, San Petersburgo, Rusia; Óleo El Harén, 1877, del pintor francés Fernand Cormon; Óleo Arco de Tito, 1730, del pintor Giovanni Paolo Pannini; Cuadro del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, Luna saliendo sobre el mar,1822, Berlín; Fotografía de Rabindranath Tagore con Victoria Ocampo en Villa Ocampo, 1924.)

13 de noviembre de 2012

Varias versiones palpitan en el Arte: la verdad es inútil conocerla, tanto como creer que alguna exista.



La extraordinaria producción artística francesa durante la época napoleónica culminaría a principios del siglo XIX con el Neoclasicismo más ideológico de todos. Sin embargo, esta tendencia creativa se había iniciado años antes, en pleno siglo dieciocho, cuando el deseo de la Ilustración -representado por los pensadores de entonces- defendía una existencia basada en la razón sobre todas las cosas. Ese deseo vendría a sustituir, claramente, el papel de la religión por una visión ahora mucho más laica del mundo y del hombre. Esa actitud llevaría desde entonces a reordenar la vida y las relaciones de los seres humanos entre sí, tratando ahora de construir un nuevo y definitivo concepto científico de la verdad.

Cuando la posmodernidad apareció a finales del siglo XX, para tratar de comprender qué había pasado con el mundo, algunos autores expusieron sus nuevas teorías sobre la verdad. Entonces el filósofo francés Lyotard (1924-1998) dejaría escrita su visión del sentido de la verdad: La pregunta, explícita o no, planteada por el estudiante, por el Estado o por los que enseñan ya no será ¿es eso verdad?, sino ¿para qué sirve? En el actual contexto de mercantilización del saber esta última pregunta, las más de las veces significará: ¿se puede vender? Y desde el contexto de la argumentación del poder: ¿es eficaz? Pues sólo la disposición de una competencia válida -realizable en sí- debiera ser el único resultado vendible y, además, eficaz por definición. Lo que deja de serlo es la competencia según otros criterios, como verdadero/falso, justo/injusto, etc.

El concepto de posmodernidad se utilizaría en varios aspectos de la vida: filosóficos, históricos o artísticos. Aunque la definición del concepto sigue siendo compleja, básicamente sus características en el pensamiento fueron: el antidualismo, la crítica de los textos, la importancia del lenguaje y la verdad como algo relativo. Los pensadores argumentarían que la modernidad (desde el Renacimiento en adelante) habría creado nefastos dualismos: negro/blanco; creyente/ateo; occidente/oriente; hombre/mujer, etc. Que los textos (históricos, literarios) no tendrían autoridad de por sí ni pueden decirnos qué sucedió en verdad, más bien reflejarán prejuicios y son una muestra de la cultura y la época del escritor. Por otro lado, el posmodernismo defenderá también que el lenguaje moldea nuestro pensamiento, que no puede existir ninguno sin lenguaje, y que éste creará, finalmente, la verdad... Y que la verdad es una cuestión de perspectiva o de contexto más que de algo universal. En esencia, no podemos tener acceso a la realidad, a la forma en que las cosas son, sino solamente a lo que nos parecen a nosotros.

El héroe mítico Teseo es conocido sobre todo por haber matado al Minotauro; pero la verdad es que fue mucho más que eso lo que él hiciera... Fue además rey de Atenas, hijo de Egeo y de Etra, aunque otras versiones afirman que fue hijo del poderoso dios Poseidón. En el famoso relato cretense, Ariadna acabaría enamorándose de él. Ella le propuso entonces ayudarle -con su famoso hilo- a cambio de que se la llevara con él y la hiciera su reina. Teseo acepta y, después de matar al Minotauro, terminarían ambos saliendo del laberinto y de Creta. Años después abandonaría a Ariadna, y en una unión pasajera ahora con la hermosa Antíope le nacería su hijo Hipólito. Sin embargo, todavía el héroe ateniense se relacionaría con la hermana de Ariadna, la libidinosa y trágica Fedra.

Teseo llegaría a conocer al rey de los lápitas, Pirítoo, y ambos acabarían siendo grandes amigos. Participaron juntos en hazañas bélicas y compartieron aventuras con los Argonautas. Tanta amistad les unió que, una vez, decidieron que cada uno de ellos se uniría con una hija del dios Zeus. Teseo con Helena y Pirítoo con Perséfone. Pero para que éste pudiese unirse a Perséfone tendría que ir a buscarla a los infiernos, al Hades... Los dos amigos, decididos y valientes, aceptaron el duro y difícil reto. Creyeron que podrían bajar, raptarla y salir como si nada. Sin embargo, Hades -el dios del inframundo- les tendería ahora una trampa y acabarían aprisionados en el fondo del infierno. Mientras tanto Hipólito -el hijo de Teseo- crecería en Atenas, convirtiéndose en un apuesto y hermoso efebo. Entonces su madrastra Fedra pensaría que Teseo nunca volvería. Y es así como surgiría ahora uno de los dramas griegos más representados, famosos y trágicos de toda la Mitología.

El primero en escribirlo fue el griego Eurípides, más tarde lo hizo Sófocles -en una tragedia griega perdida- y, luego, lo haría el latino Ovidio, pero también lo haría el romano Séneca y el francés Racine. Cada cual representaría una versión diferente de la leyenda, de la historia de Hipólito y Fedra. Eurípides redactaría además dos versiones distintas. Una desde la perspectiva de Hipólito, otra, desde la de Fedra. En la primera se presenta la excelsa y virtuosa figura de Hipólito frente a la impúdica de Fedra. En la otra versión nos muestra una Fedra más moral, más humana, determinada ahora por elementos ajenos a ella. En una de estas versiones acabará Fedra declarándole su amor a Hipólito -su hijastro-, mientras Teseo estaría aún vivo muy lejos de allí. Por tanto, su falta no podría ser peor: cometería tanto incesto como adulterio... En otras versiones Fedra sería la víctima de Afrodita o Venus, la cual se habría ofendido una vez con Hipólito por haberla rechazado a ella -la diosa de la Belleza- frente a la diosa Diana o Artemisa, vengándose así de su madrastra trastornándola de ese modo tan pasional.

Sófocles llevaría a cabo en su drama un mayor protagonismo de Fedra. Éste sitúa claramente a Teseo en el Hades, es decir muerto, y eximirá a su heroína del delito de adulterio. En Séneca, Fedra se convencerá insistentemente de que Teseo no volverá, y le declara entonces su pasión a Hipólito. Éste se debate ahora entre su deber o su deseo. En Racine, los personajes se humanizarán aún más. Fedra intentará suicidarse por no poder soportar el rechazo de Hipólito. Teseo regresará luego del Hades y es informado de la falsa traición de su hijo por otros personajes -otras amantes- desdeñados por él. De pronto le llega a Teseo la noticia de que su hijo se ha estrellado en su carro. Y que morirá abatido por sus propios caballos cuando, huyendo de unos monstruos marinos, es arrastrado por las riendas y golpeado violentamente contra las oscuras, peligrosas y fatales rocas del mar, desapareciendo entonces Hipólito y su tragedia... como la verdad desesperada.

(Óleo del pintor neoclásico francés Joseph-Désiré Court, Muerte de Hipólito, 1828, Museo de Fabre, Montpellier, Francia; Cuadro Fedra, 1880, del pintor academicista Alexandre Cabanel, Museo Fabre, Francia; Óleo neoclásico Fedra e Hipólito, 1802, del pintor francés Pierre-Narcisse Guérin, Museo del Louvre, París.)

10 de noviembre de 2012

Una expedición española maldecida: la historia de la Comisión Científica del Pacífico.



Años después -casi cuarenta- de la pérdida de las posesiones americanas de Ultramar, la corona española de Isabel II apostaría por realizar una misión científico-cultural para estrechar las difíciles relaciones de entonces con las antiguas colonias emancipadas de América. Pero, a pesar de lo que pudiera parecer, la reina española poco podía hacer frente a unos gobiernos veleidosos, cambiantes y demasiado seguros de sí mismos. Aunque el periodo liberal -el bienio progresista- de los años 1854 a 1856 había provocado ya esos posibles encuentros culturales, el nuevo gobierno fuerte del presidente Leopoldo O'donell se aprovecharía ahora de esos intentos para afianzar algunos años después algo más que solo unas buenas relaciones culturales. 

Así que en junio del año 1862 se nombraría una Comisión de profesores de ciencias naturales para acompañar una escuadra naval militar española que marcharía al océano Pacífico. La comisión científica estuvo compuesta por el marino gallego, retirado y aficionado a los moluscos, Patricio Paz Membiela, cuya sordera no le impediría dirigir la comisión; por el entomólogo y catedrático madrileño Fernando Amor; por el zoólogo y catedrático madrileño Francisco Martínez; por el zoólogo murciano del Museo Nacional de Ciencias Naturales Jiménez de la Espada; por el botánico del Museo de Ciencias, el catalán Juan Isern; por el antropólogo cubano Manuel Almagro; por el médico y disecador catalán Bartolomé Puig, y por el pintor, dibujante y fotógrafo madrileño Rafael Castro Ordóñez.

Todos salieron de la ciudad de Cádiz el 10 de agosto de 1862 a bordo de la fragata de la Armada española Triunfo. Junto a la fragata capitana, La Resolución, formaban parte de una escuadra naval militar que el gobierno español utilizaría para ejercer en la zona una influencia más político-económica que científico-cultural. Se dirigieron primero a las islas Canarias, para luego pasar por las islas más al sur de Cabo Verde; más tarde llegarían a las islas de San Vicente hasta, por fin, llegar a Bahía en la costa de Brasil. De aquí pasaron a Río de Janeiro el 6 de octubre de 1862. Entonces, desde Uruguay fue a recogerles la goleta de la Armada española Covadonga, con lo que, al regresar con ella, pisaron por primera vez suelo hispanoamericano el 6 de diciembre de 1862 en la bahía de Montevideo. Algunos expedicionarios españoles se adentraron entonces en el interior del continente, y otros de ellos continuarían en la goleta Covadonga hacia el estrecho de Magallanes. Ambos grupos se reunirían finalmente en Chile, donde estuvieron radicados hasta mediados del año 1863. 

Así que desde Chile recorrerían toda la costa suramericana del Pacífico hasta llegar a California incluso, para, luego, volver a las costas del Perú a mediados del año 1864. Cuando la escuadra naval, mandada por el almirante Pinzón -un descendiente de los hermanos Pinzón del descubrimiento-, se encontrara ahora en las costas peruanas un incidente local alteró gravemente el inestable equilibrio diplomático de la zona. Unos colonos vascos, que trabajaban en la hacienda Talambo -propiedad de un rico peruano-, se enfrentaron entonces con otros peones del lugar resultando de la pelea muertas dos personas, un español y un peruano. Los ánimos desde la independencia no se habrían llegado mucho a calmar, y los diplomáticos españoles -y un gobierno peruano recién salido de un golpe- no ayudaron a resolver ese pequeño incidente, un conflicto que acabaría ocasionando, finalmente, una de las guerras más absurdas en las que España hubiera participado nunca.

Los expedicionarios científicos españoles tuvieron además sus diferencias con los militares de la escuadra naval de la Armada. El responsable de la Comisión científica, Paz Membiela, regresaría a España en diciembre de 1863 por los duros encuentros con el mando naval. El entomólogo Amor enfermaría en mayo de 1863 en el desierto de Atacama en Chile, y moriría en octubre de ese mismo año en San Francisco, EEUU. El botánico Isern contraería una enfermedad infecciosa en el río Marañón en 1865, falleciendo en España meses después. En marzo de 1864 el conflicto con el Perú llevaría al Jefe de la escuadra naval a disolver la expedición científica. Debían regresar todos a España cuanto antes. Pero entonces cuatro de los científicos se negaron a marchar. Martínez, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern decidieron seguir con la expedición atravesando ahora, transversalmente, todo el continente sudamericano desde Guayaquil -Ecuador- en el oeste hasta llegar a la ciudad costera de Belén -Brasil- en el este. 

El pintor, grabador y fotógrafo madrileño Rafael Castro (1830-1865) se había formado en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Fernando. Y hasta viajaría a París para aprender de uno de los pintores franceses que más influiría en los jóvenes artistas de mediados del siglo XIX, Léon Cogniet -un creador tanto del Romanticismo como del Neoclasicismo-. Entre sus seguidores y discípulos se encontraría nada menos que el gran pintor español Raimundo de Madrazo. Rafael Castro buscaría antes de la expedición el consejo de uno de los pioneros en fotografía de viajes, el inglés Charles Clifford, por entonces trabajando en España. Estos fotógrafos decimonónicos utilizaban el colodión húmedo, una técnica que les permitía un menor tiempo de exposición, aunque a cambio sus equipos, de grandes placas de vidrio e instrumentos ópticos abigarrados, les obligaban a llevar pesadas cargas durante las difíciles tomas en el exterior.

Finalmente, la expedición científica española del Pacífico al menos conseguiría una importante documentación sobre la flora y fauna americanas, introduciría algunos animales autóctonos en España e incrementaría los fondos museísticos españoles con cantidad de datos naturales y culturales. Pero la realidad fue que sólo pasaría a la historia muy marginalmente, sin ninguna gloria nacional ni científica. Jiménez de la Espada se empeñaría en continuar la expedición a partir de marzo de 1864, y esta iniciativa -llamada entonces El gran viaje- le llevaría si acaso a conseguir, únicamente, un cierto prestigio académico entre la comunidad científica. La aventura no sería para menos ya que atravesaron el río Amazonas y las selvas peruanas y brasileñas, hasta llegar a la desembocadura del poderoso río sudamericano en el Atlántico. Escribiría Jiménez de la Espada años más tarde su obra Mamíferos del alto amazonas, y publicaría la monografía Especies desconocidas de la fauna neotropical.

El fotógrafo Castro Ordóñez regresó a España en el año 1864, trayendo ahora consigo unas trescientas placas fotográficas y gran número de bocetos e ilustraciones tanto de Brasil, Chile, Bolivia y Perú, así como de toda la costa pacífica hasta California. Mostraría, como buen creador y artista, sus discrepancias con la Comisión científica por utilizar ésta más esfuerzos por entonces a la inmensidad que a la intensidad de las cosas. No podría dedicar así el tiempo que él consideraría necesario para profundizar en las costumbres y en los lugares impresionados. Al llegar a España, a principios de 1865 -los restantes expedicionarios lo hicieron a finales de ese año-, las autoridades le dieron la espalda negándole cualquier retribución económica por su trabajo en la Comisión del Pacífico. El 2 de diciembre de 1865, en su domicilio de Madrid, se dispararía el fotógrafo Castro Ordóñez en el corazón un tiro de revólver, falleciendo así uno de los pioneros españoles en las fotografías documentales de grandes viajes.

La guerra del Pacífico, aquel enfrentamiento tan absurdo entre España y dos países sudamericanos -Perú y Chile-, llegaría a acabar también con el suicidio del Comandante general de la escuadra española en el Pacífico, José Manuel Pareja. Este almirante se habría sentido deshonrado por las fatídicas decisiones que él mismo llegara a tomar en un enfrentamiento naval con Chile, donde se llegaría a perder la goleta española Covadonga cuando la flota chilena era, además, bastante inferior a la española. Tan sólo la intervención del nuevo recién nombrado Comandante general, el contralmirante español Méndez Núñez, consiguió recomponer el maltratado orgullo nacional y dejar en tablas -salvado el honor de la marina española- el desesperado conflicto naval del Pacífico. Hasta sucedería una vez que en pleno conflicto en las islas Chincha del Perú la fragata española Triunfo, aquella en la que los expedicionarios españoles se embarcaran ilusionados en Cádiz dos años antes, sufriría un trágico accidente en noviembre de 1864 cuando un producto inflamable le provocase, fatalmente, un incendio terrible y la fragata española acabara, como toda aquella expedición maldecida de entonces, perdida ahora -sin triunfar- en aquel inmenso y lejano océano Pacífico para siempre. 

(Fotografía de algunos de los expedicionarios españoles de la Comisión científica del Pacífico, 1862; Imagen de la cubierta de la fragata Triunfo, 1862; Autorretrato fotográfico de Rafael Castro Ordóñez, pintor y fotógrafo de la Comisión, 1862; Óleo del pintor francés Léon Cogniet, Autorretrato en su habitación en Villa Médicis, 1817, Museo de Cleveland, EEUU; Fotografía de los expedicionarios, 1862; Fotografías de Rafael Castro Ordóñez: Vista del acueducto de Río de Janeiro, 1862, Fotografía de la Estación de Chañarcillo, Desierto de Atacama, Chile, 1862; Fotografía del Teatro Principal, Lima, Perú, 1862; Imagen fotográfica de los científicos de la Comisión, de izquierda a derecha: Juan Isern, Fernando Amor, Patricio Paz, Jiménez de la Espada, Francisco Martinez y Manuel Almagro; Imagen de la fragata de la Armada española Triunfo, 1862; Cuadro del pintor español Castellón, Batalla Naval de Abtao -1866, Chile-, pintura de principios del siglo XX, Museo Naval de Madrid.)
 

8 de noviembre de 2012

La imaginación en la Pintura, a veces como un Arte sorpresivo... o como un Arte creativo.



¿Qué es si no imaginación lo que se reproduce en un cuadro aunque sea, incluso, la fiel representación de la realidad más nítida y correcta -casi fotográfica- de una imagen natural? Porque el ojo del artista presumirá de conocer ya lo que ve -conocerlo de antes-, pero, luego, tendrá él que decodificarlo en cada trazo de lo que, finalmente, narrará en su lienzo con belleza. Sin embargo, hay una sagrada misión artística -no siempre asequible a todos los autores- que hará creativa o no una imaginación previamente inspirada. Esta misión sagrada consistirá en trasladar al observador -bellamente transmitida- la emoción contenida y semioculta del pequeño-gran universo de su creación personal. Pero dejando aún ciertos sabores emocionales por asimilar al que lo vea, unas sensaciones ahora que, a cada revisión posterior, irá el espectador dilucidando -el que lo vea con avidez, nosotros mismos- poco a poco el profundo y extemporal motivo de aquella emoción transmitida de antes.

Cuando el pintor realista Jean-François Millet (1814-1875) quiso transmitir las cosas de otro modo a como se habían hecho con el Romanticismo de años antes, descubrió entonces que el Realismo más natural -el Naturalismo- podría servir mucho mejor para aquello que tanto deseara él expresar en un lienzo. ¿Cómo mostrar ahora lo mismo -belleza, equilibrio, naturaleza feliz- pero de otra forma a como antes se hiciera? Porque ahora el Arte había sublimado de tal modo la realidad que ésta no era sino una pantomima ensimismada de la misma. Particularmente muy sensible el pintor francés Millet con parte de la sociedad más vulnerable y dolida, ajena además esa sociedad desfavorecida a esos paradigmas gozosos -mostrados en las grandilocuentes obras clásicas o románticas de antes- de una fabulación -imaginación- ahora, sin embargo, del todo inexistente en la realidad de la vida de los seres. Y, entonces, quiso plasmar el pintor francés la imagen más veraz, la más dura y corriente de la vida de los seres, pero hacerlo ahora con la genialidad de enmarcarlo todo ello en el mismo decorado fabuloso, inspirado, irreal, mítico o sosegado de antes. 

Y para ello pintaría en el año 1863 su lienzo La chica del ganso, una obra del Realismo más curioso del siglo XIX. Porque aquí veremos un desnudo realista y normal representado ahora de un modo casi mitológico, como el de aquellas inocentes ninfas de las leyendas griegas que, tímidamente, se acercaría ella desnuda a la orilla calmada de un escenario idílico. El motivo parece aquí el de cualquier escena barroca o renacentista, o romántica incluso, donde ahora la belleza del conjunto compensaría las posibles sensaciones agresivas o más vulgares de lo real... Pero, sin embargo, el autor consigue plasmar aquí otra cosa más: una creativa y sutil imaginación trascendental. Porque la chica desnuda aquí no es ninguna ninfa que represente una perfecta belleza clásica, no, es solo una vulgar campesina del mediodía francés. Es una joven que, aunque desnuda -para hacer algo tan pedestre y vulgar como lavarse en un río-, muestra ella aquí el gesto ahora torcido incluso, sus manos ásperas y desproporcionadas, sus pies deslucidos y una silueta demasiado mediocre. Y todo eso es más normal y real que el candoroso y bello perfil de las atractivas ninfas de los mitos antiguos. Porque estos mediocres símbolos destacados aquí son propios de su quehacer real y oprimido, diferente por completo de toda aquella estampa sublime y distante de las lánguidas, fugaces, aristocráticas o mitológicas criaturas de antes.

Porque es ésta la narración dibujada -imaginada- de una visión muy manida en el Arte -el desnudo mítico-, pero ahora es una visión creativa y artística por ser construida aquí de un modo que nos transmita algo más... Y esto es lo que solo algunos creadores han sido capaces de realizar con sus obras artísticas, sean de la tendencia que fuesen. El pintor español Beltrán Masses lo consiguió, por ejemplo, con su obra Alegoría de Carmen compuesta en el modernista año 1916. Sin caer en un excesivo tipismo regional y folclórico, el autor reconstruye la escena alegórica de la pasión sacrificada del personaje arquetípico español de Carmen, pero ahora lo hace sin mostrar los elementos figurativos ni compositivos tan propios -tan típicos- de su representación iconográfica más folclórica, justo lo contrario del realismo ahora. Y todo ello con el equilibrio delicado y bello de un nuevo estilo artístico, el Modernismo, muy especialmente creativo aquí para sublimar así -elevarlo artísticamente- aún mucho más el tan típico o tradicional asunto clásico. 

La pintora actual norteamericana Rebecca Harp (Wisconsin 1973), una perfecta dibujante, creativa de temas actuales como de siempre, consigue aquí, sin embargo, alcanzar ahora un virtuosismo clásico muy merecedor de elogios. Pero, a cambio, no muestra aquí nada de aquel mensaje originado previamente, es decir, de ese mensaje artístico que demuestra que el creador usará el Arte para componer una idea previa -imaginación creativa-, en vez de ser usado por éste -por el Arte- para hacer ahora otra cosa, perfecta y bella, pero sorpresiva del todo para el autor, imprevista absolutamente para él, virtual y creativamente improvisada. En su web, nos dice la propia autora: Aunque el acto de la creación, de la separación de la luz y la oscuridad, pueda llegar a ser demasiado audaz y arrogante, el proceso de percepción de la pintura me pone en un estado de ánimo por el que estoy más servil y sensible a la naturaleza y, por tanto, más capaz de dejar que la pintura me lleve a un lugar que no podría haber imaginado.

Porque este es el Arte sorpresivo, el que arrastra al creador de manera inevitable sin saber a dónde le llevará. Este es el Arte que plasmará algo sobrevenido, sin un mensaje previo razonado, sin un fundamento anterior que transmita algo más de lo correcto que lo hace. Y, luego, estará el Arte creativo, donde ahora la imaginación creativa desgranará antes cuál es el objetivo pretendido, cuál la tersura simbólica que trazará, además de belleza plástica, además de caos emotivo, el sentido más profundo y metafórico de un sentimiento transido... Van Gogh lo conseguiría hacer siempre. Otros, como el desconocido pintor norteamericano Albert Pinkham Ryder (1847-1917), a veces lo conseguirán... Como se ve ahora aquí -en esta obra suya- con el subjetivo mundo imaginativo de su paleta donde el pintor refleja el profundo desamparo humano, ese desolador sentimiento ante las desconsideradas y viles fuerzas de una naturaleza hostil o de una vida humana ahora desvalida o indefensa.

(Óleo Alegoría de Carmen, 1916, del pintor español modernista Federico Beltrán Masses; Obra Retrato femenino, de la pintora norteamericana actual Rebecca Harp, EEUU; Óleo Ingrid, 2003, Rebecca Harp, EEUU; Cuadro Sin modelo, de la misma autora, actual, EEUU; Obra de la misma pintora, Interior del Palazzo, 2004, EEUU; Óleo de Van Gogh, Celebración del 14 de julio en París, 1886; Obra del pintor naturalista francés Jean-François Millet, La chica del ganso, 1863, Maryland, EEUU; Óleo del mismo pintor Millet, Desnudo reclinado, 1845; Cuadro El holandés errante, 1896, del pintor americano Albert Pinkham Ryder, EEUU.)

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