27 de diciembre de 2011

La más arraigada y detestable de nuestras emociones: el indescifrable miedo.



Cuando en el año 1806 el filósofo alemán Hegel (1770-1831), asomado a la ventana de su vivienda en la ciudad de Jena, observase pasar a un Napoleón victorioso, comprendió ya que no podía ser éste otro que aquel espíritu universal que ideara con su teoría dialéctica de la Historia. Para ilustrar mejor esa teoría filosófica, Hegel lo narraría como si de una novela de formación se tratara. En ella el héroe es ese espíritu..., aquel que, en sus descabelladas, sucesivas y erráticas experiencias, no consigue entender nada de nada y que, al querer llegar a saber siempre algo más, termina confundiéndose a sí mismo. Entonces acabará padeciendo la contradicción más terrible, esa que existe entre una cierta capacidad de entendimiento limitada -la que él tiene ahora-, y lo que no llegará a comprender del todo -lo que ahora se le escapa-, la pared contra la que, constantemente, se estrella.

Pero los golpes le llevarán al espíritu ahora a empezar a comprender, a ser consciente de que se encuentra, al fin, en el camino. Ahora alcanza a percibir la diferencia entre lo que se dice a sí mismo -aquello de lo que se trata según él-, y lo que no sabe aún -la pared contra la que se golpea-. Esta concienciación alcanzará finalmente la síntesis, lo que llevará al espíritu a superar la diferencia entre sí mismo (tesis) y la pared lastimosa (antítesis). Ese espíritu universal se eleva ahora, por tanto, en más conocimiento a medida que más contradicciones esté él dispuesto a asumir. Entonces, en octubre del año 1806, el más invicto de los espíritus, el más experimentado ser, su héroe -Napoleón-, estaría desfilando por delante mismo de los ojos del avezado filósofo alemán. Y todo eso llevaría al filósofo Hegel a realizar una interpretación de la Historia Universal. Las enormes contradicciones ocasionadas, por ejemplo, por la fallida Revolución francesa habían llevado al héroe vencedor, a ese espíritu universal -Napoleón-, a querer llegar a sublimarlas luego con su vida. Sin embargo, no será este ya el final de la Historia, de aquella historia que asombrara por entonces al idealista filósofo alemán. En absoluto. Más tarde, cuarenta años después, otro filósofo alemán, el materialista Karl Marx (1818-1883), utilizará esa misma dialéctica filosófica para adaptarla a su nueva teoría materialista.

Porque ahora no será el espíritu, para nada, el que describirá la realidad histórica, no, ahora quien está en contradicción histórica es la terrible maldición entre los inhumanos y explotadores medios de producción, de la propia y despiadada vida, y aquellos seres que ahora la producen, la sufren o la viven... El Realismo vino entonces, mediados del siglo XIX, a describir esta nueva contradicción, algo nunca antes visto en la historia del hombre. El miedo social acabaría depositándose ahora en el inconsciente colectivo de los humanos. Porque, además, será un miedo nuevo..., un miedo que se produciría ahora no solamente por el desgarramiento de la guerra, de la enfermedad o de la muerte, sino sobre todo al que se añadirá una sociedad coercitiva, industrial, urbana y desamparada, esa misma sociedad despiadada que vendría, definitivamente, a describir la realidad más pavorosa. Y los autores, pintores y escritores sobre todo, que vivieron esos crueles años -el tercio central del siglo diecinueve-, plasmaron en sus obras realistas con toda crudeza el fiel dramatismo de las vidas humanas más desamparadas; unas vidas que, por entonces, se azoraban aterradas por el mal que las perseguían sempiternas... Y el Arte, siempre emotivo e inspirador, trataría por entonces, a cambio de la distante filosofía, de enternecer ahora las conciencias de todos esos otros espíritus -los de todos nosotros-, para hacernos ver así, claramente, la fragilidad de la vida y de los seres más desamparados que la sufren.

Hubo una vez un dios mitológico de la Antigüedad griega que protegería a los rebaños y a sus pastores, pero que, por su aspecto deforme y salvaje, parte bestia y parte humana, acabaría por ser muy temido ya por todos. Así que el dios Pan se convertiría, entonces, en un símbolo de lo más terrible, y originaría además, con el tiempo, el conocido término pánico... El caso fue que, con sus estentóreos gritos aterradores, asustaría a todos los vivientes por entonces. Nadie sabía muy bien por qué, exactamente, el dios Pan comenzaría a gritar de ese terrible modo... ¿Vería algo el dios Pan que los demás seres no fuesen capaces de percibir? Él, realmente, no era un dios como los demás dioses, él no era inmortal. Era el único de los dioses paganos griegos que no lo era. Eso acabaría por ser luego algo muy providencial en la historia. En un principio, el propio Cristianismo lo tomaría como un motivo extraordinariamente útil para terminar con el odiado Paganismo, haciendo ahora creer a todos, y proclamándolo así, su afortunada y definitiva muerte para siempre. Pero, también ahora, ¿por qué no?, sería una oportunidad más que providencial aún para poder elevar otra sensación más que necesitada por todos nosotros: que el temor que inspiró una vez ese pánico no permanecerá nunca. Que siempre terminará alguna vez, que todos podremos sentirlo pero que no es inmortal... Que no sobrepasará nunca la mera sensación de oír, tal vez, su grito terrible, tan soez, bestial y desolado, por la realidad ahora de que no llegará a sobrevivir, ni siquiera, al mínimo gesto que llevará de percibirlo a comprender, finalmente, que todo termina.

(Óleo del pintor francés realista Alexandre Antigna, El Rayo de luz, 1848, Museo de Orsay, París; Cuadro La larga sombra, 1805, del pintor alemán neoclasicista Johann Heinrich Wilhelm Tischbein, 1751-1829; Cuadro realista El fuego, 1851, del pintor Alexandre Antigna, Orleans, Francia; Óleo Pan conforta a Psique, 1874, del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones; Cuadro del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, Naufragio a la luz de Luna, 1830, Berlín; Pintura La sombra de la tortura, del pintor e ilustrador actual británico Bruce Pennington.)

23 de diciembre de 2011

El desafío permanente de la cumbre mágica, justificadora y final, o el Arte obsesivo de perseguir algo.



Aquí ahora, desde el lugar mismo donde se verá la montaña, sentiremos a veces acercarnos al sentido de todo... Es como entenderemos que, desde siempre, hemos estado esperando ahora para verla, para sentirnos parte de ella, para justificarnos además como seres capaces de pensar, de crear... o de hacer saltar por los aires lo que sea. Pero, sobre todo, de admirar su grandeza, su infinita, abrumadora y serena grandeza. Cuando el pintor francés postimpresionista Paul Cézanne (1839-1906) necesitara una vez alejarse de todo, incluso de los suyos, viajaría por el sur de Francia a la luminosa y mediterránea Provenza. Allí, desestabilizado por una enfermedad y sus problemas conyugales, alquilaría un pequeño estudio para y desde donde pintar. Así que desde una de las ventanas de ese pequeño estudio aparecería ahora, impresionante y majestuosa, el perfil inquietante de la montaña de Sainte-Victoire. Le obsesionó tanto esa montaña que la tuvo que pintar en no menos de doce ocasiones, desde distintos lugares, desde diferentes ángulos, desde distintos momentos de luz, desde todos los estados de ánimo..., hasta el final de su vida.

Cuando muchos años después, en 1936, el escritor norteamericano Ernest Hemingway publicara uno de sus cuentos en la revista Esquire, acabaría poniéndole el exótico título de Las nieves del Kilimanjaro. Con ese pequeño relato periódico quiso el escritor americano expresar el contraste curioso que supone la vida de los hombres, la auténtica vida real, esa que vivimos anodina, y que dejaremos pasar -que no contaremos a nadie-, frente a la de los imaginarios, grandiosos y falsos escritos inventados de la ficción. Es como si no quisieramos entender ahora que la única razón de vivir es sólo haberlo hecho. Es como si no comprendieramos, como si no aceptáramos tampoco, que la única forma natural de completarla del todo es sólo morir después...

Hemingway describe al protagonista del relato como a un hombre que, accidentado grave en una cacería en África, observa ahora como todo se le acaba pronto, a la espera de recibir un difícil e imposible socorro. Entonces tiene un sueño, una ensoñación que le hace sentir ahora volar desde una avioneta, un artefacto con el que conseguirá, por fin, poder salir de ahí y salvarse... Pero pronto divisa por la ventanilla del avión la cumbre nevada del monte más alto de África, el Kilimanjaro, y comprende inconscientemente que es allí ahora adonde va. Por fin cerrará los ojos, definitivamente. El autor prologa el relato con la descripción de la montaña y una fábula local que cuenta que, una vez, se encontraría por allí, muy seco y helado, el esqueleto perdido de un leopardo cerca de la cumbre. Desde entonces nadie había podido explicarse nunca qué haría el animal allí, qué estaría buscando -inútilmente- ahora el felino perdido tan lejos...

Una vez el gran escritor alemán Thomas Mann escribiría, de su famosa novela La montaña mágica, lo siguiente: Lo que el personaje ha aprendido a entender es que toda salud superior (todo fin deseado) tiene que pasar por la profunda experiencia de la enfermedad y de la muerte (del dolor, del desafío). Hacia la vida, continúa diciendo otro personaje de la novela, hay dos caminos, uno es el habitual, directo y formal, el otro es malo y nos llevará sobre el dolor, este es el camino genial. Esta idea de la enfermedad y de la muerte como un paso necesario hacia el saber, la salud y la vida, hace a La montaña mágica una novela de iniciación.

Cuando para la joven Alcestis -una de las más bellas doncellas mitológicas griegas- decidiera su padre unirla al más grande de los hombres de Grecia, solicitó entonces a todos los candidatos que sólo aquel que pudiese llegar montado en un carro tirado de leones y jabalíes sería, al fin, quién conseguiría su anhelada mano. Admeto, rey de Feres, quiso obtener a la bella Alcestis como fuese. Pero para ello sabría él que, únicamente, con la ayuda del dios Apolo podría conseguirlo. Este dios lo aceptó pero, sin embargo, le pidió a cambio su propia vida, o la de cualquier otra persona que por él se cambiase. Tras intentar inútilmente buscar alguien que por él lo hiciera, con audacia retaría a Apolo sin pensarlo mucho. Luego de haberla obtenido a ella -con la ayuda del dios-, Apolo le exigió entonces su fatídica deuda. Cuando Alcestis llegó a saber lo que había hecho él para obtenerla, decidió ser ahora ella la que salvara a Admeto -cambiarse por él entregándose a los dioses-. Así fue como Apolo la acabaría enviando al Hades, al infierno griego. Tiempo después Admeto recibió a su amigo Hércules, el poderoso Heracles griego. Compasivo el héroe con él, recorrería luego decidido la distancia profunda que lleva hasta el oculto inframundo. Así salvaría Hércules, no sin luchar ni sin dudas, a la bella, enamorada y generosa Alcestis.

(Fotografía de la montaña africana Kilimanjaro, de 5895 metros, Tanzania; Fotografía de la silueta de la pequeña cordillera de la Sierra Sur sevillana, no siempre vista a consecuencia de la bruma, 2011; Óleo del pintor Paul Cézanne, La Montagne Sainte-Victoire, 1895, EEUU; Cuadro La Montagne Sainte-Victoire, 1906, del pintor Paul Cézanne, Tokyo, Japón; Óleo Rapto de Alcestis, 1867, del pintor Paul Cézanne; Cuadro del pintor Matisse, La alegría de la vida, 1906, EEUU.)

19 de diciembre de 2011

Los arquetipos humanos: ¿modelos de lo que somos o de lo que queremos ser?



Yendo ahora el héroe griego Ulises de regreso a su tierra, luego de luchar en la empecinada Troya, cuenta la leyenda que, navegando muy cerca de la isla de Eolia, después de tantas luchas y suplicios, decidió arribar a sus costas para, por fin, poder descansar y avituallarse. El rey de aquella isla era Eolo, dios de los vientos y las mareas, el cual los acogería hospitalariamente. Luego, al volver de nuevo a surcar aquellas difíciles aguas, Eolo le ofreció a Ulises un presente, un pequeño odre en donde se guardaban, encerrados, todos los vientos y tempestades del mundo. Pero, como en casi todos los regalos escondidos, como en casi todas las ofrendas gratuitas y sin esfuerzo de los dioses, las cosas siempre acabarán descubriendo su verdadero precio y su propia condena. Los hombres de Ulises, ahora curiosos y avezados, llevados por una codicia imaginaria, miraron en el interior del misterioso odre. De pronto, al abrirlo se desataron los más grandes y terribles vientos, tormentas y huracanes que mar alguno pudiera contener.

Agotados de nuevo, con la nave ahora deshecha, desorientados y heridos, pudieron avistar una tranquila y hermosa tierra. Esta era la isla de Eea. Ulises, muy prudente, decidió que sólo un pequeño grupo de sus hombres explorara la isla. Tiempo después el héroe vió llegar a uno de ellos que, asustado y nervioso, le narraría lo que les había sucedido a los demás. Caminando hacia lo lejos llegaron a un gran y maravilloso Palacio, y entonces -sorprendidos por esto- les dejaron pasar y les acogieron encantados y dispendiosos. Allí reinaba una extraordinaria, bella, agradable y seductora mujer. Les invitaron a beber algo; todos bebieron menos él, que, desconfiado, evitó hacerlo. Luego observó como sus compañeros se acababan convirtiendo en cerdos, aunque mantenían su razón y entendimiento. Para ese momento, huyó de allí despavorido sin mirar atrás.

Ulises debía recuperar a sus hombres. No lo pensó mucho más y acudió a ese Palacio. Pero por el camino algo le sucedió... Los dioses, esos que a veces dirigen la vida azarosa de los hombres, le enviaron ahora a Hermes para darle un providencial y especial brebaje. Con esa bebida de los dioses evitaría Ulises cualquier posible transformación o maldad que algo, o alguien, le causara. Cuando Ulises llegó al Palacio descubrió a Circe, la hermosa reina de aquella isla maldita. Ella le recibió agasajándolo con comidas y bebidas maravillosas, como haría siempre con todos. Sin embargo, a Ulises todo eso no le hizo ningún efecto. Circe entonces, asombrada y admirada por ello, quedaría rendida a él y también enamorada, vencida para siempre a los pies del épico héroe.

Para el famoso psicoanalista Carl Jung el contenido del inconsciente colectivo, reflejo de ese gran espacio simbólico del inconsciente global -que a su vez es el inconsciente realmente objetivo-, lo formarán todos y cada uno de lo que él dio en llamar arquetipos. También los denominó imago, imágenes primordiales. Los arquetipos serían en el ser humano una forma innata de experimentar los hechos y las cosas de una determinada manera. Jung afirmaba que en el mundo primitivo existía una especie de Alma colectiva. A ésta, con el paso de los años, las evoluciones, las luchas, los enfrentamientos, las oposiciones, los descubrimientos, las carencias, las inclinaciones o los deseos, le surgieron -a cada persona- un pensamiento fijo y una conciencia individual. Esto configuraría el comportamiento y los caminos que cada uno de los individuos debía tomar. Pero nunca dejaba el arquetipo de condicionar la conducta final, ésa que regía cada particular tendencia personal que se tuviera. En general, habría tres grandes caminos, o rasgos, que condicionarían a los individuos: el camino del Conocimiento, el del Poder y el del Amor.

Por tanto, entonces, ¿qué somos nosotros realmente? ¿Qué destino, si es así que existe, verdaderamente de modo independiente, elegiremos sin determinar nada antes de haberlo nosotros elegido? ¿Arrastraremos a nuestro arquetipo..., o éste nos arrastrará, inevitablemente, a nosotros?

(Óleo del pintor prerrafaelita inglés John William Waterhouse, El círculo mágico, 1886; Cuadro del pintor francés Henri Fantin-Latour, Charlotte Dubourg, 1882, hermana de la esposa del pintor, mujer decidida, fría y calculadora, nunca se casó; Cuadro El caballero andante, 1870, del pintor John Everett Millais, Tate Gallery, Londres, caballero que lleva la pesada carga de liberar a los demás, sin liberarse a sí mismo; Óleo Circe, 1891, del pintor John William Waterhouse; Cuadro del pintor Max Slevogt, Don Juan, 1912, personaje condicionado de estereotipos que superan la verdadera razón de sus deseos; Óleo del pintor Waterhouse, Santa Eulalia, 1885, maravilloso escorzo de la representación del cadáver matirizado de la santa, personaje entregado sin más hasta la propia destrucción; Cuadro del pintor Max Slevogt, Danza de la muerte, 1896, en donde representa al personaje abandonado, frívolo y autodestructor; Extraordinario cuadro del pintor Johann Heinrich Wilhem Tischbein, Goethe en la campiña de Roma, 1787, Alemania, que representa al individuo creador, inspirado y lleno de mundos.)

16 de diciembre de 2011

El Arte como anticipación, como reivindicación y como sentido del Mundo.



Cuando la Revolución Francesa llegó a su máximo momento de tensión, en el año 1793, uno de sus personajes más devotamente revolucionarios lo fue el radical Jean-Paul Marat (1743-1793). Su inteligencia y capacidad política llegarían a acompañar una feroz, despiadada y cruel personalidad jacobina. Entendió, quizá antes que nadie en la Historia, la extraordinaria fuerza del pueblo y sus masas para conseguir los propósitos ideológicos más personalistas, arribistas y terribles que una mente humana pudiera concebir. Su carismática influencia llegó a ser tan poderosa y decisiva que pocos llegaron a superarle en retórica populista. Para él, que había argumentado en contra de la pena de muerte años antes, no tendría ahora ninguna duda en aplicarla tanto al mismísimo rey Luis XVI como a sus defensores y partidarios. Fue así como, a finales del siglo XVIII, Marat quiso conseguir el mayor y más radical cambio social posible para una mitad de la sociedad, sin contar él para nada con la otra mitad opuesta.

El gran pintor francés que fue Jacques-Louis David (1748-1825) alcanzaría con su estilo neoclásico conseguir crear obras de Arte esplendorosas, propias del momento histórico que le tocó vivir. Partidario de las nuevas ideas de cambio y progreso que inspiraron inicialmente la Revolución, acabaría acercándose demasiado a personajes muy radicales y furibundos como fueron Robespierre y Marat. Amigo de ambos, terminaría siendo el pintor oficial de aquel primer movimiento revolucionario francés. Había él pintado al primer mártir que la Revolución tuvo, Louis Michel Le Peletier, un abogado y jurista jacobino que fuera asesinado el 21de enero de 1793 por los enemigos de esa Revolución. Así que, cuando Marat apareció poco tiempo después asesinado en su propia bañera, llamaron al pintor David para que inmortalizara ahora el momento trágico tal y como había hecho antes con Le Peletier.

Había que encumbrar ahora, con esta muerte heroica, trágica y clásica, la figura divina del gran defensor y prohombre de la Revolución. Su amigo David lo pinta de modo magistral, enmarcado Marat con los símbolos que glosarían su sacrificio. Un sacrificio profano pero, también, un sacrificio divino al fin y al cabo. Como alguno de aquellos geniales cuadros que él hubiese visto años antes en la Roma renacentista y cristiana, ahora el neoclásico David deseaba representar así al malogrado Marat, como un nuevo mesías caído por la gloria de la Revolución. La figura del asesinado dispone en el cuadro de los matices de un Cristo abatido, donde ahora la dolorosa es aquí tanto su letal pluma como su bañera acogedora, matizada ésta además de lienzos blancos y verdes (símbolos de pureza y esperanza). Todo un prodigio artístico que glosó una ideología social que determinaría la tendencia más desgarradora y violenta que aquellos difíciles, duros y sangrientos años ya tuvieron, y que luego, incluso, avanzarían más despiadadamente después en todo el mundo.

Los enemigos de esa radicalización revolucionaria fueron los girondinos, la otra mitad social opuesta. Una de ellos lo fue Charlotte Corday, joven aristócrata francesa que estaría convencida de que Marat y su prodigiosa y pérfida personalidad influyente eran lo peor entonces de las posibles causas a eliminar. Tal pasión ideológica la llevaría del mismo modo a querer sacrificarse también por una causa, aunque, en su caso, justo por la causa contraria de lo que representaba el cuadro de David. Este creador, el gran pintor neoclásico francés, no la pintaría a ella por entonces en su obra. No, por entonces no era ella lo importante... Sólo, acaso, escribiría su nombre en un papel que el asesinado sostendrá ahora en su mano muerta. Pero, todo acabará transformado con los años y las tendencias veleidosas de la vida. Cuando cayó el terrible Robespierre, el pintor David tuvo ahora ya que huir de Francia.

Hasta que Napoleón llegó, y lo salvó, y lo requirió entonces como al gran pintor del imperio que fuese también David. Luego, cuando el emperador también acabase, terminaría ya por completo la gloria del gran pintor neoclásico francés, y, con ella, su genial obra de Arte más revolucionaria y más significativa: La muerte de Marat. Los tiempos cambiaron. Todo cambió. Así que cuando el pintor academicista francés Paul Baudry (1828-1886) decidiera, muchos años más tarde, en 1860, pintar ahora un cuadro sobre la fallida primera revolución, entonces todo sería diferente... Ahora era Charlotte Corday la heroína, la gran defensora de Francia, la mártir que se mantuvo quieta y digna, sin huir, después de terminar así con la vida del ominoso Marat. Tan sólo cuatro días después de su crimen, Charlotte Corday sería ejecutada, inapelablemente, por los revolucionarios jacobinos de entonces.

La grandeza artística los creadores la consiguen, además de por su genialidad, cuando se anticipan ellos a su propio tiempo artístico. Doménicos Theotocópoulos -El Greco- (1541-1614) ha sido uno de los más grandes pintores de la Humanidad. Quizá, el más anticipador de todos. En esta muestra suya -la primera imagen de la entrada-, con su obra titulada Vista de Toledo, el autor español de origen griego consigue, en el temprano año de 1614, toda una extraordinaria obra expresionista, anticipada así trescientos años casi. Para su época, debía ser difícilmente comprensible por entonces saber qué pretendería realmente expresar con ella, con sus trazos y sus colores inéditos, el pintor. A su lado la comparo ahora con una excelente fotografía titulada Paisaje (de la web tumblr-media bookmarking). De este modo observamos ahora cómo un Arte y otro consiguen lo mismo: asombrar y emocionar. Aunque la causa en ambos es muy diferente: uno es una creación de la nada, sólo de la mente de un hombre; otro surge de una creación también, pero de algo ya existente, de una ahora Naturaleza maravillosa, pero existente.

Más adelante incorporo dos imágenes de dos obras artísticas del siglo XVIII de un mismo personaje histórico: María Luisa de Parma, reina que fue de España al casarse con el rey español Carlos IV de Borbón. En la primera imagen, mucho más joven María Luisa, aparece ella ahora hermosa y radiante, como la pintara así el pintor neoclásico alemán Anton Raphael Mengs (1728-1779) en el año 1765, año de su matrimonio real con sólo catorce años ella. El otro cuadro, también de ella, lo pinta el genial Goya en 1789, cuando la reina había perdido ya su lozanía juvenil, así como toda su dentadura. En este caso el Arte viene a reivindicar ahora una belleza zaherida... Seguidamente otra obra anticipadora -sin saberlo por entonces siquiera su autor-, de una extraordinaria fotografía actual, viene a comparar también un Arte con otro... El pintor ruso Iván Aivazovski (1817-1900) consiguió plasmar en el año 1882 una hermosa puesta de Sol en la exótica, romántica y exultante Constantinopla. Sin embargo, la actual y excelente instantánea fotográfica Atardecer y Mar (de TrekEarth) justificará ahora aquí el óleo de Aivazovski con los calificativos más anticipadores de lo que, cien años antes, sólo una creación humana pudiera, fiel y bellamente, por entonces conseguir.

Cuando el duque de Alba recomendase al rey español Felipe II en 1559 los oficios de la pintora italiana Sofonisba Anguisciola (1532-1625), ninguno de los grandes pintores de la corte española pudo imaginar entonces la gran capacidad artística de ella. Llegaría a retratar al monarca español en algún momento de su vida, se supone que alrededor de 1580, en un famoso cuadro histórico. Retrato que no acabaría catalogado en el Alcázar Real madrileño -el lugar donde se custodiaban entonces muchas obras artísticas- a nombre de esa pintora italiana, sino al de otro pintor, el pintor español Pantoja de la Cruz. También se pensaría durante algún tiempo que habría sido el pintor español Alonso Sánchez Coello, y no ella, el autor de tan regio retrato, quizá por el parecido estilístico con este pintor, su maestro en la corte española y al que ella conoció y siguió en su carrera artística. Hasta el año 1990 no se afirmaría, categóricamente, la verdadera autoría de este famoso retrato del rey Felipe II: la extraordinaria pintora que fue Sofonisba Anguisciola.

(Óleo de El Greco, Vista de Toledo, 1614, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York; Fotografía Paisaje, de la web tumblr-media bookmarking; Cuadro Retrato de María Luisa de Parma, del pintor Anton Raphael Mengs, 1765; Óleo del pintor Goya, María Luisa de Parma, 1789; Cuadro Constantinopla, 1882, del pintor ruso Iván Aivazovski; Fotografía Atardecer y Mar, de TrekEarth; Cuadro Autorretrato con Bernardino Campi, 1550, de Sofonisba Anguisciola, con la curiosidad de dibujarse la pintora a la vez con su primer maestro italiano, el pintor Campi, utilizando el inédito recurso de ser pintada por el mismo a la que ella retrata; Óleo Felipe II, 1580, de la pintora italiana Sofonisba Anguisciola, Museo del Prado; Cuadro del pintor francés David, Muerte de Marat, 1793, Bruselas; Óleo del pintor academicista francés Paul Baudry, Charlotte Corday -muerte de Marat-, 1860, Nantes, Francia.)

10 de diciembre de 2011

El equilibrio en el Arte, como en la vida, es más ahora la ausencia que la presencia de algo.



En una fría tarde de noviembre del año 2003 encontré, sobre uno de esos tenderetes callejeros que se organizan para volver a dar vida a libros leídos por otros mucho antes, una pequeña edición que se agazapaba solícita, huérfana, amarillenta y desolada, entre los moribundos y resignados libros que esperaban, de nuevo, a que otros ojos terminaran fijándose en ellos. Es una grata sorpresa al hallarlos descubrir la huella personal de quienes lo tuvieron antes. En ciertos libros, he de confesarlo, no sólo he fechado y firmado el ejemplar adquirido, sino que he escrito también algún comentario en su primera página. El pequeño libro antiguo descubierto entonces era una pequeña obra del gran escritor británico Graham Greene (1904-1991) titulada El que pierde gana. En su primera página entonces escribí: Antes de mí fue de otro. Ahora, más de veinte años después, me sedujo la misma historia: ganar, tener, perder...

La interesante vida de este escritor británico comienza muy joven, cuando decide cambiar de religión. Luego, continúa su historia personal, se acabará casando con una joven convertida también al catolicismo. Una mujer a la que convencería él de su amor a través de una apasionada y romántica relación epistolar. Hombre muy complejo, Greene tuvo precoces intentos suicidas en una entonces personalidad difícil y un poco esquizofrénica. Intentos que, al parecer, sólo pudo soslayar con una decidida, enfrentada y desesperada -inspirada además literariamente- religiosidad. Conocido más por sus elaboradas creaciones de espionaje y obras de suspense, fue, sin embargo, un escritor que trataría de plasmar en todos sus libros un profundo trasfondo espiritual, trasfondo que no acabaría por ayudarle, de todos modos, a encontrar sus necesitadas y anhelantes respuestas.

Graham Greene conoció a finales de 1946 a una mujer de la que quedaría enamorado para siempre. Catherine Walston (1916-1978) fue la hermosa y joven esposa norteamericana de un millonario e influyente político británico, Harry Walston. Aunque había tenido ya cinco hijos, a sus treinta años Catherine era todavía una atractiva mujer, mundana, extrovertida, frívola y seductora. El autor inglés no pudo resistirse y acabaron siendo amantes. La furtiva y desconocida relación fue descubierta, sin embargo, hace solo tres años apenas, gracias ahora a unos poemas escritos por Graham y dedicados a Catherine. La relación duró trece años, hasta finales de 1959, cuando ella lo abandona por otro amor, también furtivo y contingente. Cuando Catherine Walston falleció en 1978 alcoholizada, su propio marido decidió escribir al afamado autor inglés, diciéndole: no debes tener ningún remordimiento, le diste a Catherine algo que nadie más podía haberle dado, se transformó en un ser humano mucho más sensible.

La reseña posterior de aquel pequeño volumen descubierto en las estanterías de libros antiguos, indicaba, convincentemente, estas palabras: La fortuna no regala favores, los vende. Más adelante, continuaba: Nunca el hombre es menos desgraciado que cuando se considera desprovisto de todo. El argumento de la obra describe una pareja humilde y sencilla que deciden, por fin, casarse. Él trabaja para una empresa donde ahora el jefe -Dios- junto con sus socios -los diablos- luchan por mantener su poder y fortuna -la influencia en el mundo-. En un momento de la narración, donde éstos acuden al protagonista -empleado como contable- para que les haga un trabajo especial, el jefe acaba admirando su correcta labor y descubriendo, además, la pronta boda del aplicado empleado. Sintiéndose obligado, el jefe les invita -les regala a ambos- por su matrimonio a una estancia en un encantador, famoso y caro hotel de la costa francesa, lugar adonde finalmente, en su propio yate, el mismo jefe acabaría yendo a recogerles.

Accidentalmente el jefe -Dios metafóricamente- no puede acudir a la cita. De ese modo comprenden ellos ahora que se han endeudado confiadamente. Que, por culpa de no aparecer aquél -Dios-, se encuentran ahora en una situación insostenible y embarazosa: no pueden pagar todo lo consumido, incluido el hotel. Decide entonces él probar suerte en el Casino. Y consigue, sorprendentemente, ganar. Para ese momento él ha cambiado ya su carácter y la forma de ver la vida. Pero, ahora, ella no lo quiere a él así, tan presuntuoso, tan materialista y autosuficiente. Lo detestará. Entonces, ofuscado, maldice él ahora a su jefe -a Dios- por haberle provocado todo eso. Pero, sin embargo, seducido por su fortuita nueva suerte -y su ambición desconocida- decide enfrentarse ahora con su jefe, y acabar así con aquel odioso dios.

Su pareja -su esposa reciente- lo abandona ahora por un amante, un personaje más romántico al parecer. Un amante al que ella valora ahora por, aparentemente, despreciar lo material, a pesar de vagabundear éste más perdiendo que ganando por el Casino. Cuando el yate del jefe termina atracando en el puerto, se entrevistan ambos -Dios y el protagonista- en una sosegada, inteligente y esclarecedora conversación. Se confiesa con el poderoso magnate y termina entendiendo que no puede ir contra él. Ahora su jefe -Dios- le ayudará a recuperar su esposa. Para lo cual debe él dejarse perder todo lo ganado frente a aquel odioso amante vagabundo, ahora transformado, sin embargo, en todo un taimado, arribista y ambicioso personaje.

El pintor del Barroco español Antonio de Pereda (1611-1678) descendía de un humilde pintor vallisoletano, un artista que, al morir, habría dejado dicho que su hijo fuese llevado a Madrid, a la corte, para aprender a pintar con los más grandes y más importantes pintores de entonces. En la capital del reino acabará ingresando en el taller del maestro pintor Pedro de las Cuevas. Según cuenta la historia, el pintor Antonio de Pereda nunca aprendió a leer ni a escribir, por lo que eran sus discípulos los que le escribían su firma para que él terminara, así, por pintarla en sus lienzos. Pereda sentía unos anhelos enfermizos por pertenecer a la nobleza. Trataba de utilizar siempre el don, un título que sólo podía ser usado por los grandes señores. Algo que él, no obstante, siempre defendió disponer, ya que decía ser nieto por línea materna de todo un maestre de campo... En 1670 pinta El sueño del caballero, donde ahora vuelve a tratar algo muy pintado en el Barroco: la vanidad de la vida, los deseos materiales que nada tienen que ver con lo verdaderamente importante de la vida. Y qué mejor representación para eso que un sueño, es decir, que un deseo irreal, inconsistente, veleidoso, traicionero, inútil y evanescente.

En los años del siglo XIX en los que los poetas se dejaron llevar por el mayor rechazo hacia lo material, el poeta francés más maldito y simbolista, Charles Baudelaire (1821-1867), el más enardecido defensor de lo auténtico, también de lo más efímero y a la vez esencial de la vida, escribiría en una ocasión: Estos tesoros, estos muebles, este lujo, este orden, estos perfumes, estas flores milagrosas son tú. Tú también estos grandes ríos, estos canales tranquilos. Los enormes navíos que arrastran, cargados todos de riqueza, de los que salen los cantos monótonos de la maniobra, son mis pensamientos, que duermen o ruedan sobre tu seno. Tú los guías dulcemente hacia el mar, que es lo infinito, mientras reflejas las profundidades del cielo en la limpidez de tu alma hermosa; y cuando, rendidos por la marejada y hastiados de los productos del Oriente, vuelven al puerto natal, son también mis pensamientos, que tornan, enriquecidos de lo infinito, hacia ti.

(Óleo de Antonio de Pereda, El sueño del caballero, 1670, Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid; Portada inglesa del libro El que pierde gana, de Graham Greene; Cuadro El naufragio, del pintor Goya, 1793, Particular, Madrid; Retrato de Graham Greene, obra del pintor francés actual Jean-Luc Bellini, 1948; Fotografía de Catherine Walston, 1945.)

Vídeo de la película El fin del Romance, 1999, basado en una novela de Graham Greene:

1 de diciembre de 2011

La vida no sólo imita al Arte; luego de inspirarlo y adorarlo, hasta lo consigue destruir.



En la vega desértica de Níjar, en el cálido y sofocante verano almeriense de 1928, todavía los refulgentes rayos del poderoso sol andaluz no habían aparecido del todo cuando el cuerpo sin vida de Francisco Montes, un joven aparcero de la comarca, yacía ensangrentado sobre la tierra dura, pedregosa y macilenta. Había cabalgado muy poco antes a lomos de una mula aquella noche, cabalgadura ahora con la que junto a una mujer, su prima, una joven muy desesperada y decidida, se alejaban ambos de allí. En el soleado amanecer de esa misma mañana, ella y otro hombre debían haber contraído matrimonio. En esa mañana desolada, Francisca Cañada y otro hombre, un ser al que ella no quería, tendrían que haberse unido para siempre. Así que, entonces, ella no lo pensó más, con la urgencia de lo definitivo se armó de valor y, desinhibida por fin -no enamorada-, se lo pediría de pronto, pocas horas antes, a su ahora sorprendido y confiado primo Francisco Montes.

Éste entonces no lo dudaría. Nunca pensó él, sin embargo, lo que le esperaría después aquella misma madrugada. A unos ocho kilómetros del Cortijo del Fraile -lugar de la insufrible celebración matrimonial no querida y aún no comenzada-, en el Camino de la Serrata un embozado criminal descerrajó dos tiros que acabarían con la vida de Francisco, el confiado primo de Francisca. Ésta, en ese momento horrorizada, cayó a tierra de golpe medio ensangrentada y aturdida pero vencida ya por completo para siempre. Alguien -su propia hermana Carmen- se abalanzó entonces muy rabiosa hacia ella e intentó ahogarla con gran ira. Francisca entonces quiso vivir, como antes lo hubiese ya intentado con su huida. Pero, para vivir ahora se hizo la muerta, así se salvaría ella, así para contarlo.

Esta historia real, ocurrida en Almería (España) en 1928, fue la inspiración creativa tanto de una novelista como de un dramaturgo. Ella, Carmen de Burgos (1867-1932); él, Federico García Lorca (1899-1936). Cuando el pequeño hijo varón de Carmen de Burgos falleciera de pronto, ella comprendería entonces que nada podría hacerla más sufrir. Así que con su otra hija, más pequeña aún, decidió abandonar para siempre su tierra y su marido. En Madrid conseguiría dedicarse, por fin, a lo que siempre habría sentido con más deseo: escribir. De ese modo, alcanzaría a ser una de las primeras periodistas de España en aquellos primeros años del siglo XX. Había nacido en las llanuras almerienses cercanas a Níjar, y, con un hacendado padre y un próspero marido, pensaría siempre que toda su vida acabaría perfecta y completada en ese idílico lugar sureño. Pero no se conformaría ella entonces tan sólo con eso. Decidiría antes volcar toda su inquietud en la educación, en la suya y en la de los demás. Y se marchó luego. Y en su liberada vida madrileña conoció muchos hombres, y se relacionaría íntimamente con muchos de ellos. Una vez escribió con descarnada franqueza lo que ella era o hubiese querido ser:

En la lucha se moldeó mi espíritu..., y hoy envuelvo en triste piedad creencias viejas y sentimientos que no comprendo cómo pudieron vivir en mi alma. El olvido tiene la melancolía de las cosas que mueren. Nuestros corazones son grandes cementerios sin epitafios. No soy siquiera una amargada ni una vencida. Alcancé más de lo que podía esperar, y si mi ánimo fuera darme un bombo, aprovecharía la ocasión que ahora me ofrecen para citar los elogios que he merecido a hombres ilustres..., a las amistades valiosas que me honran..., a los triunfos que alcancé en conferencias en España y en el extranjero..., a las polémicas en que salí vencedora, a las iniciativas en que peleé en primera fila por el bien y la justicia..., a las sociedades de que formo parte, y como mis libros pasaron triunfantes la frontera... ¿Pero qué vale todo éso para quién ha sentido como yo el dardo de la ingratitud y conoce la pequeñez de las cosas? Humo que ni satisfizo mi corazón, ni desvaneció mi cabeza.

En 1931 publicó Carmen de Burgos su novela Puñal de Claveles, obra inspirada en el crimen de Níjar, un hecho asesino llevado a cabo tres años antes en Almeria. La narración buscaba por entonces resaltar la decisión personal, la libertad y la búsqueda de la vida por la propia vida. En en su obra novelística evitaría no sólo contar los motivos reales del hecho real: la huida de la novia horas antes de un matrimonio no deseado, despiadado y odioso, sino que también evitaría narrar los detalles más sórdidos y escabrosos de la auténtica tragedia. Qué menos podría hacer una creadora como ella que utilizar así una historia real, tan poco bella, tan prosaica, tan rural, tan interesada, tan codiciosa y tan cruel para glosar ahora, sin embargo, un ideal tan perseguido por ella: vivir libre. Porque la verdadera crónica de los hechos fue muy distinta. Tan distinta fue que tradujo por completo la novelista la verdadera personalidad de la vida, tan prosaica, antiestética y material de lo humano, de la vida y la sociedad real en que vivimos. Y lo transformó en otra cosa, en una decisión ahora tan heroica y virtuosa como la misma que ella ya hubiese decidido tener antes.

Francisca Cañada -la novia huida- era una joven soltera que convivía con su padre en el Cortijo del Fraile, al sureste de Níjar. Este cortijo, un antiguo convento dominico construido en el siglo XVIII, había sido adquirido por particulares privados luego de la desamortización anticlerical de comienzos del siglo XIX, cuando los bienes de la Iglesia fueron expropiados por el gobierno español de entonces. El padre de Francisca fue medianero de labranza en ese cortijo, es decir, que trabajaba la tierra del propietario compartiendo éste con él los beneficios. La madre había fallecido en 1916 y sólo quedarían en la familia cuatro hermanas y dos hermanos. Francisca fue la única de todos que nació con una cojera en sus piernas. Fue por ello que, en vez de dedicarse a trabajar duro en el campo, se dedicó a bordar y a hacer otras cosas; cosas que, por entonces, estarían más reservadas a personas con otro nivel social y económico. A la vez su padre, tan preocupado por su futuro estaba, decidió que Francisca heredase la única tierra que él poseía además de dotarla con una suma de tres mil quinientas pesetas de entonces.

Todos comprendieron la decisión paterna excepto una de las hermanas, Carmen. Carmen Cañada y su marido, Francisco Pérez, vivían con sus dos hijos en otro cortijo cercano. Con ellos convivía además Casimiro, un pobre hombre allegado a la familia. Era un hombre muy humilde y sencillo, bueno e inocente. La ambición de la hermana no pararía así de imaginar entonces. Convenció a Casimiro de que se casara con Francisca, con su hermana la coja. Así que ya se vió Carmen, su hermana, muy pronto en el Cortijo del Fraile, lugar adonde se instalarían todos después de esa imaginada..., y no tan deseada boda. La presunta y resignada novia, abrumada del todo, no se entusiasmó para nada con Casimiro, en el fondo no le gustaba la idea de casarse con él, ni con nadie. Francisca se sentía muy triste y desilusionada. Sin embargo, pasaron los días y la fecha se fijaría para el enlace. Pero, los deseos de codicia no acabaron tan solo con su hermana. No, ahora además una anciana tía de ambas quiso que su hijo Francisco Montes, primo de las dos, fuese el que consiguiese, por fin, la gran fortuna heredada. Sin embargo, éste ya estaba comprometido con otra mujer, motivo por el cual, además de su falta de carácter, el joven no se decidiría.

La celebración de la boda en el Cortijo del Fraile obligaba a recibir la noche anterior a todos los invitados. Cenaron allí juntos algunos de ellos y pronto se retiraron a dormir. La novia antes que nadie, los demás después. Su hermana Carmen y su marido llegaron tarde, pero pronto preguntaron por la novia. Fueron a su habitación y no la encontraron. La buscaron por todas partes, pero ella no estaba ya. Pasó el tiempo y no aparecía. Tampoco encontraron a su primo Francisco Montes. Entonces, desesperados todos ya, se terminaría por desatar la confusión en el cortijo. Para ese preciso momento los asesinos ya se habrían ido a buscarla. Apareció luego el cadáver de Francisco. Su prima pudo, malherida, poco tiempo después regresar sola, ¡y viva! Así se desarrolló la realidad de lo sucedido. Así fue entonces la vida real. Luego acabaron condenando a los asesinos, el matrimonio de Carmen y su marido. Francisca viviría el resto de su vida sola en la misma tierra que un día heredara de su padre.

Federico García Lorca publicó poco tiempo después, en 1933, su famosa obra teatral Bodas de sangre. Es aquí donde el excelso creador transformaría por completo la realidad sórdida para hacer de ella ahora una dramática y bella tragedia pasional, desgarradoramente romántica y cargada de celos, honor, orgullo y belleza. Para nada la sencilla y sempiterna explicación material de la tragedia. Para nada la codicia, ni la ambición, ni la miseria. El genio literario del poeta compuso su obra maestra con lo que él pensaba que debería ser, en esos casos trágicos, algo parecido a la vida, a la auténtica vida, la que se debería vivir en esos casos y no la que no merece siquiera la pena de leerse, ni entenderse, ni vivirse ni de contarse. En uno de sus geniales párrafos el gran poeta español exclamaría así, con unas palabras altamente literarias, pronunciadas ahora por la novia a su suegra, esta declaración pasional tan bella como inevitable:

¡Porque yo me fui con el otro, me fui! Tu también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada. Llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien!; yo no quería, ¡óyelo bien! Yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!

(Fotografía actual del Cortijo del Fraile, Níjar, Almería, del autor Juan García-Gálvez, www.jggweb.com, Cortijo en ruinas que continúa siendo propiedad privada y deteriorándose poco a poco, a pesar de haber sido declarado Bien de Interés Cultural; Cuadro del pintor español, nacido en 1934, Ignacio García Ergüin, La Muerte; Obra de la pintora actual norteamericana Emily Tarleton, Lorca 1, de 2006; Lienzo del pintor Julio Romero de Torres, Carmen de Burgos, 1917; Cuadro de Dalí, El jinete de la muerte, 1935, París; Óleo del pintor Émile Lévi, La muerte de Orfeo, 1866, Museo de Orsay, París, héroe mitológico que murió por salvar a su amada; Fotografía de las ruinas del Cortijo del Fraile; Retrato de época de Francisca Cañada, la novia del crimen de Níjar.)

Vídeo homenaje al Cortijo del Fraile, Níjar, Almería:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...