29 de enero de 2011

La ucronía -el absurdo temporal- en la vida, en la historia y en el Arte.







¿Qué hace que las cosas sucedan como lo hacen y no de otra manera? ¿Por qué la inspiración nos conducirá a una idea y no a otra? Y, ¿qué hubiera sucedido de no haberse hecho o ideado así, o, también, de haberse tomado o no otro camino distinto? Las musas fueron la invención que los antiguos griegos idearon para justificar la inspiración, ¿de dónde provenía ésta?, se preguntaban. Pero, antes de que se establecieran las nueve musas (tres de la poesía -la épica, la lírica y la didáctica, ésta última referida a la astrología-, una de la historia, otra de la música, la de la tragedia, la de los cantos, la de la comedia y finalmente la de la danza), se llegaron a adorar en Beocia -región de Grecia donde se situaba Tebas- las primeras tres musas de la historia griega.

Esas musas eran tres hermanas, Meletea, Mnemea y Aedea. La primera, Meletea, era el pensamiento, la meditación inicial que imaginaba vagamente la idea y esbozaba así la chispa de la creación. La segunda, Mnemea, era la que se encargaba de darle forma, es la memoria que recuerda y plasma ahora lo que su hermana Meletea había pensado antes. Esta musa, realmente, sería la fundamental de la creación, la que concretaría y fijaría la ideación abstracta de lo que Meletea, simplemente -aunque no es poco-, habría fugazmente ideado antes. Sólo con Mnemea se plasma realmente la creación, se toma la decisión final de lo que sea. Aedea, la última hermana, es por fin la ejecutora de la creación, con los medios artísticos que sean: pintar, cantar, tocar, escribir, grabar, etc...

El escritor estadounidense Jack Williamson (1908-2006) fue de los primeros autores en dedicarse a la ciencia-ficción. En los años treinta del pasado siglo publicaría relatos de ese género que se hicieron famosos gracias a la revista Amazing Stories. En uno de esos relatos uno de sus personajes, llamado Jumbar, debe elegir ahora entre escoger un guijarro o un imán para crear así un tipo de mundo u otro. Eso provocaría que, tiempo más tarde, se acabara denominando Punto Jumbar al acontecimiento especial y singular con el cual, a partir de ahí, todo cambiara y fuese ahora diferente... Surgió entonces el concepto de ucronía. Con él se trata de describir un nuevo género literario que permitiría, a partir de un suceso en el pasado, cambiar ahora los acontecimientos y desarrollar así todo lo nuevo que podría suceder como consecuencia de ese trascendental cambio.

Muchos autores han creado novelas que han utilizado la ucronía como motivo fundamental de su narración. Por ejemplo, el escritor norteamericano Harry Turtledove (n.1949) publicó en el año 2002 Britania conquistada, un relato que contaba la historia de lo que hubiese sucedido si la Armada Invencible de Felipe II hubiese tenido éxito. O el también escritor americano Gregory Benford, que narró en su novela Hitler victorioso la posibilidad de que los aliados hubiesen perdido la Segunda Guerra Mundial. En la Historia académica algunos investigadores han utilizado un método parecido para la crítica histórica. Es lo llamado Historia contrafactual, que desarrolla supuestos alternos para sucesos pasados que pudieron haber sido de otra forma y las consecuencias que de ello se hubieran podido originar.

De las muchas ocasiones que la Historia tiene para citar momentos trascendentales en su desarrollo, quiero destacar dos acontecimientos, dos batallas -hechos drásticos en el pasado de grandes cambios- que, sucedidas con más de dos mil años de diferencia, resultaron claves en el mundo que después de ellas se vivió y que influyen, incluso, en lo que somos ahora. Una de ellas fue la Batalla de Gaugalema, donde Alejandro Magno venció al enorme y grandioso imperio Persa. Fue el 1 de octubre del año 331 antes de Cristo. Se trataba entonces de que existiera un mundo Occidental o un mundo Oriental que prevaleciese... Lo que hubiese sucedido de perder los griegos esa batalla sólo los historiadores, o ni ellos mismos, pueden acaso imaginar. Fue el triunfo de la cultura helénica frente a la oriental, entonces ésta mucho más poderosa y dirigida por la dinastía aqueménida del persa Darío III, una dinastía y un mundo que acabaron para siempre con la victoria de Alejandro de Macedonia.

Otra batalla significativa fue la de Sedán, producida el 1 de septiembre de 1870 y que significó el triunfo del inminente y poderoso Imperio alemán frente al débil y decaído -reflejo deslavazado de lo que fue- Segundo imperio francés de Napoleón III. Fue una derrota bestial la que ocasionaron los alemanes a Francia, destruyendo entonces todo su ejército y humillando al propio emperador francés. Como consecuencia el kaiser Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador de Alemania en el Palacio francés de Versalles en enero de 1871. El enorme poder e influencia que Alemania conseguiría la llevaría a la Primera Guerra Mundial..., y, luego de ésta, se provocaría la siguiente, devastadora y criminal Segunda Guerra mundial... sólo veinte años después.

En el Arte los creadores eligen un tema para plasmarlo después en un lienzo; ¿qué les lleva a pintar algo así y no otra cosa diferente? La musa Mnemea es la responsable, según los antiguos griegos, de que esa idea se lleve a cabo. La realidad es que las obras de Arte, como las vidas de las personas, son lo que son porque así fueron decididas. Podrían haber sido decididas de otro modo, pero, ¿cómo sabremos nunca, después, el diferente modo de algo que ya se creó de ése antes? Sólo algunos creadores han hecho de su Arte una ficción de lo que otros antes que ellos hicieron. También, en estos casos, la musa debe trabajar, ya que ¿por qué hacerlo ahora? Lo cierto es que el tiempo ayuda siempre a justificar una inspiración, a no considerarla veleidosa, porque únicamente la veleidad existe cuando sólo algo muy trivial pueda cambiarse ahora de inmediato. Lo cierto, insisto, es que si el tiempo ya pasó lo nuevo que se cree ahora será otra obra o cosa diferente, será otro camino distinto, y nunca, nunca, sabremos realmente qué otra cosa, entonces, pudimos también crear o vivir...

(Cuadro de Jan Brueghel el viejo, Batalla de Arbela, 1602, -batalla ganada por Alejandro el Magno- Museo del Louvre; Bajorrelieve de la Escuela de Atenas, Las tres Musas, siglo IV a.C.; Pintura Batalla de Reichshoffen, 1887- Batalla de Sedán, 1870-, del pintor francés Aimé Morot; Cuadro de Anton von Werner, 1843-1915, La proclamación del imperio Alemán, 1885, Museo Bismarck, Alemania; Óleo de Rembrandt, Hombre con yelmo dorado, 1650; Cuadro de Picasso, Hombre con yelmo dorado, interpretación de un cuadro de Rembrandt, 1969; Cuadro La Gioconda, de Leonardo da Vinci, 1502, Louvre; Óleo anónimo de un copista de La Gioconda, La Mona Lisa, siglo XVI, Museo del Prado; Cuadro de Velázquez, Las Meninas, 1657, Prado; Óleo de Picasso, Las Meninas según Velázquez, 1957.)

26 de enero de 2011

El estigma de la incomprensión, sus formas y consecuencias en la soledad y la violencia.




Según cuenta la Biblia, Job fue un hombre justo, virtuoso y respetuoso de su divinidad. Tuvo una gran familia que le quería, era padre de siete hijos y tres hijas. Llegaría a ser un rico ganadero y poseería miles de reses. También mantenía una gran servidumbre, personas a su servicio a las que él trataba bien. Era un ser íntegro, bienintencionado, amigable y confiado. Pero, un día, todo eso acabaría para siempre. Sólo terminarían quedando él y su esposa, nada más. El ganado enfermaría, los siervos fallecerían y un fuerte viento arrasaría su casa y a sus hijos, desapareciendo todo para siempre. Aun así Job continuaría confiando en su dios y en su suerte... No se planteó con todos esos graves sucesos cuestionarse nada de su vida, ¿por qué, si él no se lo merecía? Pasó el tiempo y una cruel enfermedad acabaría llagándole su piel. Job entonces, agotado, se sienta a descansar ahora, impotente y desecho, para utilizar una pequeña teja con la que aliviar las terribles molestias de su cuerpo. En ese mismo momento su esposa lo ve así, y, harta ella de tanta desgracia, le recrimina tajante a Job: ¿Todavía perseveras en tu rectitud...? Maldice a tu dios y muere...

A principios de los años veinte del pasado siglo surge en Alemania un nuevo movimiento artístico, La Nueva Objetividad. Esta tendencia en el Arte se caracterizaba por un rechazo al Expresionismo de entonces -principios del siglo XX-, tendencia que deformaba la realidad con trazos irregulares y fuertes colores atropellados. Lo curioso es que ambos movimientos artísticos eran, básicamente, iguales en lo estético, tan sólo variaban en el motivo de la expresión. Cuando los expresionistas utilizaban la filosofía como fuente de inspiración, el nuevo y semejante movimiento justificaba su tendencia con criterios más políticos o sociales. Los miembros de esta nueva tendencia artística descubrieron entonces a un desconocido -hasta ese momento- pintor de siglos anteriores, y comenzaron a identificarse con su muy personal estilo artístico. Georges de La Tour (1593-1652) fue un peculiar pintor francés del Barroco, uno de los más importantes tenebristas de la historia, donde ahora la luz es casi siempre protagonista de sus obras, pero no una luz cegadora que clarifica y demuestra, no, sino una luz ahora que sólo atisba, sostiene o mediatiza lo que alumbra.

El dios latino Marte no fue tanto el dios griego de la guerra cuando más un dios violento, decidido, brusco o atormentador. También protegía el desarrollo vegetal y, por ello, la prosperidad que ofrece el vigor exuberante de la Naturaleza. Pero otro de los dioses de entonces, el dios Cupido, es ahora justo lo contrario que aquél, es el niño travieso que no hace más que disparar, al azar y distraído, sus arrebatadoras e hirientes flechas amorosas y demoledoras. Una vez Marte lo castigaría desabrido y violento, sin comprender éste siquiera que aquél -Cupido- sólo obedecía así a su propia e inevitable naturaleza. La filósofa francesa Simone Weil (1909-1943) dijo una vez de la infancia ingenua: La parte del alma que pregunta ¿por qué se me hace mal?, es esa parte de todo ser humano que ha permanecido intacta desde su infancia.

Lucrecia fue una hermosa y honesta noble mujer de la antigüedad romana. Tal fue su belleza que el propio hijo del rey romano Tarquino -entonces Roma era una monarquía- quiso ahora poseerla como fuese. Forzó entonces a Lucrecia una noche violentamente. Luego ella, después de aquella vil y desconsiderada afrenta, trataría por todos los medios de que su deshonra quedara desultrajada... Pero al ver que nadie se atrevía con el regio violador, al sentirse ella del todo ahora incomprendida, no pudo más que tomar la terrible decisión de suicidarse. Las consecuencias de esa cruel afrenta -según la Historia- llegaron algo más tarde a ocasionar la propia caída de la Monarquía romana y el advenimiento luego de la decisiva e imperial República de Roma.

No hay etapas en la vida que no sean susceptibles de desasosiego y maldición. La infancia y la vejez se sitúan en el inicio y el final de lo que somos... Ahí, en esas etapas extremas, la inocencia y el desamparo serán los rasgos más característicos de ambos momentos vitales. Pero, sin embargo, entre esos dos momentos temporales se sitúa ahora la dura, desesperada, fría, solitaria y perversa madurez. En ella, sobre todo, la conciencia de la incomprensión es devastadora. No podemos ahora más que seguir adelante, soportando todo sin rubor, sin pudor, sin denuncia y sin parar. Porque en la infancia no tenemos aún conciencia de nada, y en la vejez, muy pronto, todo acabará...

Pero en la etapa donde las cosas han desarrollado y aún no han culminado del todo, el ser humano deambula ahora en una inercia desenfocada y agotadora. Es ahora la incomprensión de los demás, de los otros, la que descolla, envilece, revienta y cansa hasta hacer padecer al ser maduro las peores de las sensaciones: la que no se percibe ahora porque ni se supone, ni se ve, ni se admite... La madurez, entonces, la sufre -como en las obras de George de La Tour- de una forma atisbada y anónima, solitaria y oscura..., al no poder ocultarse ya ni tras la figura atenuante del comienzo inocente y condescendiente, ni tampoco en la del final más devocional, desarmado, latente... y sin explicaciones.

(Cuadro del pintor francés Georges de La Tour, Job increpado por su esposa, 1632; Óleo del pintor Bartolomeo Manfredi, Marte castigando a Cupido, 1620; Cuadro La Limosna, 1905, del pintor español Gonzalo Bilbao; Cuadro Lucrecia y Tarquino, 1630, del pintor Simon Vouet; Cuadro del pintor norteamericano Edward Hopper, Nighthawks (Noctámbulos), 1942.)

25 de enero de 2011

El tiempo entrecruzado, la onírica belleza, la infinitud del pasado y nuestro engaño.



El cine ha utilizado siempre la literatura para encontrar la inspiración que las imágenes han necesitado -y necesitan- para llegar a emocionar con sus creaciones dinámicas. El gran productor norteamericano David O. Selznick (1902-1965), en uno de los castings que realizara a lo largo de toda su vida, se encontraría una vez con una joven extraordinariamente bella pero de gesto vulnerable... Antes de finalizar su corta actuación ante el exigente productor, la joven aspirante se derrumbaría desconsolada. Acabaría en un mar de lágrimas, decidida a dejarlo todo allí. Él, sin embargo, vería en ella algo que le hizo pensar entonces que esa mujer podría llegar a ser toda una estrella de cine. Así fue como la actriz Jennifer Jones (1919-2009) consiguiera, después de mal vivir como una modelo mediocre en Nueva York, llegar a alcanzar los primeros peldaños de su gloria.

En el año 1948 lograría ella protagonizar la película -producida por Selznick- El Retrato de Jennie, filme basado en una novela del escritor norteamericano Robert Nathan (1894-1985). En esta película la protagonista -Jennie- acabaría siendo convertida en la modelo artística perfecta para el retrato que un pintor frustrado necesitara hacer -cree él así- para alcanzar la inspiración y la belleza máximas. Cosas que, nunca antes, habría podido conseguir llevar a cabo. Con la salvedad, ahora, de que ella no existe realmente..., de que tan sólo es ella una ensoñación, una representación fantasmal del propio deseo del autor al pintarla. Tan real es, sin embargo, para el pintor esa representación, como lo son de hecho las ideas, imágenes o sonidos que los propios creadores puedan llegar a sentir. Ella permanecerá siempre joven para él, cuando ahora el pintor, a cambio, envejecerá normalmente. Jennie parece entonces venir de un tiempo indefinido... Nada muere, todo cambia; hoy es el pasado de otro tiempo, dirá en una ocasión su misterioso personaje.

Las tres etapas en que dividiremos el tiempo los hombres: pasado, presente y futuro, no son más que conceptos creados por nosotros mismos para posicionarnos, de alguna manera, con lo que no comprenderemos bien. Sólo ha existido y existe realmente el pasado, es lo único que nos ha pertenecido, y que nos referencia además, que nos sitúa así en nuestra propia historia personal... El futuro no existe. Y el presente es imposible ser medido, ser atrapado siquiera en un segundo. ¿Cuánto dura un presente? Sin embargo, el novelista Robert Nathan afirmaba en su relato: No hay distancia en esta Tierra tan lejana como ayer. Y esta es la gran contradicción de nuestro mundo: que el tiempo se parece entonces a una gran rueda que, a medida que avanza, nos alejará más y más de todo; aunque, a la misma vez, parecerá que estemos parados y distantes, como mirando una luz...

Cuando el héroe mitológico Ulises llega a la isla de Ogigia -cerca del estrecho de Gibraltar- naufraga entonces frente a sus terribles costas. Es acogido allí por la ninfa Calipso, reina de esta fabulosa y tranquila isla... Ella siente ahora, de pronto, un amor ineludible hacia Ulises, uno tan grande que acabará absorbiendo al héroe en una nebulosa temporal que hará sentir a éste transportado a otra dimensión incluso. Él debe continuar, sin embargo, navegando hacia su destino, hacia su Ítaca querida; pero, percibe ahora como si el tiempo se le hubiese del todo detenido. Está rodeado de un maravilloso, grandioso y deseado paraíso, así es como Calipso intentará hacerle olvidar ahora su impenitente destino. Llega ella, incluso, a ofrecerle la inmortalidad. Pero Ulises se niega, y no sabe él muy bien por qué, ya que lo ha olvidado todo antes... No es feliz del todo ahora, pero tampoco sabe muy bien por qué no lo es. Siente una necesidad, pero es incapaz de comprenderla. Atenea, la diosa protectora del héroe, le pide entonces a Zeus que ayude a Ulises a regresar a su destino. El dios más poderoso obliga a Calipso a que deje libre a Ulises. Ésta aceptará obligada, con todo el dolor que le supone ahora dejar partir al ser amado. El héroe se había llevado, sin él saberlo ni percibirlo siquiera, casi diez años detenido en esa maravillosa pero perdida isla de Ogigia...

Nuestra vida se pierde a veces por un tiempo que parece no existir, que parece no haber existido nunca en verdad. Y creeremos vivir incluso de otro modo, pero no lo vivimos realmente en verdad. Del mismo modo, pensaremos a veces que tenemos nuestro tiempo para siempre, como un espacio personal de algo que nunca acabará, como algo que nos pertenece, que es nuestro, y que podremos atraparlo siempre a través de un soporte vital extraordinario, el que éste sea a veces, para mantener así, ahora, toda su belleza eterna para siempre. Y todo esto, incluso, de una forma ahora que ésta -la belleza de ese tiempo- nos complazca además deseosa, poderosa y libre, a la vez que unida a nosotros, para siempre...

(Cuadro del pintor Arnold Boecklin, 1827-1901, Calipso y Ulises, 1883; Fotograma de la actriz Jennifer Jones en la famosa película Duelo al Sol, 1952; Fotograma de la película El Retrato de Jennie, 1948; Cartel británico de la película El Retrato de Jennie, 1948; Cuadro del pintor actual español Angel Mateos Charris, Futuro no, presente no, pasado, 1999; Autorretrato del pintor en su estudio, del pintor surrealista Arnold Boecklin, 1893; Cuadro del pintor Boecklin, Autorretrato con la Muerte y el Violín, 1872; Óleo del pintor actual español Guillermo Pérez Villalta, 1948, El rumor del Tiempo, 1984, Particular;  Óleo La isla de los Muertos, 1883, de Arnold Boecklin.)

Vídeo El Pen Story:

21 de enero de 2011

La frágil conciencia entre la ladina tentación y el lábil, meritorio y hasta milagroso sentido.





Según nos cuenta un antiguo relato el griego Herodoto (484 a.C- 425 a.C.) -el primer compilador de historia del mundo-, existió una vez un rey de la antigua Lidia, actual Turquia occidental, llamado Candaules que vivió en el siglo VII a.C. Este rey sentía tanto orgullo y satisfacción por la belleza de su esposa que no pudo evitar la tentación de mostrarla desnuda a Giges, uno de sus más cercanos y fieles colaboradores. Porque tal cantidad de maravillas le acabó contando de ella que pensó que éste -Giges- no se lo creería a menos que la viera. Entonces le propuso que, una noche, fuese al dormitorio real y se escondiera antes que ella entrase. De ese modo lograría mirarla antes incluso de ella acostarse, así podría alabar realmente lo que antes le había contado el rey. Giges lo dudó, tuvo miedo de las consecuencias, de lo que pudiera pasarle. Sin embargo, el rey, decidido, le insistió.

Una noche Candaules lleva a su habitación a Giges. Entonces la reina llega y se desnuda. Ahora Giges contempla todo lo que, en verdad, el rey le había contado. Al final, cuando Giges comprende que debe abandonar el dormitorio, en ese momento la reina pudo ahora verlo a él mientras huía. Ella entonces, prudentemente, calló. Al día siguiente llamó a Giges y, después de contarle lo que ella sabía, le dijo que sólo tenía dos opciones: o matar al rey por haberla ofendido, y sustituirlo él; o matarse para evitar caer en otras tentaciones... que pudiera ofrecerle Candaules... Después de escucharla Giges no supo qué hacer, y volvió a dudar. Pensó rechazar la oferta pero ella insistió. Así que decidió matar al rey. Fue ahora la reina quien ocultaría a Giges en el mismo lugar en el que él había estado antes. Así mató al rey, mientras éste dormía junto a su reina.

Existe otra leyenda contada por el filósofo Platón en su obra La República llamada El anillo de Giges. Cuenta esta historia que Giges ahora era un pastor antes de entrar en la corte del rey. Una tarde, mientras guardaba su rebaño, se precipita una gran tormenta y un poderoso rayo abre una sima en la tierra, un gran surco profundo muy cerca de donde él estaba. Curioso, Giges no pudo evitar la tentación de bajar por el enorme agujero abierto. Éste le condujo a un recinto lleno de cosas maravillosas. Encontró, por ejemplo, un grandioso caballo de bronce y además, tumbado en el suelo, el cuerpo moribundo de un gigante como nunca antes habría visto. Entonces se fijó en una hermosa sortija que relucía brillante entre sus dedos. No pudo resistirse y la tomó.

Al cabo de unos días, en una de sus reuniones con los demás pastores, Giges lleva la sortija consigo. Sentado y distraído jugaba con ella en su dedo anular cuando, de pronto, la gira hacia el interior de su mano. Y entonces comienza a escuchar como los demás hablan de él, pero ahora como si él no estuviese allí: se había ocultado a los otros, se había hecho del todo invisible. Luego, al girar el anillo hacia afuera, vuelve a hacerse visible de nuevo. Asombrado y ansioso decide usarlo contra el rey en una visita a Palacio. De ese modo, invisible y seguro, pudo seducir a la reina y después matar al rey, apoderándose al final del reino. La moraleja de la leyenda es: ¿puede evitar el ser más justo la tentación de hacer lo que desee, aun en contra de los demás, al saberse seguro de que nunca será visto ni descubierto?

Decía Oscar Wilde que la única forma de resistir a la tentación es sucumbiendo a ella. En la historiografía artística casi siempre se ha representado la tentación con grandes santos virtuosos. Esa debía ser la forma, al parecer, en que se humanizaban a esos sagrados seres, consiguiendo transmitir así la lección moral propuesta. Pero, la tentación sólo existe si realmente se produce (no si se siente sin caer), si no, no es tentación, es otra cosa. La lección moral está clara, pero únicamente hay tentación si se cae en ella. Por ejemplo, La Tentación de San Antonio es un contrasentido. Porque para que lo sea debe existir, debe realizarse... Puede ser ésta más o menos fuerte, más o menos consecuente, o más grande o más pequeña, pero seguro debe ser tentación, seguro existir el hecho en sí mismo. Es decir, que sólo no se cae si antes no se ha llevado a cabo ninguna tentación. En otras palabras, los ascetas evitan llegar ni al vestíbulo de la tentación.

Los pintores de la escuela Prerrafaelita decidieron mostrar al mundo no sólo una nueva tendencia pictórica, que ellos creían idílica y perfecta, sino que propugnaron además una filosofía que proclamara un mundo diferente, una ruptura con la sociedad industrial y moderna que, por entonces -siglo XIX-, enajenaba y anulaba la libertad y la virtud de los hombres. Ellos entendían que habría que encontrar las verdaderas raíces de la sociedad, ese espacio donde la Naturaleza y el hombre pudieran de nuevo reconciliarse. En ese sentido uno de sus miembros, el pintor británico William Holman Hunt (1827-1910), conseguiría la admiración y el rechazo a la vez de la rígida sociedad victoriana de su tiempo cuando presentara, en  el año 1853, su obra El despertar de la conciencia.

En esta impresionante obra prerrafaelita una pareja adúltera, burguesa y acomodada, se encuentra ahora en una estancia íntima y personal: la habitación de un pequeño apartamento londinense en un ambiente a la vez victoriano y moderno. Ellos están distendidos, confiados, alegres. La mujer -la amante- se muestra segura pero algo inquieta, algo le oprime a ella, sin saber exactamente qué es. Está satisfecha con su vida, pero del todo ignorante del mundo exterior... En un giro de pronto hacia la ventana -reflejada en el espejo posterior-, le inspirará a ella sentir ahora, sin embargo, un despertar hacia la belleza de la vida expresada en los árboles y en la Naturaleza libre, verdadera y auténtica. Es el simbolismo aquí de un descubrimiento desasosegado, el que nos atenazará y nos complacerá al mismo tiempo. La conciencia lúcida aquí descubierta la invitará a ella -sólo unos segundos- a elegir entre la mortífera tentación de seguir como hasta ahora -protegida pero presa- o tomar la libre -pero inconsistente- huida hacia lo sensato, hacia lo prodigioso o hacia lo milagroso.

(Cuadro del pintor inglés William Etty (1787-1849), Candaules muestra su mujer a Giges, 1820; Óleo Lady Shalott, del pintor victoriano William Maw Egley (1826-1916), donde cuenta la leyenda de la virtuosa Dama de Shalott que, encerrada en una torre para tejer toda su vida, tuvo una ensoñación donde le anunciaba que si miraba en dirección a Camelot le esperaría una terrible maldición, no pudo resistirse el día que, a través del espejo vio a Lancelot, y su deseo la perdió; Cuadro del pintor prerrafaelita inglés William Holman Hunt, El Despertar de la Conciencia, 1853, Tate Gallery, Londres; Cuadro de Velázquez, La Tentación de Santo Tomás, 1632; Óleo del pintor italiano Domenico Morelli (1823-1901), La Tentación de San Antonio, 1878, Galería de Arte Moderno, Roma.)

19 de enero de 2011

Nada iguala la creación artística, hasta los dioses con su inmortalidad la desearon...





Según contaba la mitología helénica existió una vez un Titán, un semidiós poderoso, creativo pero ingenuo, llamado Prometeo, y que alcanzaría a ser tan poderoso y fuerte que el mismísimo dios Zeus le llegaría a temer una vez por su audacia. Manejaba la tierra con el agua y creaba e inventaba así cosas maravillosas... Una vez llegaría, incluso, a crear una criatura humana... Éste acabaría siendo el primer hombre. Pero, pronto se daría Prometeo cuenta de la extrema fragilidad del nuevo ser: no podría sobrevivir por sí solo en un mundo tan hostil, frío y desalmado. Decidido, Prometeo robaría a los dioses un prodigio, un maravilloso dominio para que los hombres pudieran ahora defenderse. Ese prodigio fascinante fue conocido luego como el fuego.

De ese modo, los hombres terminarían por multiplicarse. Los dioses, abrumados ahora por completo, se ofendieron mucho con Prometeo tanto por su osadía como por su diabólica invención. Para contrarrestar la amenaza de esa nueva creación, los dioses enviaron a la Tierra ahora otra criatura, esta vez una hecha por ellos mismos. Así Zeus creó entonces a Pandora, una mujer de gran belleza, gracia, audacia y hasta fuerza. Conseguiría ella incluso engañar a Prometeo..., para terminar así uniéndose a otro titán-hombre luego, Epimeteo, hermano de aquél. Éste acabaría dejando por error al alcance de Pandora una caja misteriosa... La caja era realmente un arma poderosa, un artificio peligroso y secreto que tan sólo los titanes podrían utilizar. Sin embargo ahora ella, curiosa, la tomará, levantará su tapa y, de pronto, escaparían de la caja todos los males que ésta guardaba en su interior. Esos males se extenderían ya por toda la Tierra, llevando ahora la perdición y la angustia a los hombres.

Pero algo extraño sucedería también en esa caja misteriosa. En su fondo, agazapada y latente, quedaría guardada, sin embargo, la esperanza... Esa fue la única cosa que los hombres-criaturas pudieron aprovechar de sus creadores. Pero, a cambio, disfrutaron ellos a partir de entonces de otra cosa además: de la posibilidad de crear Belleza... Para esto, para crear Belleza, el paso del tiempo es -inconscientemente- imprescindible. La inmortalidad, en consecuencia, sólo se alcanzaría con la creación de Belleza. Se precisa, por tanto, tener alguna vez que desaparecer... para que surja así el estímulo creativo. ¿Cómo, entonces, si no, se pretenderían crear obras inmortales...? Por eso mismo solo ellos, los artistas, pueden sortear aquellos males escapados de la caja y menospreciar lo demás...

Sus vidas, generalmente, son eriales de amor, de belleza y esperanza. Sólo se consagrarán los artistas a su arraigo interior ineludible. Los demás, los mortales sin motivo, los que sólo admiraremos y necesitaremos de sus creaciones artísticas, nos aferraremos ahora al amor, a la belleza y, sobre todo, a la esperanza... Con estas cosas lucharemos contra el paso del tiempo; con ellas buscaremos crear, al menos, algo digno que nos satisfaga de la desesperación. El amor y la belleza nos llevarán, inútilmente a la postre, a tratar de justificarnos con la vida y su alegre desatino. La esperanza es, quizá, la única creación mental que, como un sustitutivo poderoso, necesitaremos ahora mucho más para compensar así nuestra inexistente y tan deseada creatividad.

(Cuadro El Tiempo superado por el Amor, la Esperanza y la Belleza, del pintor Simón Vouet, 1627, Museo del Prado, Madrid, en este óleo se observa como la Belleza tomará por los pelos al Tiempo -el dios Saturno- y tratará de amenazarlo con la lanza; la Esperanza, con el ancla de la salvación, confiará en poder someterlo; y por fin el Amor, en este caso Cupido, que mordisqueará las alas del Tiempo..., este dios, el Tiempo, ahora con su hoz mortal y su reloj inapelable, apartará así las molestias, si acaso, que aquellos otros le sigan provocando; Óleo del mismo pintor Simón Vouet, con la misma representación iconográfica, pero realizado 19 años después del otro lienzo, Saturno conquistado por el Amor, la Belleza y la Esperanza, Museo de Bourges, Francia; Boceto del pintor prerrafaelita Dante Rossetti, Pandora, 1869; Cuadro del pintor Pompeo Batoni, El Tiempo y la Vejez destruyendo la Belleza, 1746; Óleo del pintor Jan Cossiers, Prometeo trayendo el Fuego, 1638, Museo del Prado; Cuadro abstracto del pintor español José Bellosillo, 1954, La Esperanza, de 1982.)

18 de enero de 2011

Imitaciones y copias en el Arte: a veces creaciones excelsas, otras taimadas y otras espurias.



Según contaban las crónicas españolas de Indias, al sur del istmo de Panamá, donde se situaba la vasta y salvaje selva del Darién, se extendía un maravilloso lugar llamado Dabaibe. Habitado entonces por el feroz pueblo de los Cunas, esa región inexpugnable tendría fama de poseer una gran riqueza. Decían que allí existía un inmenso templo donde los caciques del lugar habrían ocultado gran cantidad de joyas y objetos preciosos. Al parecer era un edificio enorme, con paredes todas recubiertas de piedras preciosas, pero situado todo eso en medio ahora de toda aquella jungla imposible.

El descubridor español Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) fue el primero en intentar encontrarlo, inútilmente. El entonces gobernador de Veragua, Pedrarias Dávila, enviaría allí una gran expedición compuesta por trescientos hombres. Esa expedición castellana sería rechazada tanto por una selva inhumana como por aquellos feroces indígenas Cunas. Otras tantas tentativas se llevaron a cabo, pero nada, nunca se halló aquel fabuloso templo en Dabaibe. Es seguro que el Templo de Dabaibe jamás existió. Sin embargo, Núñez de Balboa -según se contaba entonces- sí que recibiría de un cacique llamado Tumaco gran cantidad de joyas de oro y de perlas acuíferas, todas estas además de un extraordinario tamaño.

Años después, en el golfo de Panamá, en el recién descubierto océano Pacífico, fueron halladas las islas de las Perlas, llamadas así por la multitud -y tamaño tan considerable- que de esos moluscos se encontraron allí. En una de las remesas de esas perlas de gran tamaño que se enviaron a España, una de ellas -o varias, no se sabe bien- terminaron en el Palacio Real de Felipe II en Madrid. El caso es que a la corona le llega una perla que se acaba denominando La Peregrina. Y no en balde, ya que su peregrinar -o el de varias de ellas- terminaría en los collares o sombreros de algunas de las cabezas más regias de Europa. La primera de ellas fue la reina de Inglaterra María Tudor -hija del inefable Enrique VIII de Inglaterra-, que acabaría casándose con su sobrino Felipe II de España en 1554. Este rey español acabaría regalándole a su esposa inglesa una de esas perlas. Pero también, según otras crónicas, este mismo rey se la ofrecería -¿ésta u otra?- a su siguiente esposa la francesa Isabel de Valois en 1560.

En el caso de la reina inglesa tenemos el retrato del pintor Antonio Moro (Anthonis Mor) (1515-1578), donde se observa La Peregrina. En el caso de Isabel de Valois no existe ningún retrato contemporáneo de ella en el que aparezca la Perla. Sí existe un retrato del pintor Pantoja de la Cruz (1553-1608), pero este cuadro fue una copia hecha luego, en 1605 -años después de fallecer la reina Isabel-, de un retrato anterior de ella donde no lucía la joya. Sí vuelve aparecer otra vez la Perla Peregrina en otro cuadro real en 1635, cuando Velázquez pinta ahora a la esposa de Felipe III, Margarita de Austria, con otra Perla Peregrina, ¿la misma perla? Otra historia cuenta que el rey Felipe IV de España le regala a su hija María Teresa de Austria esa perla por su boda con el rey francés Luis XIV en el año 1660. Estuvo por tanto otra perla Peregrina en Francia hasta su desaparición en plena Revolución francesa. También existe otra perla Peregrina -¿la misma?- que continúa en la Corona española hasta que el rey napoleónico José I Bonaparte, al huir de España en 1813, se la lleva consigo. Acaba entonces en manos de la familia bonaparte hasta que Napoleón III, sobrino del famoso emperador, la tuvo que vender para financiar sus propósitos políticos.

La compran unos aristócratas ingleses que la vuelven a vender a principios del siglo XX. Años después, en 1969, en una famosa subasta celebrada en Nueva York, el actor británico Richard Burton la adquiere para su esposa la actriz Elizabeth Taylor. Pero, de existir tan magnífica perla, ¿cuál fue la primera y única perla Peregrina, la verdaderamente original? Hay joyas u objetos artísticos muy antiguos que difícilmente pueden certificarse, aunque sean joyas auténticas, porque lo pueden ser, pero, ¿fueron aquélla...? Algunos grandes pintores entendieron que copiar obras de otros maestros era uno de los mayores homenajes que se les pudiera hacer. De ese modo Rubens copió literalmente varias obras del genial Tiziano cien años después. Pero otros pintores no tan famosos, quizá por vanidad, quizá por interés, tal vez por ambas cosas, crearon obras donde imitaron a sus admirados creadores. No les copiaron sus obras, sólo imitaron su estilo; pero, sin embargo, sí copiaron otra cosa: el nombre, la firma famosa. Eso les malogró. Aunque, posiblemente, no acabara por importarles en el fondo, ya que así consiguieron la fama, esa que los pinceles y sus propios lienzos no les llegaron a ofrecer.

(Cuadro de Rubens, La Bacanal de los Andrios, 1635, Museo de Estocolmo; Cuadro de Tiziano, La Bacanal de los Andrios, 1520, Museo del Prado; Óleo de Han Van Meegeren, Los discípulos de Emaús, 1937, Holanda, imitador y fraudulento creador de obras similares a Vermeer; Óleo del gran pintor holandés Vermeer, Cristo en casa de Marta y María, 1655, Galeria de Escocia, Edimburgo; Cuadro de Van Meegeren, 1889-1947, Cristo y la adúltera, 1935, Holanda; Fotografía en Alemania de soldados americanos recuperando obras -equivocadamente- del genial Vermeer, éstas fueron adquiridas por el jerarca nazi Göering creyendo que eran de Vermeer, pocos años después fueron desmentidas por los expertos, y así descubierto el falsificador Han Van Meegeren, detenido y juzgado; Cuadro del pintor Gauguin, Les Parau, Parau, 1891, Hermitage, San Petersburgo; Óleo del falsificador húngaro Elmyr De Hory, 1906-1976, Mujeres en Tahiti, imitando el estilo -y la firma- de Gauguin; Óleo del gran pintor Modigliani, Retrato de mujer con sombrero, 1917; Cuadro del falsificador Elmyr De Hory, imitando a Modigliani; Óleo del pintor Antonio Moro, Reina María Tudor, 1554, luciendo la Perla ¿Peregrina?; Cuadro de Velázquez, Retrato ecuestre de Margarita de Austria, 1634, donde se observa la Perla Peregrina; Cuadro del pintor Pantoja de la Cruz, Isabel de Valois, 1605, en donde se ve la Perla en su tocado, aunque en ese año la reina estaba muerta, fue un retrato de un retrato, al cual le añadió el pintor la Perla en su vestuario, al parecer; Fotografía de la actriz Elizabeth Taylor luciendo un collar con, al parecer, la Perla Peregrina; Fotografia de Elmyr De Hory, 1971; Fotografía de Han Van Meegeren en su juicio, 1946.)

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