29 de julio de 2011

La Belleza más inesperada y subyugante o el anónimo, atrayente e inevitable Arte.



Cuando una  tarde del otoño despejado sevillano me dirigía a pie, caminando lentamente, hacia la Galería el Fotómata para perfeccionar mis conocimientos fotográficos, pasé entonces por una de esas pequeñas calles desconocidas del centro más antiguo de la ciudad. Tan estrecha, irregular y desconocida calle -por poco transitada- que pudiera entonces encontrar antes de llegar a mi destino. La calle San Blas de Sevilla comenzaría llamándose calle de los Ribera por haber vivido allí la familia de uno de los primeros caballeros que acompañaron al rey Fernando III, don Per Afan de Ribera, en su conquista de la ciudad a los moros en el año 1248. Luego, en la época de esplendor de la ciudad como puerto de América, se llegaría a denominar calle de la Cruz, para terminar a finales del siglo XVII llamándose así, con el nombre del milagroso eremita armenio. Caminaba por la tarde bajo un magnífico cielo otoñal, estremecedor por límpido y azul gracias a su atenuada luminosidad a pesar de la hora, lo que hacía a ese instante -el atardecer- aliado entonces de una imagen maravillosa para poder recordarla. El inicio de aquel largo crepúsculo otoñal hacía del cielo el mejor encuadre, el mejor lienzo, también, que de obra de Arte alguna se pudiera así obtener.

De ese modo, paseando con sosiego y tiempo, llegué de repente a una ampliación de la vía, a una anchura sobrevenida de uno de los lados de la calle. Era una especie de pequeña placita emergida lo que, al pronto, continuaba ahora sin acera, quizá por el derribo de algún solar ganado a la ciudad. De repente, al fondo de unos edificios demasiado modernos para tanta antigüedad apareció majestuosa y distante, detrás de unas paredes blancas desubicadas, una cúpula del todo perfecta, del todo maravillosa a lo lejos y revestida con cerámicas azules, amarillas, blancas y rojas. El límpido cielo en ese momento del atardecer colocaba una incipiente y tenue luna además, una luna lejana y difusa pero visible dentro de aquel encuadre perfecto para eternizarlo. Y sobre el fondo de todo ese encuadre azul contrastaba la enhiesta y orgullosa cúpula perfecta, imposible no fijarla en una fotografía para siempre. Pero entonces no llegaría a saber aún qué edificio histórico-religioso albergaba tamaña belleza. Tampoco me preocupé entonces. Es como cuando sólo la belleza importa, no su identidad ni su pasado ni su origen, nada más que la belleza ahora como única justificación o único Arte. Mes y medio después, al advenimiento de este blog, elegiría la imagen improvisada y fortuita de aquella cúpula -y de su cielo azul- para la cabecera del mismo (ya no utilizada). Porque solo me interesó entonces el efecto -su belleza- no su causa ni su razón de ser.

Sin embargo, seis meses después de aquella toma otoñal, en un itinerario esta vez opuesto al de entonces, caminando ahora por una de aquellas calles paralelas -también estrechas- de más allá de entonces, de la parte opuesta desde donde tomé la foto meses antes, descubrí ahora la fachada de lo que parecía al pronto un grandioso edificio antiguo pero desolado, como tantos otros que en orfandad se encuentran así. Decidido elegí eternizarlo entonces con las sorprendentes imágenes de su interior y su fachada. Así que hasta ese momento (algo se imagina pero no se termina aún por confirmar), nunca llegaría a sospechar que aquella cúpula otoñal de entonces fuera la misma cúpula primaveral de ahora. Una cúpula que plasmaría seducido y admirado tanto de su interior como de su exterior en una mañana luminosa y azul con las imágenes de mi cámara. Los jesuitas se fundaron como orden católica en el año 1534 por el español Íñigo López de Loyola (1491-1556). Su fundamento principal era propagar por todo el mundo la fe católica. Así fundaron iglesias y casas por toda Europa, luego por Asia y, más tarde, por toda la América española. Veinte años después de su fundación los jesuitas llegaron a Sevilla y construyeron templos, noviciados e iglesias. Pero no fue hasta finales del siglo XVII cuando se decidieron a construir un grandioso edificio religioso en la ciudad. Sería una iglesia, no tan grande como hermosa, propia además de la decoración Barroca de la época. El templo se terminaría en el año 1731 y se acabaría llamando Iglesia de San Luis de los Franceses.

La orden jesuita, como mucho antes los templarios, acabaron manejando un gran poder y una inmensa riqueza. Muestra de esa riqueza, conocimiento y capacidad fueron, entre otras cosas, sus obras arquitectónicas barrocas. Se distinguían por la exquisita, elaborada, innovadora y bella forma de construir y crear Arte. Pero todo ese inmenso poder se enfrentaría una vez a mayores poderes, los terrenales de los Estados y sus reyes absolutos. A causa de ese enfrentamiento la orden sería expulsada de España e incautadas todas sus propiedades -como en otros países europeos- durante el año 1767. En consecuencia los jesuitas debieron abandonar entonces todos sus templos y edificios en España. Luego, cuando el liberalismo español de comienzos del siglo XIX decidiera expropiar los bienes eclesiásticos por motivos económicos y políticos, los jesuitas de nuevo tuvieron, definitivamente, que dejar en el año 1835 sus templos en España, esta vez desamortizados por el Estado español liberal de entonces. Por ello, desde entonces, la iglesia sevillana de San Luis de los Franceses nunca más volvió a hacer sonar sus campanas ni a consagrar cosa alguna en su interior. Así se mantuvo el edificio, silencioso, y así sigue. Su creación fue tan artística como lo fue el deseo de impresionar a todos por entonces, de adoctrinar más con la belleza que con la palabra. Sus retablos, sus arcos elevados cerca de las ventanas superiores -por donde la luz aún sigue entrando, como entonces-, sus obras de Arte, sus pinturas, sus artesanales elementos -detenidos en el tiempo-, y sus maravillosos frescos en sus altos -casi vírgenes- techos concavados, harán de todo ese lugar un contradictorio y sorprendente monumento artístico barroco. Como lo fue aquel encuentro inusitado que tuviera entonces. Porque, ahora como antes, sólo la belleza fue y es lo único importante. La belleza inesperada, sin apellido, sin nombre, sin sentido práctico, sin fin. Pero maravillosa, apasionada, eterna, sorprendente, y absolutamente subyugante.

(Imágenes fotográficas, catorce, del interior y exterior de la antigua iglesia -hoy desconsagrada- de San Luis de los Franceses, mayo, 2009, Sevilla, España; Dos fotografías de la Cúpula monumental,  antigua iglesia de San Luis de los Franceses, noviembre, 2008, Sevilla, España.)

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