29 de enero de 2011

La ucronía -el absurdo temporal- en la vida, en la historia y en el Arte.



¿Qué hace que las cosas sucedan como lo hacen y no de otra manera? ¿Por qué la inspiración nos conducirá a una idea y no a otra? Y, ¿qué hubiera sucedido de no haberse hecho o ideado así, o, también, de haberse tomado o no otro camino distinto? Las musas fueron la invención que los antiguos griegos idearon para justificar la inspiración, ¿de dónde provenía ésta?, se preguntaban. Pero, antes de que se establecieran las nueve musas (tres de la poesía -la épica, la lírica y la didáctica, ésta última referida a la astrología-, una de la historia, otra de la música, la de la tragedia, la de los cantos, la de la comedia y finalmente la de la danza), se llegaron a adorar en Beocia -región de Grecia donde se situaba Tebas- las primeras tres musas de la historia griega. Esas musas eran tres hermanas, Meletea, Mnemea y Aedea. La primera, Meletea, era el pensamiento, la meditación inicial que imaginaba vagamente la idea, y esbozaba así la chispa de la creación. La segunda, Mnemea, era la que se encargaba de darle forma, es la memoria que recuerda y plasma ahora lo que su hermana Meletea había pensado antes. Esta musa realmente sería la fundamental de la creación, la que concretaría y fijaría la ideación abstracta de lo que Meletea, simplemente -aunque no es poco-, habría fugazmente ideado antes. Sólo con Mnemea se plasmará realmente la creación, se tomará la decisión final de lo que sea. Aedea, la última hermana, es ahora por fin la ejecutora de la creación, con los medios artísticos que sean: pintar, cantar, tocar, escribir, grabar, etc...

El escritor estadounidense Jack Williamson (1908-2006) fue de los primeros autores en dedicarse a la ciencia-ficción. En los años treinta del pasado siglo publicaría relatos de este género que se hicieron famosos gracias a la revista Amazing Stories. En uno de esos relatos uno de sus personajes, llamado Jumbar, debía elegir entonces entre escoger un guijarro o un imán para crear ahora así un tipo de mundo u otro diferente. Esto provocaría que, tiempo más tarde, se acabara denominando Punto Jumbar al acontecimiento especial y singular con el cual, a partir de ahí, todo cambiara y fuese diferente... Surgió por entonces el concepto de ucronía. Con él se trataba de describir un nuevo género literario que permitiría, a partir de un suceso en el pasado, cambiar ahora los acontecimientos y desarrollar así todo lo nuevo que podría suceder como consecuencia de ese trascendental cambio. Muchos autores han creado novelas que han utilizado la ucronía como motivo fundamental de su narración. Por ejemplo, el escritor norteamericano Harry Turtledove (n.1949) publicaría en el año 2002 su novela Britania conquistada, un relato que contaba la historia de lo que hubiese sucedido si la Armada Invencible del rey español Felipe II hubiese tenido éxito. O el también escritor americano Gregory Benford, que narró en su novela Hitler victorioso la posibilidad de que los aliados hubiesen perdido la Segunda Guerra Mundial. En la historia académica algunos investigadores han utilizado un método parecido para la crítica histórica. Es lo llamado Historia contrafactual, que desarrolla supuestos alternos para sucesos pasados que pudieron haber sido de otra forma, y las consecuencias que de ello se hubieran podido originar.

De las muchas ocasiones que la Historia tiene para citar momentos trascendentales en su desarrollo, quiero destacar aquí dos acontecimientos, dos batallas -hechos drásticos en el pasado de grandes cambios- que, sucedidas con más de dos mil años de diferencia, resultaron claves en el mundo que después de ellas se vivió, y que influyen aún, incluso, en lo que somos ahora. Una de ellas fue la Batalla de Gaugalema, donde Alejandro Magno vencería al enorme y grandioso imperio Persa. Fue el 1 de octubre del año 331 antes de Cristo. Se trataba entonces de que existiera un mundo Occidental o un mundo Oriental que prevaleciese. Lo que hubiese sucedido de perder los griegos esa batalla sólo los historiadores, o ni ellos mismos, pueden acaso imaginar ahora. Fue el triunfo de la cultura helénica frente a la oriental, entonces ésta mucho más poderosa y dirigida por la dinastía aqueménida del persa Darío III, una dinastía y un mundo que acabaron para siempre con la victoria de Alejandro de Macedonia. Otra batalla significativa fue la de Sedán, producida el 1 de septiembre de 1870 y que significaría el triunfo del inminente y poderoso Imperio alemán frente al débil y decaído -reflejo deslavazado de lo que fue- Segundo imperio francés de Napoleón III. Fue una derrota bestial la que ocasionaron los alemanes a Francia, destruyendo entonces todo su ejército y humillando al propio emperador francés. Como consecuencia, el kaiser Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador de Alemania en el Palacio francés de Versalles en enero de 1871. El enorme poder e influencia que Alemania conseguiría la llevaría a la Primera Guerra Mundial, y, luego de ésta, se provocaría la siguiente, devastadora y criminal Segunda Guerra mundial apenas sólo veinte años después.

En el Arte los creadores eligen antes un tema para plasmarlo después en un lienzo; ¿qué les llevará a pintar algo así y no otra cosa diferente? La musa Mnemea es la responsable, según los antiguos griegos, de que esa idea se lleve a cabo. La realidad es que las obras de Arte, como las vidas de las personas, son lo que son porque así fueron decididas... Podrían haber sido decididas de otro modo, pero, ¿cómo sabremos nunca después el diferente modo de algo que ya se creó de ése antes? Sólo algunos creadores han hecho de su Arte una ficción de lo que otros creadores antes hicieron. También, en estos casos, la musa debe ahora trabajar, ya que ¿por qué hacer eso ahora y no otra cosa? Lo cierto es que el tiempo ayudará siempre a justificar una inspiración, a no considerarla veleidosa..., porque únicamente la veleidad existirá cuando sólo algo muy trivial pueda cambiarse ahora de inmediato. Lo cierto, insisto, es que si el tiempo ya pasó lo nuevo que se cree ahora será otra obra o cosa diferente, será otro camino distinto y nunca, nunca, sabremos, realmente, qué otra cosa, entonces, pudimos también crear o vivir...

(Cuadro de Jan Brueghel el viejo, Batalla de Arbela, 1602, -batalla ganada por Alejandro el Magno- Museo del Louvre; Bajorrelieve de la Escuela de Atenas, Las tres Musas, siglo IV a.C.; Pintura Batalla de Reichshoffen, 1887- Batalla de Sedán, 1870-, del pintor francés Aimé Morot; Cuadro de Anton von Werner, 1843-1915, La proclamación del imperio Alemán, 1885, Museo Bismarck, Alemania; Óleo de Rembrandt, Hombre con yelmo dorado, 1650; Cuadro de Picasso, Hombre con yelmo dorado, interpretación de un cuadro de Rembrandt, 1969; Cuadro La Gioconda, de Leonardo da Vinci, 1502, Louvre; Óleo anónimo de un copista de La Gioconda, La Mona Lisa, siglo XVI, Museo del Prado; Cuadro de Velázquez, Las Meninas, 1657, Prado; Óleo de Picasso, Las Meninas según Velázquez, 1957.)

26 de enero de 2011

El estigma de la incomprensión, sus formas y consecuencias en la soledad y la violencia.



Según nos cuenta la Biblia, Job fue un hombre justo, virtuoso y respetuoso de su divinidad. Tuvo además una gran familia que le quería, era padre de siete hijos y de tres hijas. Llegaría a ser un rico ganadero y poseería miles de reses. También mantenía una gran servidumbre, personas a su servicio a las que él, sin embargo, trataría bien y amablemente. Era un ser íntegro, bienintencionado, amigable y confiado. Pero, un día, todo eso acabaría para siempre. Sólo terminarían quedando vivos él y su esposa, del resto nada más quedaría nunca. El ganado enfermaría y moriría, los siervos fallecerían, y luego un fuerte viento arrasaría su casa y sus hijos desapareciendo todo ello para siempre. Aun así, Job continuaría confiando en su dios y en su suerte... No se planteaba nunca, con todos esos graves sucesos, cuestionarse nada de su desamparada vida terrenal, ¿por qué, si él, además, no se lo merecía? Pasó el tiempo y una cruel enfermedad acabaría llagándole incluso su piel. Job entonces, agotado ya, se sienta un momento a descansar, impotente y desolado, para utilizar así una pequeña teja con la que poder aliviar las terribles molestias de su cuerpo llagado. En este mismo momento su esposa lo ve así, de ese modo lastimero, y, harta ella ya de tanta desgracia, le recriminará tajante a Job: ¿Todavía perseveras en tu rectitud? Maldice a tu dios y muere...

A principios de los años veinte del pasado siglo surgiría en Alemania un nuevo movimiento artístico en el Arte, La Nueva Objetividad. Esa tendencia artística se caracterizaba por un rechazo al Expresionismo triunfante de entonces -principios del siglo XX-, un estilo pictórico que deformaba la realidad con trazos irregulares y fuertes colores atropellados. Lo curioso es que ambos movimientos artísticos eran, básicamente, iguales en lo estético: tan sólo variaban en el motivo de la expresión. Cuando los expresionistas utilizaban la filosofía como fuente de inspiración, el nuevo y semejante movimiento justificaba su tendencia con criterios más políticos o sociales. Los miembros de esta nueva tendencia artística descubrieron entonces a un desconocido -hasta ese momento- pintor de siglos anteriores, y comenzaron a identificarse con su personal estilo artístico barroco. Georges de La Tour (1593-1652) fue un peculiar pintor francés del Barroco más inspirador, uno de los más importantes tenebristas de la historia del Arte, además. Donde ahora la luz de sus creaciones es casi siempre la protagonista de sus obras, pero no será una luz cegadora que clarifica o evidencia lo que muestra, no, sino tan solo una luz ahora que sólo atisba, sostiene o mediatiza lo que apenas alumbrará manifiesta o expresamente...

El dios mitológico latino Marte no fue tanto un dios de la guerra cuando más un dios violento, decidido, brusco o atormentador... También protegía el desarrollo vegetal y, con ello, la prosperidad terrenal que ofrece el vigor exuberante de la Naturaleza feraz. Otro de los dioses míticos de entonces, el dios Cupido, es ahora justo lo contrario que aquél, es el niño travieso e imaginativo que no hace más que disparar, al azar y distraído, sus arrebatadoras e hirientes flechas amorosas y demoledoras. Una vez, Marte lo castigaría desabrido y violento, sin comprender éste siquiera que aquél -Cupido- tan sólo obedecía así a su propia e inevitable naturaleza interior. La filósofa francesa Simone Weil (1909-1943) diría una vez de la infancia ingenua e inconsciente: La parte del alma que pregunta, ¿por qué se me hace mal?, es esa parte de todo ser humano que ha permanecido intacta desde su infancia. Lucrecia fue una hermosa, honesta y noble mujer de la antigüedad romana. Tal fue su belleza que el propio hijo del rey romano Tarquino -entonces Roma era una monarquía antes de ser República- quiso poseerla como fuese. Forzaría entonces a Lucrecia una noche violentamente. Luego ella, después de aquella vil y desconsiderada afrenta personal, trataría por todos los medios de que su deshonra quedara desultrajada para siempre. Pero al ver que nadie se atrevía con el regio violador, al sentirse ella así del todo ahora incomprendida, no pudo más entonces que tomar la terrible decisión de suicidarse. Las consecuencias de esa cruel afrenta -según la historia latina- llegaron algo más tarde a ocasionar la propia caída de la monarquía romana y el advenimiento luego de la decisiva e imperial República de Roma.

No hay etapas en la vida del ser humano que no sean susceptibles de desasosiego y maldición. La infancia y la vejez se sitúan en el inicio y el final de lo que somos, de nuestra existencia. Ahí, en esas etapas extremas de la vida, la inocencia y el desamparo son los rasgos más característicos de ambos momentos vitales. Pero, sin embargo, entre esos dos momentos temporales vitales se sitúa ahora la dura, desesperada, fría, solitaria y perversa madurez... En ella entonces la conciencia de la incomprensión es devastadora. No podemos ahora más que seguir adelante, soportando todo sin rubor, sin pudor, sin denuncia o sin parar. Porque en la infancia no tenemos aún conciencia de nada y en la vejez muy pronto todo acabará. Pero en la etapa donde las cosas han desarrollado y aún no han culminado del todo el ser humano deambulará en una inercia desenfocada y agotadora. Es justo ahora la incomprensión de los demás, de los otros seres humanos, la que descolla, envilece, revienta y cansa, hasta hacer padecer al ser adulto maduro las peores de las sensaciones existenciales: la que no se percibe en los demás apenas porque ni se supone, ni se ve, ni se admite... La madurez entonces la sufre -como en las obras de George de La Tour- de una forma ahora atisbada, anónima, solitaria, oscura o silenciosa al no poder así ocultarse ni tras la figura atenuante del comienzo inocente ni, tampoco, en la del final más devocional, desarmado, latente o sin explicaciones.

(Cuadro del pintor francés Georges de La Tour, Job increpado por su esposa, 1632; Óleo del pintor Bartolomeo Manfredi, Marte castigando a Cupido, 1620; Cuadro La Limosna, 1905, del pintor español Gonzalo Bilbao; Cuadro Lucrecia y Tarquino, 1630, del pintor Simon Vouet; Cuadro del pintor norteamericano Edward Hopper, Nighthawks (Noctámbulos), 1942.)

25 de enero de 2011

El tiempo entrecruzado, la onírica belleza, la infinitud del pasado y nuestro engaño.



El cine ha utilizado casi siempre la literatura para encontrar la inspiración que las imágenes han necesitado -y necesitan- para llegar a emocionar con sus creaciones dinámicas. El gran productor norteamericano David O. Selznick (1902-1965), en uno de los muchos castings que realizara a lo largo de toda su vida, se encontraría una vez con una joven extraordinariamente bella,  pero ahora, sin embargo, de un gesto vulnerable... Antes de finalizar su corta actuación ante el exigente productor, la joven aspirante se derrumbaría desconsolada. Acabaría ella en un mar de lágrimas, decidida a dejarlo todo ahí. El productor, sin embargo, vería en ella algo que le hizo pensar entonces que esa mujer podría llegar a ser toda una estrella de cine. Así fue como la actriz Jennifer Jones (1919-2009) consiguiera, después de mal vivir como modelo mediocre en Nueva York, llegar a alcanzar los primeros peldaños de su gloria. En el año 1948 logra protagonizar la película producida por Selznick El Retrato de Jennie, un filme basado en una novela del escritor norteamericano Robert Nathan (1894-1985).

En esta película la protagonista -Jennie- acabaría siendo convertida en la modelo artística perfecta para el retrato que un pintor frustrado necesitara hacer -cree él así- para poder alcanzar ahora la inspiración y belleza máximas. Cosas estas que, nunca antes, habría podido conseguir llevar a cabo. Con la salvedad ahora de que ella no existe realmente, de que tan sólo es ella una ensoñación, una representación fantasmal del propio deseo del autor al pintarla. Tan real es, sin embargo, para el pintor esa representación de ella, como lo son de hecho las ideas, imágenes o sonidos que los propios creadores puedan llegar a sentir... Ella permanecerá siempre joven para él, cuando el pintor, a cambio, envejece normalmente con el paso de los años. Jennie parece entonces venir de un tiempo indefinido. "Nada muere, todo cambia; hoy es el pasado de otro tiempo", dirá en una ocasión su misterioso personaje. Las tres etapas en que dividimos el tiempo, pasado, presente y futuro, no son más que conceptos creados por nosotros mismos, los seres humanos, para posicionarnos de alguna manera con lo que no comprendemos bien. Sólo ha existido y existe realmente el pasado, es lo único que nos ha pertenecido y que nos referencia además, que nos sitúa en nuestra propia historia personal. El futuro no existe. Y el presente es imposible de ser medido, de ser atrapado siquiera en un segundo. ¿Cuánto durará un presente? Sin embargo, el novelista Robert Nathan afirmaba en su relato: No hay distancia en esta Tierra tan lejana como ayer... Y esa es la gran contradicción de nuestro mundo: que el tiempo se parece entonces a una gran rueda que, a medida que avanza, nos alejará más y más de todo; aunque, a la misma vez, parecerá ahora que estemos parados y distantes, como mirando una luz...

Cuando el héroe mitológico Ulises llega en su odisea a la isla de Ogigia -cerca del estrecho de Gibraltar- naufragaría entonces frente a sus terribles costas. Es acogido allí entonces por la ninfa Calipso, la reina de esa fabulosa y tranquila isla. Ella siente de pronto un amor ineludible hacia Ulises, uno tan grande que acabaría absorbiendo al héroe en una nebulosa temporal que le hace sentir transportado a otra dimensión. Pero él debe ahora, sin embargo, continuar navegando hacia su destino, hacia su Ítaca querida. A cambio, percibirá ahora como si el tiempo se le hubiese del todo detenido. Está él ahora rodeado de un maravilloso, grandioso y deseado paraíso, así es como Calipso intentará hacerle olvidar ya de su impenitente destino. Llegará ella, incluso, a ofrecerle la inmortalidad... Pero Ulises se niega ahora, y no sabe él muy bien por qué, ya que lo ha olvidado todo antes. No es feliz del todo ahora, pero tampoco sabe muy bien por qué no lo es. Siente una necesidad, pero es incapaz de comprenderla. Atenea, la diosa protectora del héroe, le pide a Zeus que ayude a Ulises a regresar a su destino. El dios más poderoso obligará a Calipso que deje libre a Ulises. Ésta acepta, obligada, con todo el dolor que le supone dejar partir al ser amado. El héroe se había llevado, sin él saberlo, ni percibirlo siquiera, casi diez años detenido en esa maravillosa pero perdida isla de Ogigia.

Nuestra vida se pierde a veces por un tiempo que parece no existir, que parece no haber existido antes nunca en verdad... Y creemos vivir incluso de otro modo al que vivimos, pero no lo vivimos de ese otro modo realmente en verdad. De la misma manera, incluso pensaremos a veces que tenemos nuestro tiempo para siempre, como un espacio personal eterno de algo que nunca acabará, como algo que nos pertenece para siempre, que es nuestro para siempre, y que podremos atraparlo siempre a través de un especial soporte vital extraordinario, un asidero personal procurado por nosotros o nuestro destino para que, con él, sea posible mantener así toda aquella belleza eterna perdida para siempre. Y todo esto incluso de una forma ahora en que ésta -la belleza de ese tiempo intemporal- nos complazca además eterna, deseosa, poderosa y libre, a la vez que unida a nosotros, para siempre...

(Cuadro del pintor Arnold Boecklin, 1827-1901, Calipso y Ulises, 1883; Fotograma de la actriz Jennifer Jones en la famosa película Duelo al Sol, 1952; Fotograma de la película El Retrato de Jennie, 1948; Cartel británico de la película El Retrato de Jennie, 1948; Cuadro del pintor actual español Angel Mateos Charris, Futuro no, presente no, pasado, 1999; Autorretrato del pintor en su estudio, del pintor surrealista Arnold Boecklin, 1893; Cuadro del pintor Boecklin, Autorretrato con la Muerte y el Violín, 1872; Óleo del pintor actual español Guillermo Pérez Villalta, 1948, El rumor del Tiempo, 1984, Particular;  Óleo La isla de los Muertos, 1883, de Arnold Boecklin.)

Vídeo El Pen Story:

21 de enero de 2011

La frágil conciencia entre la ladina tentación y el lábil, meritorio y hasta milagroso sentido.



Según nos cuenta un antiguo relato el griego Herodoto (484 a.C - 425 a.C.) -el primer compilador de historias del mundo-, existió una vez un rey del antiguo reino de Lidia -en la actual Turquia occidental- llamado Candaules que vivió en el siglo VII a.C. Este rey sentiría tanto orgullo y satisfacción por la belleza de su esposa que no pudo evitar la tentación de mostrarla desnuda a Giges, uno de sus más cercanos y fieles colaboradores. Porque tal cantidad de maravillas le acabaría contando de ella, que pensó que éste -Giges- no se lo creería a menos que la pudiera ver. Entonces le propuso una noche que fuese al dormitorio real y se escondiese antes que ella entrase. De ese modo lograría él mirarla desnuda antes de acostarse, así podría alabar realmente lo que antes le había contado el rey de la belleza de su esposa. Pero Giges lo dudó, tuvo entonces miedo él de las posibles consecuencias de lo que pudiera pasarle. Sin embargo, el rey, decidido ahora, le insistió a Giges para que lo comprobase.

Así que una noche Candaules llevará a su habitación a Giges; luego, la reina llegaría y se desnudaría completamente. Entonces Giges contemplaría así, escondido, todo lo que en verdad el rey le había contado antes. Al final, cuando Giges comprende ahora que debe abandonar ya el dormitorio, justo en ese momento la reina, inesperadamente, acabaría viéndolo mientras huía. Ella entonces, prudentemente, callaría. Pero, al día siguiente, llamaría a Giges para, después de contarle lo que ella sabía, decirle entonces que sólo tendría dos opciones: o matar al rey por haberla ofendido, y sustituirlo él ahora; o matarse para evitar caer en otras posibles tentaciones que pudiera ofrecerle Candaules. Después de escucharla Giges no supo qué hacer, y volvió a dudar entonces. Pensó rechazar la oferta, pero ella insistió. Así que decidió matar al rey. Fue ahora la reina quien ocultaría a Giges en el mismo lugar en el que él había estado antes. Así mató Giges al rey, mientras éste dormía junto a su reina.

Existe otra leyenda, contada por el gran filósofo Platón en su obra La República, llamada El anillo de Giges. Cuenta este otro relato mítico que Giges sería un pastor antes de entrar en la corte del rey de Lidia. Una tarde, mientras guardaba su rebaño, se precipitaría una gran tormenta y un poderoso rayo abriría entonces una profunda sima en la tierra, un gran surco en la superficie de la tierra muy cerca de donde estaba. Curioso entonces, Giges no pudo evitar ahora la tentación de bajar por el enorme agujero abierto en la tierra. Este socavón le condujo a una cueva profunda que luego le llevaría a un recinto lleno de cosas maravillosas. Encontró allí un grandioso caballo de bronce esculpido y, además, tumbado en el suelo, el cuerpo moribundo de un gigante como nunca antes él hubiese visto. Entonces se fijaría Giges en una hermosa sortija que relucía brillante entre los dedos mortecinos del gigante. No pudo resistirse y la tomó.

Al cabo de unos días, en una de sus reuniones habituales con los demás pastores del reino, Giges llevaría la sortija mágica consigo. Sentado y distraído ahora, jugaba con ella en su dedo anular cuando, de pronto, la giraría hacia el interior de su mano. Entonces comenzaría a escuchar como los demás hablaban de él, pero lo hacían como si no estuviese él allí: se había ocultado Giges a los otros, se había hecho del todo invisible. Luego, al girar de nuevo el anillo hacia afuera, volvería Giges a hacerse visible de nuevo. Asombrado y ansioso, decide ahora usarlo contra su propio rey en una de las visitas a Palacio. De ese modo, invisible y seguro, Giges pudo seducir ahora a la reina y, después, matar al rey, apoderándose al final del reino. La moraleja de la leyenda mítica es: ¿puede evitar el ser más justo la tentación de hacer lo que desee, en perjuicio de los demás, al saberse ahora seguro de que nunca será visto ni descubierto?

Decía el poeta y escritor Oscar Wilde que la única forma de resistir a la tentación es sucumbiendo a ella. En la historiografía artística se ha representado la tentación con grandes santos virtuosos. Esa debía ser la forma, al parecer, en que se humanizaban ahora a estos sagrados seres, consiguiendo transmitir así la lección moral propuesta. Pero la tentación, sin embargo, sólo existe si realmente se produce (no si se siente la tentación sin caer en ella); porque si no se cae, no es tentación, es otra cosa... La lección moral está clara, pero, únicamente hay tentación verdaderamente si se cae en ella, si no, no. Por ejemplo, La Tentación de San Antonio es un contrasentido. Porque, para que sea tentación deberá existir ésta y caer en ella, deberá realizarse... Puede ser la tentación más o menos fuerte, más o menos consecuente, o más grande o más pequeña, pero seguro debe ser tentación, seguro deberá existir el hecho en sí mismo. Es decir, que sólo no se cae en ella si antes no se ha llevado a cabo ninguna tentación... En otras palabras, los verdaderos ascetas evitarán llegar ni al mínimo vestíbulo de la tentación.

Los pintores de la escuela Prerrafaelita decidieron mostrar al mundo no sólo una nueva tendencia pictórica que ellos creían entonces idílica y perfecta, sino que propugnaron además una filosofía que proclamara un mundo diferente, una ruptura con la sociedad industrial y moderna que, por aquellos años -siglo XIX-, enajenaba y anulaba la libertad y la virtud más armoniosa de los hombres. Ellos entendían así que habría que encontrar las verdaderas raíces de la sociedad, ese espacio idílico donde la Naturaleza y el hombre pudieran de nuevo reconciliarse. En este sentido uno de sus miembros, el pintor británico William Holman Hunt (1827-1910), conseguiría a la vez la admiración y el rechazo de la rígida sociedad victoriana de su tiempo cuando presentara en  el año 1853 su obra de Arte El despertar de la conciencia.

En esta impresionante obra prerrafaelita una pareja adúltera, burguesa y acomodada, se encuentra ahora en una estancia íntima y personal: la habitación de un pequeño apartamento londinense en un ambiente victoriano y moderno. Ellos están ahora distendidos, confiados y alegres. La mujer -la amante- se muestra segura pero a la vez inquieta, algo le oprime a ella sin saber exactamente qué cosa es. Está satisfecha con su vida pero, también, está del todo ignorante del mundo exterior que, ahora, ve por la ventana de su apartamento. Pero, un giro de ella de pronto hacia esa ventana -reflejada en el espejo posterior- le inspirará sentir ahora, sin embargo, un despertar de su conciencia dirigida hacia la belleza de la vida..., esa belleza expresada aquí en los árboles o en una Naturaleza libre, verdadera y auténtica. Es ahora aquí el simbolismo de un descubrimiento desasosegado, ese descubrimiento inquieto que nos atenaza y nos complace al mismo tiempo. La conciencia de ella, ahora lúcida y descubierta por fin, la invitará -tan sólo por unos segundos- a elegir en ese momento entre la mortífera tentación de seguir ella tal como hasta ahora -protegida pero presa de sí misma- o de tomar, a cambio, la libre -pero inconsistente por desconocida- huida hacia lo más sensato, hacia lo prodigioso, hacia lo virtuoso, o hacia lo más milagroso o imposible...

(Cuadro del pintor inglés William Etty (1787-1849), Candaules muestra su mujer a Giges, 1820; Óleo Lady Shalott, del pintor victoriano William Maw Egley (1826-1916), donde cuenta la leyenda de la virtuosa Dama de Shalott que, encerrada en una torre para tejer toda su vida, tuvo una ensoñación donde le anunciaba que si miraba en dirección a Camelot le esperaría una terrible maldición, no pudo resistirse el día que, a través del espejo vio a Lancelot, y su deseo la perdió; Cuadro del pintor prerrafaelita inglés William Holman Hunt, El Despertar de la Conciencia, 1853, Tate Gallery, Londres; Cuadro de Velázquez, La Tentación de Santo Tomás, 1632; Óleo del pintor italiano Domenico Morelli (1823-1901), La Tentación de San Antonio, 1878, Galería de Arte Moderno, Roma.)

19 de enero de 2011

Nada iguala la creación artística, hasta los dioses con su inmortalidad la desearon.



Según cuenta la mitología helénica existió una vez un Titán, un semidiós poderoso, creativo pero ingenuo llamado Prometeo, que alcanzaría a ser tan poderoso y fuerte que el mismísimo dios Zeus le llegaría a temer una vez por su gran audacia. Manejaba Prometeo la tierra con el agua y creaba e inventaba así cosas maravillosas. Una vez llegaría incluso a crear una criatura humana... Éste acabaría siendo el primer hombre. Pero pronto se daría Prometeo cuenta de la extrema fragilidad del nuevo ser: no podría sobrevivir por sí solo en un mundo tan hostil, frío y desalmado. Decidido, Prometeo robaría a los dioses un prodigio, un maravilloso dominio para que los hombres pudieran ahora defenderse. Este prodigio fascinante sería conocido luego como el fuego. De este modo, los hombres terminarían por multiplicarse. Los dioses, abrumados ahora por completo por tal eventualidad imprevista, se ofendieron mucho con Prometeo por su osadía como por su diabólica invención humana. Para contrarrestar la amenaza de esta nueva creación, los dioses enviaron a la Tierra ahora otra criatura, esta vez una hecha por ellos mismos.

Así Zeus crearía entonces a Pandora, una mujer de gran belleza, audacia, gracia y fuerza. Pero conseguiría ella luego incluso hasta engañar a Prometeo al terminar uniéndose a otro titán-hombre, Epimeteo, hermano de éste. Un día Epimeteo dejaría por error al alcance de Pandora una caja misteriosa. La caja era realmente un arma poderosa, un artificio peligroso y secreto de los dioses que tan sólo los titanes podrían utilizar. Sin embargo, ella ahora, curiosa, la toma, levanta su tapa y, de pronto, escaparían de la caja todos los males que guardaba en su interior. Estos males se extenderían por toda la Tierra, llevando ahora la perdición y la angustia a los hombres. Pero algo extraño sucedería también en esa caja misteriosa. En su fondo, agazapada y latente, quedaría guardada, sin embargo, ahora la esperanza... Esta fue la única cosa que los hombres-criaturas pudieron aprovechar de sus creadores. Pero, a cambio, disfrutaron también a partir de entonces de otra cosa, además: de la posibilidad de crear Belleza...

Porque para esto, para crear Belleza, el paso del tiempo es -inconscientemente- imprescindible. La inmortalidad, en consecuencia, sólo se alcanzaría con la creación de Belleza. Se precisa, por lo tanto, tener alguna vez que desaparecer para que surja así el estímulo creativo. ¿Cómo, entonces, si no, se pretenderían crear obras inmortales...? Por esto mismo solo ellos, los artistas, los creadores de Belleza, pueden sortear aquellos males escapados de la caja, y menospreciar lo demás. Sus vidas, generalmente, son eriales de amor, de belleza y de esperanza. Sólo se consagrarán los artistas-creadores a su arraigo interior ineludible. Los demás, los mortales sin motivo, los que solo admiraremos y necesitaremos de sus creaciones artísticas, nos aferraremos ahora al amor, a la belleza y, sobre todo, a la esperanza. Con estas cosas lucharemos ahora contra el paso del tiempo; con ellas buscaremos crear, al menos, algo digno que nos satisfaga de la desesperación. El amor y la belleza nos llevarán, inútilmente a la postre, a tratar de justificarnos con la vida y su alegre desatino. La esperanza es, quizá, la única creación mental que, como un sustitutivo poderoso, necesitaremos mucho más ahora para compensar así nuestra inexistente y tan deseada creatividad.

(Cuadro El Tiempo superado por el Amor, la Esperanza y la Belleza, del pintor Simón Vouet, 1627, Museo del Prado, Madrid, en este óleo se observa como la Belleza tomará por los pelos al Tiempo -el dios Saturno- y tratará de amenazarlo con la lanza; la Esperanza, con el ancla de la salvación, confiará en poder someterlo; y por fin el Amor, en este caso Cupido, que mordisqueará las alas del Tiempo..., este dios, el Tiempo, ahora con su hoz mortal y su reloj inapelable, apartará así las molestias, si acaso, que aquellos otros le sigan provocando; Óleo del mismo pintor Simón Vouet, con la misma representación iconográfica, pero realizado 19 años después del otro lienzo, Saturno conquistado por el Amor, la Belleza y la Esperanza, Museo de Bourges, Francia; Boceto del pintor prerrafaelita Dante Rossetti, Pandora, 1869; Cuadro del pintor Pompeo Batoni, El Tiempo y la Vejez destruyendo la Belleza, 1746; Óleo del pintor Jan Cossiers, Prometeo trayendo el Fuego, 1638, Museo del Prado; Cuadro abstracto del pintor español José Bellosillo, 1954, La Esperanza, de 1982.)

18 de enero de 2011

Imitaciones y copias en el Arte: a veces creaciones excelsas, otras taimadas y otras espurias.



Según contaban las crónicas españolas de Indias, al sur del istmo de Panamá, donde se situaba la vasta y salvaje selva del Darién, se extendía un maravilloso lugar llamado Dabaibe. Habitado entonces por el feroz pueblo de los cunas, esa región inexpugnable tendría fama de poseer una gran riqueza escondida. Decían que allí existía un inmenso templo donde los caciques del lugar habrían ocultado gran cantidad de joyas y objetos preciosos. Al parecer, era ese un edificio enorme, con paredes todas recubiertas de piedras preciosas, pero, sin embargo, situado todo eso en medio ahora de toda aquella jungla imposible. El descubridor español Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) fue el primero en intentar encontrarlo, inútilmente. El por entonces gobernador de Veragua, Pedrarias Dávila, enviaría allí una gran expedición compuesta por trescientos hombres. Esta expedición castellana sería rechazada tanto por una selva inhumana como por aquellos feroces indígenas cunas. Otras tantas tentativas se llevaron a cabo, pero nada, nunca se halló aquel fabuloso templo en Dabaibe. Es seguro que el Templo de Dabaibe jamás existió. Sin embargo, Núñez de Balboa -según se contaba entonces- sí que recibiría de un cacique llamado Tumaco gran cantidad de joyas y de perlas acuíferas, todas estas además de un extraordinario tamaño.

Años después, en el golfo de Panamá, en el recién descubierto océano Pacífico, fueron halladas las islas de las Perlas, llamadas así por la multitud -y tamaño tan considerable- que de esos moluscos se encontraron allí. En una de las remesas de esas perlas de gran tamaño que se enviaron a España, una de ellas -o varias, no se sabe bien- terminaron en el Palacio Real de Felipe II en Madrid. El caso es que a la corona española le llegaría una perla entonces que se acabaría denominando La Peregrina. Y no en balde, ya que su peregrinar -o el de varias de ellas- terminaría en los collares o sombreros de algunas de las cabezas más regias de Europa. La primera de ellas fue la reina de Inglaterra María Tudor -hija del inefable Enrique VIII de Inglaterra-, que acabaría casándose con su sobrino Felipe II de España en el año 1554. Este rey español acabaría regalándole a su esposa inglesa una de esas perlas americanas. Pero, también, según otras crónicas, este mismo rey se la ofrecería -¿ésta u otra?- a su siguiente esposa, la francesa Isabel de Valois, en el año 1560.

En el caso de la reina inglesa tenemos el retrato del pintor Antonio Moro (Anthonis Mor) (1515-1578), donde se observa claramente La Peregrina. En el caso de Isabel de Valois no existe ningún retrato contemporáneo de ella en el que aparezca esa Perla... Sí existe un retrato del pintor Pantoja de la Cruz (1553-1608), pero este cuadro fue una copia hecha luego, en el año 1605 -años después de fallecer la reina Isabel-, de un retrato anterior de ella donde no lucía la joya. Sí vuelve aparecer otra vez la Perla Peregrina en otro cuadro real del año 1635, cuando Velázquez pintaría a la esposa del rey Felipe III, Margarita de Austria, con otra Perla Peregrina, ¿la misma perla? Otra historia cuenta que el rey Felipe IV de España le regalaría a su hija María Teresa de Austria esa perla por su boda con el rey francés Luis XIV en el año 1660. Estuvo, por tanto, otra perla Peregrina en Francia hasta su desaparición luego en plena Revolución francesa. También existe otra perla Peregrina -¿la misma perla?- que continuaba en la Corona española hasta que el rey napoleónico José I Bonaparte al huir de España en el año 1813 se la llevara consigo. Acabaría entonces en manos de la familia bonaparte hasta que Napoleón III, sobrino del famoso emperador, la tuviera que vender para financiar sus propósitos políticos.

Tiempo después la compran unos aristócratas ingleses que la vuelven a vender a principios del siglo XX. Muchos años después, en el año 1969, en una famosa subasta celebrada en Nueva York, el actor británico Richard Burton la adquiere entonces para su esposa, la actriz Elizabeth Taylor. Pero, de existir tan magnífica perla, ¿cuál fue la primera y única perla Peregrina, aquella verdaderamente original? Hay joyas u objetos artísticos muy antiguos que difícilmente pueden certificarse, aunque sean joyas auténticas, porque lo pueden ser, pero, ¿fueron aquélla...? Algunos grandes pintores entendieron que copiar obras de otros maestros era uno de los mayores homenajes que se les pudiera hacer. De ese modo, Rubens copiaría literalmente varias obras del genial Tiziano cien años después. Pero, otros pintores, no tan famosos, quizá por vanidad, quizá por interés, tal vez por ambas cosas, crearon obras de Arte donde imitaron a sus admirados creadores. No les copiaron sus obras, sólo imitaron su estilo; pero, sin embargo, sí copiaron otra cosa: el nombre, la firma famosa. Esto les malograría... Aunque, posiblemente, no acabaría por importarles en el fondo, ya que, así, consiguieron la fama eterna de lo artístico, esa que los pinceles y sus propios lienzos no les llegaron nunca a ofrecer.

(Cuadro de Rubens, La Bacanal de los Andrios, 1635, Museo de Estocolmo; Cuadro de Tiziano, La Bacanal de los Andrios, 1520, Museo del Prado; Óleo de Han Van Meegeren, Los discípulos de Emaús, 1937, Holanda, imitador y fraudulento creador de obras similares a Vermeer; Óleo del gran pintor holandés Vermeer, Cristo en casa de Marta y María, 1655, Galeria de Escocia, Edimburgo; Cuadro de Van Meegeren, 1889-1947, Cristo y la adúltera, 1935, Holanda; Fotografía en Alemania de soldados americanos recuperando obras -equivocadamente- del genial Vermeer, éstas fueron adquiridas por el jerarca nazi Göering creyendo que eran de Vermeer, pocos años después fueron desmentidas por los expertos, y así descubierto el falsificador Han Van Meegeren, detenido y juzgado; Cuadro del pintor Gauguin, Les Parau, Parau, 1891, Hermitage, San Petersburgo; Óleo del falsificador húngaro Elmyr De Hory, 1906-1976, Mujeres en Tahiti, imitando el estilo -y la firma- de Gauguin; Óleo del gran pintor Modigliani, Retrato de mujer con sombrero, 1917; Cuadro del falsificador Elmyr De Hory, imitando a Modigliani; Óleo del pintor Antonio Moro, Reina María Tudor, 1554, luciendo la Perla ¿Peregrina?; Cuadro de Velázquez, Retrato ecuestre de Margarita de Austria, 1634, donde se observa la Perla Peregrina; Cuadro del pintor Pantoja de la Cruz, Isabel de Valois, 1605, en donde se ve la Perla en su tocado, aunque en ese año la reina estaba muerta, fue un retrato de un retrato, al cual le añadió el pintor la Perla en su vestuario, al parecer; Fotografía de la actriz Elizabeth Taylor luciendo un collar con, al parecer, la Perla Peregrina; Fotografia de Elmyr De Hory, 1971; Fotografía de Han Van Meegeren en su juicio, 1946.)

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